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"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot

27.10.10

Igual te quedaste

 
Los héroes no escamotean. No descansan. Néstor Kichner tenía hasta hoy a la mañana 60 años. Es tan difícil decir unas líneas coherentes cuando todavía la conmoción no pasó, cuando seguimos tratando de entender por qué. Y nos cuesta entenderlo porque lo vemos desde el mundo egoísta de cada uno. Porque hay que decirlo sin vueltas. Kirchner supo mirar a nuestro país pensando en hacerlo grande, proponiendo un modelo que trascienda su gobierno, el de su susesora, y hasta su propia vida. Por eso al día siguiente de operarse estaba en un acto y nunca hizo el descanzo suficiente. Porque el objetivo no era cuidarse. Era cuidar a todos los argentinos, pero sobre todo a los que estaban afuera de los planes del modelo anterior.
Puede ser que hablar de héroes en esta época huela a naftalina. Pero díganme entonces cómo se nombra a un tipo que pone en primer lugar su ideal, lo compartamos o no, por sobre su propia salud. Justamente hoy, más que antes, sobrevalorar el bien común es un gesto para aplaudir. Y a los que les parezca grandilocuente los entiendo, no todos nacimos para ver más allá de nuestro propio ombligo.

26.10.10

de, La vida de mi padre, Raymond Carver


"¿Dejaría mi puesto en el salvavidas, es decir, moriría, por alguno de mis amigos? Vacilo, pero otra vez la respuesta nada heroica es no. Ellos tampoco lo harían por mí, y yo no querría que lo hiciesen. Nos entendemos perfectamente es esto, como en muchas otras cosas. En parte somos amigos porque entendemos esto. Nos queremos, pero nos queremos un poco más a nosotros mismos. Volviendo a la foto. Nos estamos sintiendo bien con nosotros mismos y también con otras cosas en nuestras vidas. Nos gusta ser escritores. No hay en el mundo otra cosa que quisiéramos ser, aunque también hemos sido otras cosas en uno u otro momento. De todas maneras, nos agrada enormemente que las cosas hayan resultado de tal manera que podamos estar juntos en Londres. Nos estamos divirtiendo, como lo ven ustedes. Somos amigos. Y se supone que los amigos lo pasan bien cuando se reúnen".

22.10.10

El hilo encerado

Fue así. 
Me descuidé un segundo. 
Dieguito se cayó y se abrió la cabeza. 
Me acuerdo que dije “uy teléfono” y que crucé el patio hasta la cocina. 
Los enanitos tendrían uno y medio, máximo dos, y caminaban como astronautas. 
Greta Silva era la que llamaba. Me saludó y me pidió la tarea.
Habré tardado un minuto en pasarle todo. 
-Buscar los cordones montañosos de Europa y ubicar los picos más altos. 
Cuando iba a cortar sonó otra alarma. 
Un grito que me aflojó los dedos, mandando el teléfono al piso. 
Salí al patio y lo vi. 
                         Granito fuera de foco y en el medio Diego, tirado sobre las baldosas. 
Vero deambulaba sin norte, se agarraba con la mano la cabeza. 
                                                                                            Como si ella se hubiera golpeado.
Era el año 1987. 
Estaba sola y los celulares iban a ser masivos recién para la segunda mitad de los noventa. 
Minimicé el asunto y alcé a mi hermano que no lloraba. 
Vero nos seguía, toda una Magdalena. 
Él se iba quedando dormido, dejaba que le cuelgue la cabeza. 
Le dije que no era nada y lo llevé hasta la canilla del patio. 
Salió un chorro frío y me mojé los dedos. 
Enseguida el agua fue de mi mano a su cabeza. 
Pero atrás del pelo y del barro tibio de la sangre, un hueso blanco, la piel abierta en un tajo. 
Y en seguida un mareo, las rodillas sin fuerza, el lavadero desdibujándose. 
Vero tironeaba mi pollera, me iba diciendo qué hacer. 
Puedo jurar que fue así, que sin hablar me guiaba. 
De nuevo el tubo en la oreja y a discar los números que sabía de memoria. 
No me atendió la vecina de Acevedo, ni mi papá en la oficina, vaya a saber por qué. 
No estaba el tío Gustavo, 
y Diego seguía sangrando. 
Manoteé otra toalla y la puse en la herida. 
Las agujas del reloj de la cocina se frenaron a esa hora. 
Lo vi después. 
Las tres de la tarde quedaron hasta las seis, 
cuando volví del hospital.
Me saqué a Diego del hombro y lo puse boca arriba. 
Busqué la puerta de calle con los ojos, di dos pasos y volví. 
Senté a Vero al lado suyo y le improvisé una almohada. 
No había tiempo de dudar. 
Entré en el pasillo medio oscuro, camino a la vereda. 
A veces sueño que ese corredor es tan largo como el que llevaba a Juana de Arco hasta en infierno. 
Lo vi en una película y me sigue apareciendo. 
Estoy con un hombre, la cara de otro, y de pronto me quedo sola en el momento justo. 
El pasillo es estrecho y oscuro. 
Está lleno de hilos de baba negra que lo vuelven resbaladizo. 
Yo me caigo y me levanto, y me enredo con la pollera que tengo enroscada en la cintura. 
Pero salgo y la luz me pega en los ojos, y no hay nadie a las tres de la tarde en la Tablada.
Corro para el lado de San Martín y me acuerdo de la puerta, y de ellos dos adentro. 
Vuelvo para cerrarla pero no. 
Un auto conocido dobla la esquina y entra por Las Heras. 
Salto a la calle y abro los brazos. 
Un poco pidiendo ayuda, un poco que me pasen por arriba. 
El tipo frena y saca la cabeza. 
Es Pepe, un anarquista que vive en frente de mi casa. 
Serigrafista. 
Le hago una seña con la mano para que espere. 
Sin explicarle entro a mi casa. 
Lo que viene es yo cargando a Diego y Vero siguiéndonos, unos pasos rezagada. 
Pepe que se baja, abre la puerta, y acomoda a Vero en el asiento de atrás. 
Le dice que no llore. 
Es un señor grande, él, canoso, la voz siempre afónica. 
Toda su ropa huele a tonner. 
Yo subo adelante, la remera empapada y la sangre que sigue. 
Entiendo que es grave lo que pasa cuando miro los ojos de mi vecino, que no dice nada y acelera.
En menos de veinte minutos estoy en la guardia del Hospital Santojiani. 
Pepe con Vero en el auto, estacionando. 
Yo con mi hermano a upa, sola.
-“Que pase la mamá con el nene lastimado”.
Entro y conmigo una mesita con ruedas, yodo en una botella, olor a hospital como una ráfaga. 
Detrás, calzándose los guantes, viene el médico de turno. 
-“¿Se siente bien mami?”.
Un sí mudo sale como grito. 
Le contesto con los ojos, ahorrando la energía que me queda. 
El médico empapa una gasa con el líquido marrón y la enfermera asegura las dos piernas de mi hermano. 
Yo sostengo su cara, la herida mirando para arriba. 
Junto las muelas y aprieto con fuerza. 
-“Sería mejor que la mamá espere afuera”, larga el médico, la mirada en mi cara empalideciendo. 
-“Estoy perfectamente bien doctor”, le contesto a punto del desmayo, y elijo adrede esa palabra. 
"De acá no me mueve nadie", me acuerdo que pensé, y me gustó que se confundan. 
La aguja entró por un extremo del cuero cabelludo, de afuera hacia adentro y después al revés. 
Lo más parecido a coser una cartera.
El médico tomó las puntas del hilo encerado y tiró con las dos manos. 
La sangre que sobraba rebalsó, y el primer nudo juntó lo que se había roto. 
Así hasta cinco nuditos, uno al lado del otro, todos en primerísimo primer plano. 
Apto para mayores de trece. 
Radiografía, vendas, dieta en un papel y que no duerma. 
Me dieron todo eso, y a mi hermano remendado. 
Cuando volvíamos me asaltó el terror a la penitencia. 
Hice una lista de las posibles, pero me equivoqué. 
Donde esperaba un mes sin salidas, había una especie de entrega de medallas a los héroes de Vietnam. 
Mi mamá me abrazaba, contaba la hazaña y no dejaba de felicitarme. 
Cayeron algunos vecinos y el resto de mis hermanos. 
Yo sentía las miradas.
Esa fue la primera vez que pensé que una hora no dura sesenta minutos, que depende. 
Y desde ese día me la pasé proyectando sistemas individuales de medición del tiempo.

21.10.10

ayer caminé desde la Plaza de Mayo hasta Callao, con las paradas lindas de las librerías. tanto libro te vuelve chiquitita.

19.10.10

¿por qué las letras? porque nunca me llevé bien con los números.
empezando por el 90.60.90.

17.10.10

la imagen del día

 
que chico es todo
un limón en el árbol
donde trepaba.



16.10.10

15.10.10

cosas que se me tienen que grabar

no casi
no tal vez
no adjetivos
no entonces
no yo misma.

no no
y no a la doble negación
y los puntos suspensivos
y los juegos de palabra.

ojo con los sueños.
ir reprimiendo la poesía.

la imagen del día

un pino casi tan alto como yo, que crecía en una cornisa, sobre la puerta de una casa.

12.10.10

una verdad irrefutable a las 17.35

como son las cosas
qué raro se ordenan
tienen que ver con nosotros
pero ni nos enteramos qué
son lo que elegimos una vez
pero sólo las menos dellas
hice un viaje hace poco
desos que no se olvidan
y la pasé tan bien que a la vuelta
no sabía como ordenarlo
decidí un par de cosas enseguida,
desas que te deciden antes,
no sé cuando ni como pero habían,
empezado sin mí hace tiempo.
y por si una duda me quedaba,
a dos día aparece la que fuera,
moneda de diez céntimos perdida
en el hueco de una alcantarilla,
la amiga costilla a la derecha
la que sabe lo que voy a estar pensando
igual que siempre, pero más,
rompiendo todo desde el orden
aparece regalo inesperado
semáforo verde en la avenida
tan cerca el pasado en esos ojos
espejos que no pueden ocultarnos
como un regazo, una verdad
irrefutable,
inmutable,
inconfundible.

la reencarnación

me corto el pelo
que vuelve incesante
poro por poro, ocupado.

no queda ni un lugar
nunca un solo espacio
debajo de la axila, asfixiada.

y no me deja en paz
nunca estoy tranquila
cuando menos lo espero, aparece.

uno solo alcanza
para arruinarme el día
pelo matón encarnado, morite.

sos tan hijo de puta
que venís a reencarnarte
como si creyeras en eso, maldito.

y sé que vas a seguir
insistiendo sin cansarte
creciendo aun después, de muerta.

10.10.10

arcilla con mocos

se le caen las velitas
y no deja la arcilla,
el brazo por la nariz,
camino del moco.

y tira de ellos para arriba
no pasa nada mi amor
el agua rueda al piso
y nos enchastra.

 hay que verlo
espectáculo que se extingue
posesionándose como profesional
con el cuchillo hace un “aujero”.

y el cúmulo de arcilla sin prometer
hueco al fondo del volcán, hace sentido
lo llena del agua que quedó
y se salpica la cara con gotitas.

Camelo va a sonar siempre
a mañana de domingo con Octavio
los dedos de plastilina y verlo
pensar qué pena el tiempo.



1.10.10

adivinarme entre letras de otro,
buscarme más o menos parecida.
como un olor añejo que una vez pensé.
torcer lo que dice, completarlo corrido,
tratar de que parezca lo que yo.
así voy pisando más fuerte,
hasta que un día me rasgue la remera
y ya no tenga que parecerme a nada
que se haya dicho o se esté.

antes