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"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot

21.2.14

Veintidós


Sentir frío adrede. 
Escuchar el arroyo.
No esperar nada.

Veintiuno

Lunes. Nublado. Los chicos juegan en un metegol. Yo subo el cerro inhóspito de Carpintería hasta La Cascada Escondida cantando a los gritos. Por ahí no canto tan mal, pienso, mientras veo que me sigue un zorrito salvaje del tamaño de un perro, flaco, color miel. Al principio me siento intimidada pero luego, unos metros después, todo indica que no debo alarmarme.
Más adelante un cuis corre para esconderse apenas me ve, o apenas ve al zorrito que me sigue, no estoy segura a quién ve primero. No hace ni veinte minutos que estoy caminando y se me duermen las manos. ¿Me estaré por morir? “Acordate. Sos hipocondríaca recuperada”, contesta una de mis voces. Sigo subiendo. Pienso que la parte mía que no se ve es demasiado seria, densa y melancólica. Caminar es la mejor manera de pensar pelotudeses sobre uno mismo, anoto. De pronto recuerdo a Gastón, el guía puntano que nos llevó por los cerros a caballo. En algún momento, cuando le pregunté por el wi fi gratis de la provincia me contestó que sólo tenía un Facebook. Para él internet es Facebook. De paso comento algunas ideas sobre la mentira del wifi puntano. Nadie, me refiero a complejos, cabañas, hoteles nadie brinda servicios de Internet por cable, justamente, porque el gobierno regala el wi fi en todo el aire de la provincia. Lo que no se cuenta es que las sierras puntanas y los fuertes vientos y tormentas impiden que la señal se mantenga estable. Internet es un verdadero horror.

Veinte

Tedio. Concedeme un aire.

Diecinueve


Garúa en el cerro. La neblina cubre todo. Salimos igual. Manejo hasta Merlo. Estaciono en la puerta de la farmacia de turno. Necesito un frasco más de Cefalexina. Las ruedas del auto se meten en un montículo de arena. Precavida, retrocedo. Un tipo me ve y comienza a gestualizar maniobras que yo debiera hacer para ubicar el auto sobre el montículo. Bajo la ventanilla, le agradezco y movilizo el auto de todas formas hacia atrás. Pero el hombre, herido en su narcisismo y con ánimos de ganar la conversación porque hay otros hombres mirando, mi esposo y mi suegro en el auto, sus amigos en la vereda insiste en que lo ponga así y asá, en que lo deje a él, que él lo estaciona sin problemas. Estúpida yo, de puro apurada, porque necesito el antibiótico y la hora pasa, bajo del auto y lo dejo hacer. Las ruedas se meten en la arena cada vez más. El tipo habla. Es de esos hombres que creen que decir es hacer. Habla y me explica lo que no está haciendo. Cuando se da cuenta de que no puede estacionar el auto comienza con los "peros". Yo le digo que baje, que sé cómo sacar el auto de ahí, que es un auto de alquiler, que no puedo hacerle daño. Pero el tipo no se mueve. Mi familia baja del auto, mi esposo pone una piedra debajo de la rueda y, finalmente, el mamotreto saca el auto del atasco, sin dar el brazo a torcer. Imagino la sangre bombeando hacia su pene que se erecta. Quiere explicarme que esta vez… pero lo dejo hablando. Entro a la farmacia y lo dejo hablando. No tengo maneras cuidadosas para el ego de un hombre que quiere enrostrarme una habilidad que no tiene, y que ni siquiera logró su cometido.
*
A la noche me toco. Me baño, me acuesto, me tapo y me toco. Antes pienso en la barbilla de Fogwill, en su cabello canoso, en sus articulaciones huesudas.

Dieciocho

Anoto en la primera página del libro: “no sentirse ofendido es un modo de ofender”. Pienso la frase un rato y después la twitteo. Me siento a leer en una roca caliente del arroyo. De pronto recuerdo el Nahuel Huapi, E., la tarde, La novela luminosa accidentada. Busco el teléfono y le escribo un mensaje a mi amiga. “En Los Molles de San Luis. Con un libro de Levrero que intuyo no dejé caer al río porque no tengo quién interprete el gesto. Se te extraña”.
*

Mi hija corre desde la proveeduría hasta el sector del arroyo donde estoy. “Mirá, ma, mirá”. Señala un auto que sale del estacionamiento del camping y se dirige a la salida del predio. Yo miro el auto pero no entiendo a qué viene la algarabía. No veo caras familiares en el auto, ni reconozco algo extraño en el modelo, o en el color. La miro extrañada mientras escucho me dice: “La patente, ma. LEY, dice, mirá”.

Diecisiete

Los molles. Pegado a Cortaderas. Un poco más cerca de Merlo. Misma Ruta, mismo Cerro, el arroyo más generoso del corredor de los Comechingones. Sus cascaditas nacen en vertientes que tiñen el bosque breve, verde y arbolado. Encuentro torcazas, cotorras, colibríes, pero sobre todo veo poca gente. El silencio resulta pasmoso. A diferencia de Merlo, devenida ciudad, montada turísticamente, Los Molles es un poblado de casitas dispersas con apenas algunos postes de alta tensión. Un terreno vacío de quinientos metros cuadrados, desmontado, sin asfalto en la calle, tiene un valor de alrededor de ciento treinta mil pesos. Hicimos costillitas de cerdo al borde del arroyo y preparé ensaladas. Abrí una latita de paté con un cuchillo, comí frambuesas de la planta con los pies adentro del arroyo, mirando la cascada y leyendo a Levrero.


antes