Es
martes. Para variar, llueve. Camino a La Cascada escondida, un kilómetro arriba
de mi cabaña, leo algunas Irrupciones, comienzo a hacerlo de manera salteada, de puro ansiosa, de mística, de piba que vive encontrándole el sentido a las palabras. Después me reprocho el desorden. ¿Cómo saber si leí todo, si perdí columnas por ahí, por el principio, por la mitad? Obstinada, vuelvo a leer en el orden propuesto por Levrero. "Por lo demás, conservé la numeración original y resistí a la tentación de reordenar todos estos materiales con mayor coherencia; lo prefiero así, en esa forma de picadillo variado y con ese aire, todavía, de publicación periódica". Me gusta Levrero prologándose, me gusta su mapa mental, sus estructuras y sus rupturas, me libera siempre, me abre, me permite. Sigo leyendo, entonces como me suena, como surge, como mierda se me canta.
Un alerta vibra en mi teléfono. Cuando quiere, la sierra, se hace eco de la señal de los celulares. Mail de Zamorano. Me señala un texto que podría servirme para la nota que sumarié la semana pasada. Mi vieja hubiera dicho;
“transmisión de pensamientos”. Para mí se trata de otra cosa, de un diálogo de
proyectos comunes, de una tácita unión en el deseo de escribir. Tomo mate y anoto
un pensamiento en la primera página del libro. Corrijo un error de ortografía y se me hace consciente un fallido que
cometo con frecuencia. Cada vez que tipeo la
palabra "hijos" escribo "hojos”. ¿Soy un cuervo
acaso? ¿La madre cuervo? ¿La madre cocodrilo de Lacan? Me gusta dar espacio,
dejar hacer, escuchar el deseo de mis hijos. Me gusta que se enojen, que me
contesten, que me repliquen, que me reclamen. La muerte es dar todo servido.
Tener todo. Perder el deseo de conseguir. Me gusta que mis hijos tengan que
pedir la leche, el almuerzo, la cena. Que sientan hambre y reclamen, que
quieran algo y busquen el modo de conseguirlo. Que me vean escribiendo cuando
es la hora de comer. Que preparen ellos lo que quieren consumir.
Salteando páginas llego a la Irrupción #83 que me sugirió hace unas semanas Mariano
Vespa. La leo y la releo. Me propongo escribir sobre esa irrupción y sobre el único poema de
Levrero del que tengo conocimiento, al comienzo de El discurso vacío. Esto, si consideramos
que La novela luminosa es una novela ⎯porque así lo indica su título⎯ y no un extenso poema narrativo, escrito en disimulados versos apaisados,
aprosados, acostados, como más me gusta pensarla.
El escritor
uruguayo, Pablo Silva Olazábal, me responde vía Facebook que revisará sus mails en busca de algún otro poema, que "casi seguro ⎯me escribe⎯ tengo perdido en mi computadora". Sin embargo no
los encuentra, reduciendo mi objeto de estudio a sólo dos poemas que se emplazan en
libros que no son de poesía como Irrupciones,
las columnas periodísticas que publicara en la Revista Postdata entre 1996 y 2000 [con una interrupción de dos años en el medio] y El discurso vacío, una novela propiamente dicha.
Pienso que así es la
poesía de Levrero, solapada, escondida, para los pocos que quieren leerla, metida en la prosa, entre los diarios, por qué
no, en sus juegos de palabras y crucigramas. Me grabo entonces, en el medio del
cerro, al lado de un lugar que me apropié, leyendo la Irrupción #83, un árbol de moras a veinte minutos subiendo, cuesta arriba por el ripio, encima de una
piedra inmensa, plana, ideal para acostarse boca arriba, mirando el nido que aparece
justo frente a los ojos, como una de esas no-casualidades, que hubiera visto Levrero.
*
"Mariposas con alas apolilladas / polillas / mariposas que
fueron gusanos / mariposas de un pasado atroz / con un pasado atroz / mariposas
que reptaron / mariposas que royeron / mariposas que se debatieron en su forma
de gusano durante siglos interminables adentro del capullo / mariposas enfermas
/ mariposas freudianas / mariposas clavadas con alfileres sobre mi espalda /
aleteantes mariposas fijas / mariposas muertas". Irrupción #83 / Mario Levrero.