Una mañana te levantás y está ahí, sentada en su silla, frente a la mesita que le hace de escritorio, con los cuadernos desperdigados y las fotocopias tiradas por el piso, abiertas, subrayadas, el pelo suelto, abundante, cubriéndole la espalda, el pijama puesto, corto a mitad de la pierna porque creció, se le estiraron los huesos, los brazos, creció, se abrieron los parietales, el cerebrito se expandió en todas las direcciones, creció, la causa es de ella en un abrazo que vislumbra algo, adivina, creció, la saca de la cama para leer, la empuja a buscar un dato y completar la información, a levantar los ojos de la página cuando hacés ruido y te levantás, te sorprendés, la hacés mirarte descolocada y preguntarte, "¿qué hacés levantada?", y vos: "lo mismo digo", le contestás, y ella deja la conversación en suspenso con una sonrisa tibia que ya lo dice todo y vuelve a tomar notas para memorizarlas, para saber, leer después, en el viaje al colegio, en el recreo, ella, abrazó su causa, tomó esa distancia de la decisión, usó todas las herramientas que tenía a su alcance y avanzó, sola, ya, a unos metros, pero avanzó, tomó carrera, sola, abraza unos libros que ya no te pertenecen.
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"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot
11.8.15
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