Lunes. Nublado. Los
chicos juegan en un metegol. Yo subo el cerro inhóspito de Carpintería hasta La Cascada
Escondida cantando a los gritos. Por ahí no canto tan mal, pienso, mientras
veo que me sigue un zorrito salvaje del tamaño
de un perro, flaco, color miel. Al principio me siento intimidada pero luego, unos
metros después, todo indica que no debo alarmarme.
Más adelante un cuis corre
para esconderse apenas me ve, o apenas ve al zorrito que me sigue, no estoy
segura a quién ve primero. No hace
ni veinte minutos que estoy caminando y se me duermen las manos. ¿Me estaré por
morir? “Acordate. Sos hipocondríaca recuperada”, contesta una de mis voces.
Sigo subiendo. Pienso que la parte
mía que no se ve es demasiado seria, densa y melancólica. Caminar es la mejor
manera de pensar pelotudeses sobre uno mismo, anoto. De pronto recuerdo a
Gastón, el guía puntano que nos
llevó por los cerros a caballo. En algún momento, cuando le pregunté por el wi
fi gratis de la provincia me contestó que sólo tenía un Facebook. Para él
internet es Facebook. De paso comento algunas ideas sobre la mentira del wifi
puntano. Nadie, ⎯ me refiero a
complejos, cabañas, hoteles⎯ nadie brinda servicios de Internet por cable, justamente,
porque el gobierno regala el wi fi en todo el aire de la provincia. Lo que no
se cuenta es que las sierras puntanas y los fuertes vientos y tormentas impiden
que la señal se mantenga estable. Internet es un verdadero horror.