.


"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot

19.2.14

Once



Es domingo. Entro a la guardia del Hospital de Merlo sobre la calle Juana Azurduy. La consulta es por una nimiedad. La rodilla de mi hijo, apenas lastimada hace unos días, parece estar infectándose. Un hombre está sentado en la sala de espera y yo me siento a su lado. Le pregunto si está para el médico de guardia, como yo. Me dice que no, que tiene a su hijo internado. El hombre necesita hablar y entonces lo escucho. Su boca es un manojo de surcos y su piel oscura parece cansada. “Quiso matarme con un hacha me dice fue ayer, es la segunda vez que se sale de sus cabales; esta vez fue la peor. Hace como diez años, cuando cumplió 49, se peleó en el pueblo con un hombre y quiso ahorcarlo. Tiene algo nervioso. No se puede controlar”. Mientras pienso que en los pueblos del interior una psicosis podría confundirse con un demonio, una crisis nerviosa o un evento paranormal, el hombre me cuenta que antes, una vez, la policía terminó tirando al piso y esposando a su hijo para poder llevarlo al hospital, que esta vez no reconoció a su padre, que lo agarraron justo porque si no terminaba en tragedia, que tal vez era mejor, hubiera preferido, que ahora está atado a la camilla, que no sabe cómo hacer con él, que va a tener que irse de la casa y dejarlo solo, que se arregle como pueda. Pienso en Los Anormales de Foucault, en la pobreza extrema de los que ni siquiera son alcanzados por el poder castrador de las instituciones, por la sociedad de control, por los beneficios de la información. ¿Estará tipificada esa dolencia? ¿Estará siendo tratada como corresponde? El médico me llama y entramos a una pequeña salita con una camilla, un escritorio, un tanque de gas y dos sillas de plástico. El médico mira durante dos segundos la rodilla de Octavio que supura; y anota “Cefalexina” en un papel reciclado que corta con una regla. Cuando salgo vuelvo a cruzarme con los ojos del hombre, que todavía me sonríe. Me acerco y le extiendo la mano como despidiéndome. Le deseo que salga todo bien, que su hijo se mejore. ¿Qué otra cosa puedo decirle? El hombre busca mi mejilla con su mejilla y me da un beso. Le digo que tenga fe. ¿Existe alguna posibilidad de no sobrevivir al dolor?

No hay comentarios:

Publicar un comentario

antes