Sentada en el bordecito de la cama. Miraba. Los ojos desorbitados. Las manos queriéndose atornillar debajo de los muslos. Pero no. Descalza estaba. Con los pies pisándose. Uno al otro. Herizada. Mirando la escena. Diciéndose “ahora”, juntando corage, o no. Porque después no. Se decía. Mejor nada, mejor quieta.
La madre se paraba y se sentaba. Inquieta. Las manos de la madre se agitaban sin dirección.
Normal, pensaba ella. Es normal. Entonces quería cambiarse, ponerse las medias y el vestido sobre la piel, para salir. Cuando pensaba cosas lindas podía salir. El colegio no quedaba lejos. Unas quince cuadras que le gustaba caminar pensando en Pablo. Pablo era cosas lindas.
Pero ahora las manos esas que antes le acariciaban el cabello y la peinaban, se movian sin dirección una y otra vez, y cada vez más rápido. Toda ella, la madre, se paraba y se sentaba sin motivo. -Blanca Nieves, decía. En la radio la están nombrando. Y me mira, decía. Somos los siete enanitos.
Entonces volvía a sentarse, y se fregaba la cara como en las mañanas, cuando intentaba despertarse a sí misma.
A la mañana se está mejor, pensó ella, porque al salir el sol las pesadillas se interrumpen y después desaparecen. Entonces también se fregó la cara como la madre. Como tratando de despertarse. Como queriendo que todo aquello fuera un sueño.
Y todo se le nubló primero, como si arena en los ojos, y entonces después la nitidez. Amarga era. Pero se veía bien. La madre parada sentada, parada de nuevo, y las manos sobre la cara, resfregándose.
