Sin
mucho preámbulo partimos hacia el Mirador del Sol buscando el “¿acaso posible?”
microclima de Merlo. Un arroyo cruza el vado y yo cruzo el vado con el auto,
por encima del agua, acelerando mucho para que no se note el miedo que me
invade en ese instante. Por afuera muestro que tengo todo bajo control. Las
ruedas giran soltándose unos segundo del piso y yo me imagino al auto siendo
arrastrado por la corriente, chocando con las rocas, yendo siempre hacia abajo,
mojándose por dentro hasta atascarse en algún codo. Imagino la cara del
empleado de la casa de alquiler de autos pasándome la cifra impagable del
despropósito. Pero nada de eso sucede. Pasamos sin problemas y seguimos
subiendo el cerro. A la derecha vemos unos caballos con sus aperos atados a un
palenque, preparados para salir. Hablo con Luis, un hombre de unos cincuenta
años que aparenta tener por lo menos setenta y nos señala un mirador más arriba
donde podríamos llegar con los caballos que él alquila. Dice que podríamos ver
el atardecer en la montaña, mientras pasamos por lugares a los que los autos no
pueden acceder. Tiene el pelo largo, blanco, una boina y un saco verde abotonado. Se
traga la “r” cuando habla, o, más que tragársela, la deja patinar, digamos, suelta el
aire entre los dientes y la lengua, suavizando la aspereza rústica de la “r”,
pronunciándola con delicadeza. Detrás suyo hay fuego sobre el piso, entre medio
de unos pequeños troncos. Siento olor a quemado. Un chico de unos veinte años acomoda los caballos y les peina el lomo. Me dice que no me preocupe, que no se quema nada, que es
el olor de los autos que bajan del cerro pisando el freno en continuado. Sobre el fuego una pava negra del hollín hecha humo por el
pico. Al borde de la parrilla hay un chorizo frío que imagino quedó del mediodía. Al lado, sobre una roca, diviso un mate casero fabricado en un vaso de cerveza. Cinco
o seis piedras rodean el fogón. El
chico me mira. Tiene unos ojos verdes que parecen hablar, el pelo bordeando la
nuca, recortado prolijamente detrás de las orejas, una chomba celeste con
cuello y un pantalón de jean gastado. ⎯Yo
no voy a subir ⎯le digo⎯ No vine preparada para montar. El chico mira mi pollera corta y se sonríe. ⎯Entonces le preparo
sólo dos⎯ contesta.
*
La tarde es
perfecta, no hace calor, el sol entibia la piel y corre una brisa suave que mueve
los pelitos de mis brazos. Una caricia. Mi hija insiste en que los acompañe. Mientras pienso cómo podría subir a un caballo en estas circunstancias, Luis parte con dos turistas que se decidieron antes que nosotros, y le dice algo al chico de la sonrisa amplia y los ojos verdes.
*
Por fin avanzamos
los tres por el cerro. El pibe de los caballos camina más atrás, chista a los animales
y entre ellos se entienden. Los caballos frenan, avanzan, se corren a la
derecha de la ruta cuando viene un auto, obedecen más ese código de chistidos
que los movimientos ignotos que hago yo con las riendas, insegura, montada en
un caballo negro, hermoso, que más tarde sabré se llama Príncipe. Nos
metemos en un bosque tupido, el cerro muestra la tierra desparramada por las herraduras
de los que pasaron antes, la ladera un poco más allá, el precipicio, la vista
de los techitos de Merlo, abajo, el sol que se apronta para mostrarnos el
atardecer. En un momento dejamos de escuchar los motores de los autos que pasan por el camino. Nos
internamos en un silencio hondo, profundo. Yo con las riendas entre las manos,
un poco sobre mi pollera, tratando de engancharla en la silla, de retener la
tela para taparme la bombacha, pensando que no debiera estar preocupada en eso,
enderezando la espalda, sacando la cola hacia afuera, arqueando la columna sobre
el caballo. A mitad del camino nos detenemos. El petiso que monta mi hijo se
empaca y no quiere avanzar, come unas plantas de hojas tiernas, quiere soltarse y, terco, empuja las riendas con la cabeza. El chico se acerca y lo acaricia. ⎯Vamos, vamos⎯
le dice, y el petiso avanza. Lo demás es el canto de los pájaros, el sonido de
las ramas de los árboles que se mueven, las vacas pastando, una choza perdida entre las tuscas. De la nada el pibe se pone a la par de
mi caballo y deja a los otros dos adelante, para verlos. ⎯Ese que estás montando lo amansé yo ⎯me dice. ⎯Era
bravo el Príncipe. Tuve que darle azúcar, lo até a un poste, lo bañé, le puse
las herraduras y después salí. Quiso tirarme al piso pero dí contra una piedra
y logré sostenerme. Ahí entendió quién mandaba, y nos hicimos amigos. Mientras él habla, yo miro el espacio de piel que queda entre el cuello de la remera y
el pelo del chico. Cada tanto gira su cara hacia mi lado y vuelvo a verle los
ojos. Lo escucho. Me gusta lo que cuenta. Narra las cesáreas que le hizo a dos
yeguas y el modo en que salen las crías, con las patas hacia adelante, no como
las vacas, dice, que tienen a las crías de cola, echadas sobre la tierra. Creo
que mis gestos de asombro alimentan un poco sus ansias de seguir narrando y que
por esa razón no se detiene. Casi
no lo interrumpo. Pasa por los partos de los cerdos, por el modo en que tomó
una tierra y se construyó una casa de material y ladrillos, al otro lado del
cerro, a una hora de distancia caminando a pie. Cuanta las comodidades de la
casa, que vive solo, que tiene dos caballos propios, que fue al Hipódromo de
Palermo con uno de los caballos que educó. Mi mente divaga pensando en la edad
del chico. Entonces le pregunto su nombre. Me cuenta que se llama Gastón y me
pregunta qué edad pienso que tiene. Le digo que entre veinte y veinticinco
años. Él vuelve a reírse con su sonrisa hermosa. Veinte, me confirma. ¿Le
parezco muy chico? ⎯No⎯ parecés de tu
edad ⎯le digo⎯ la edad más linda; y pienso en las distancias, imagino a
un chico de veinte años levantando paredes, pasando el fratacho, domando un caballo, haciéndole el
amor a una mujer.
Cuando
llegamos al mirador, los caballos se acercan al arroyo y Gastón se ofrece a
sacarnos una foto. Volvemos despacio. Príncipe me zamarrea sobre su lomo. Yo
escucho la voz del chico y deseo que la tarde no se termine. Pienso las
diferencias entre pobreza, indigencia y humildad. Pienso, también, en la
posibilidad de volver a verlo.
Una
vez en la parada nos bajamos de los caballos y le pagamos a Luis el alquiler. Me acerco a Gastón y le dejo cien pesos, por haber sido nuestro guía. Príncipe tiene una erección que nos hace reír a todos. Mi hijo me pide que le
saque una foto.
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