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"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot

8.2.15

Unas vueltas


Nació en el sofá. Yo estaba escuchando a Chet Baker mientras tomaba notas sobre un cuento de Mario Levrero. Si mal no recuerdo era Aguas Salobres. Hacía lo que habitualmente suelo hacer. Marcaba el libro en la primera lectura y al final de cada página releía mis subrayados. Después, cuando lo consideraba necesario, volvía al principio y dejaba escrito algún pensamiento en la hoja en blanco que suelen traer los libros antes del título. 

En esas estaba cuando escuché un ruido extraño como a papel que se movía. Alcé los ojos y presencié el momento inverosímil en el que aquel bollo de papel -que yo misma había tirado sobre el sofá- se desenvolvía sin intervenciones externas dejando aparecer a un pibe de mi edad, o un poco más grande que yo, ágil, fibroso al nacer, que se erguía rápidamente y que enseguida habló, sin pasar por la instancia del llanto ni por el corte del cordón umbilical,  aprendiendo a caminar acto seguido para ir hasta mi heladera y traer una botella de vino y un sacacorchos. 

Me llamó la atención esa comodidad con la que el nuevo integrante de mi monoambiente se movía en un espacio que no parecía resultarle ajeno. Recorrió el living sin pudores y me preguntó si en lugar de vino prefería Campari. Absorta dije que vino estaba bien. Sólo me preocupaba saber quién era él y, sobre todo, que rol iba a ocupar en mi vida.

Imaginé al joven lavando mis zapatillas blancas con un cepillo de mano, sacando la basura a la noche y obedeciendo mis mandatos en la ducha, o en la cama, cuando fuera necesario.  ¡Esperé durante unos minutos que me dijera “mamá”, o que me hiciera preguntas y tuviera miedos, pero la charla se sostuvo en los términos de una pareja heterosexual adulta que se mide sin dar un paso en falso. 

Cuando el primer impacto pasó y ví que él se acercaba a mirar los libros y las chucherías de mi biblioteca sentí la necesidad de tirar a la basura el papel arrugado del que había salido. Lo agarré con disimulo y lo hice un bollo sumamente apretado para que se pierda entre las cáscaras de la fruta que acababa de comer y el restos de los desperdicios que había en mi tacho. No sé por qué tuve esa reacción. Lo hice casi sin pensarlo. Me puse de pie, esperé a que él abra un libro y se distraiga entre sus páginas, y entonces sí, con apenas dos o tres movimientos rápidos, alargué el brazo y accioné sobre el portal. Quizá de ese modo lograba bloquear la puerta de regreso a alguna parte si el nuevo compañero se arrepentía de su visita sorpresiva. 

No me asustaba su presencia. Al contrario. Iba sintiéndome cada vez más cómoda pese a que no entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando. Tomé vino y me detuve a pensar quién era aquel extraño. Un hombre, sí. Esa parte era fácil. Un hombre seguro de su condición, suelto, atractivo. Un pibe de mi generación. Un colega, un par, un lector. Un tipo al que le gustaban mis libros y que solía sonreír al ubicar un título que le resultaba familiar. ¿Pero era un hijo, si había nacido en mi casa? ¿Era un esposo que me servía vino? ¿Un novio? ¿Un amante apasionado surgido de mis fantasías? ¿Un alumno que esperaba tomar clases? ¿Un favor? ¿Un holograma? ¿Una visión? ¿Un espejismo?

Clausuré la duda cuando él abandonó su embelesamiento con mi biblioteca y vino de nuevo hacia el sofá. Sentí que tenía que darle vino para que se quedara un rato más, que en cualquier descuido diría “me voy”, buscaría su bollo de papel y se escurriría entre sus renglones. Traje queso y pan, y unas frutas secas que quedaban del invierno en un tazón de barro. Ya había arrojado a la basura la puerta de salida, así que me relajé. Mientras entretuviera con mis palabras al visitante iba a tenerlo conmigo. Bebimos el vino y hablamos de cualquier cosa. Todos los temas que introduje le resultaban atractivos y lo llevaban a disertar largos minutos. La conversación, diría Coetzee, funcionó como un perfecto lubricante. Sentí que las paredes de mi vagina se ablandaban y cedían y que el vino fluía al tiempo que ralentecía las palabras en mi boca y adormecía mi lengua.

-Bueno- dijo, y apoyó las dos manos sobre sus cuádriceps estirando los codos. 
-¿No tomás ese vino? -me apuré a decir. Terminémoslo. 

Supe que era la última carta que me jugaba. Si no se precipitaba, si no insinuaba alguna cosa, si no intentaba acercarse a mí, o sugería alguna salida, lo próximo iba a ser buscar su papel, o la puerta de calle.

Acabamos el vino y él repitió ese gesto de golpear las palmas de las dos manos sobre sus cuádriceps. Sin embargo esta vez no fue rotundo. Con los codos flojos giró en su parte del sillón hacia mi lado y me miró. Habíamos quedado en lugares enfrentados. 

-Tengo que irme- concluyó- Me quedaría con ganas, pero debería irme.

No contesté más que con mis movimientos. Necesitaba conocer su deseo y ahora tenía esa mínima información que iba a hacer valer. Salté de mi silla y me senté en el sofá. Dejé que me abrazara y abrí la boca con los ojos cerrados. Humedad, partes blandas en mi boca, los almohadones del sofá y un giro que nos llevó al piso, la textura de la alfombra y la rígida pata de lo que supe a ciencia cierta era la mesa. Otro giro brusco y una sensación de dedos duros sobre la concha, el piso helado a lo largo de tres o cuatro giros más y dedos, giros y dedos, y la concha mojada, y el golpe de la espalda contra la puerta y la textura rugosa de la vereda con sus canaletas breves, y una junta de brea caliente, y más giros y el saquito que queda en el camino, por ahí, y su lengua que se ensancha a la altura de mi cuello, los ojos cerrados todavía, que abrimos sólo para cruzar la calle en alguna esquina indefinida, cuando el semáforo corta y lo autos se detienen para cumplir la ley y mirar la bola humana que somos, uno en el otro, girando por Rocamora en dirección a Medrano, la sensación de los adoquines, la mano de él corriéndome el corpiño, mis ganas de abrir los ojos, ver su lengua sobre mi pezón, sus dientes jugando a que me muerde mientras subimos la vereda, suena un celular y no lo atendemos, queda en el camino junto a su pantalón, que le ayudo a sacarse entre bajarle el cierre y apoyar la boca abierta sobre la tela que cubre ese tronco de árbol que se erige de piedra, debajo, preso de la mala idea de ir vestidos en sociedad, y sus manos que toman la posición de mi espalda para evitarme el dolor de bajar las escaleras dando nuevos giros acalorados en busca de la línea B del subte y sentir el frío de las terminaciones de metal y después la mugre del suelo de goma, que se distiende en más besos, más mojados, más deseos de viajar por los pisos de Buenos Aires, ante la mirada de todos, hasta caer en un bollo de papel semi abierto, cerca del Luna Park, un papel metalizado que vemos cuando ya estamos siendo encerrados por un puño y olemos el chocolate que hubo antes entre esos pliegues que se cierran y nos desaparecen.



  

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