.


"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot

19.2.14

Dieciséis

Una mezcla de tedio y placer en cantidades casi exactas que se alternan. Bueno, como la vida de todos los días.

Quince

Es martes. Para variar, llueve. Camino a La Cascada escondida, un kilómetro arriba de mi cabaña, leo algunas Irrupciones, comienzo a hacerlo de manera salteada, de puro ansiosa, de mística, de piba que vive encontrándole el sentido a las palabras. Después me reprocho el desorden. ¿Cómo saber si leí todo, si perdí columnas por ahí, por el principio, por la mitad? Obstinada, vuelvo a leer en el orden propuesto por Levrero. "Por lo demás, conservé la numeración original y resistí a la tentación de reordenar todos estos materiales con mayor coherencia; lo prefiero así, en esa forma de picadillo variado y con ese aire, todavía, de publicación periódica". Me gusta Levrero prologándose, me gusta su mapa mental, sus estructuras y sus rupturas, me libera siempre, me abre, me permite. Sigo leyendo, entonces como me suena, como surge, como mierda se me canta.

Un alerta vibra en mi teléfono. Cuando quiere, la sierra, se hace eco de la señal de los celulares. Mail de Zamorano. Me señala un texto que podría servirme para la nota que sumarié la semana pasada. Mi vieja hubiera dicho; “transmisión de pensamientos”. Para mí se trata de otra cosa, de un diálogo de proyectos comunes, de una tácita unión en el deseo de escribir. Tomo mate y anoto un pensamiento en la primera página del libro. Corrijo un error de ortografía y se me hace consciente un fallido que cometo con frecuencia. Cada vez que tipeo la palabra "hijos" escribo "hojos”. ¿Soy un cuervo acaso? ¿La madre cuervo? ¿La madre cocodrilo de Lacan? Me gusta dar espacio, dejar hacer, escuchar el deseo de mis hijos. Me gusta que se enojen, que me contesten, que me repliquen, que me reclamen. La muerte es dar todo servido. Tener todo. Perder el deseo de conseguir. Me gusta que mis hijos tengan que pedir la leche, el almuerzo, la cena. Que sientan hambre y reclamen, que quieran algo y busquen el modo de conseguirlo. Que me vean escribiendo cuando es la hora de comer. Que preparen ellos lo que quieren consumir.

Salteando páginas llego a la Irrupción #83 que me sugirió hace unas semanas Mariano Vespa. La leo y la releo. Me propongo escribir sobre esa irrupción y sobre el único poema de Levrero del que tengo conocimiento, al comienzo de El discurso vacío. Esto, si consideramos que La novela luminosa es una novela porque así lo indica su título y no un extenso poema narrativo, escrito en disimulados versos apaisados, aprosados, acostados, como más me gusta pensarla. 

El escritor uruguayo, Pablo Silva Olazábal, me responde vía Facebook que revisará sus mails en busca de algún otro poema, que "casi seguro ⎯me escribe tengo perdido en mi computadora". Sin embargo no los encuentra, reduciendo mi objeto de estudio a sólo dos poemas que se emplazan en libros que no son de poesía como Irrupciones, las columnas periodísticas que publicara en la Revista Postdata entre 1996 y 2000 [con una interrupción de dos años en el medio] y El discurso vacío, una novela propiamente dicha. 

Pienso que así es la poesía de Levrero, solapada, escondida, para los pocos que quieren leerla, metida en la prosa, entre los diarios, por qué no, en sus juegos de palabras y crucigramas. Me grabo entonces, en el medio del cerro, al lado de un lugar que me apropié, leyendo la Irrupción #83, un árbol de moras a veinte minutos subiendo, cuesta arriba por el ripio, encima de una piedra inmensa, plana, ideal para acostarse boca arriba, mirando el nido que aparece justo frente a los ojos, como una de esas no-casualidades, que hubiera visto Levrero.
*
"Mariposas con alas apolilladas / polillas / mariposas que fueron gusanos / mariposas de un pasado atroz / con un pasado atroz / mariposas que reptaron / mariposas que royeron / mariposas que se debatieron en su forma de gusano durante siglos interminables adentro del capullo / mariposas enfermas / mariposas freudianas / mariposas clavadas con alfileres sobre mi espalda / aleteantes mariposas fijas / mariposas muertas".  Irrupción #83 / Mario Levrero.

Catorce


Cortaderas, unos metros a la izquierda de la Ruta 1, veinte kilómetros al sur de Merlo, en el departamento de Chacabuco. Pueblo enclavado en la Sierra de los Comechingones. Ochocientos veintidós habitantes. Una plaza, una escuela, un cementerio, una librería, cuatro cuadras asfaltadas y wi fi free.

Trece

Sin mucho preámbulo partimos hacia el Mirador del Sol buscando el “¿acaso posible?” microclima de Merlo. Un arroyo cruza el vado y yo cruzo el vado con el auto, por encima del agua, acelerando mucho para que no se note el miedo que me invade en ese instante. Por afuera muestro que tengo todo bajo control. Las ruedas giran soltándose unos segundo del piso y yo me imagino al auto siendo arrastrado por la corriente, chocando con las rocas, yendo siempre hacia abajo, mojándose por dentro hasta atascarse en algún codo. Imagino la cara del empleado de la casa de alquiler de autos pasándome la cifra impagable del despropósito. Pero nada de eso sucede. Pasamos sin problemas y seguimos subiendo el cerro. A la derecha vemos unos caballos con sus aperos atados a un palenque, preparados para salir. Hablo con Luis, un hombre de unos cincuenta años que aparenta tener por lo menos setenta y nos señala un mirador más arriba donde podríamos llegar con los caballos que él alquila. Dice que podríamos ver el atardecer en la montaña, mientras pasamos por lugares a los que los autos no pueden acceder. Tiene el pelo largo, blanco, una boina y un saco verde abotonado. Se traga la “r” cuando habla, o, más que tragársela, la deja patinar, digamos, suelta el aire entre los dientes y la lengua, suavizando la aspereza rústica de la “r”, pronunciándola con delicadeza. Detrás suyo hay fuego sobre el piso, entre medio de unos pequeños troncos. Siento olor a quemado. Un chico de unos veinte años acomoda los caballos y les peina el lomo. Me dice que no me preocupe, que no se quema nada, que es el olor de los autos que bajan del cerro pisando el freno en continuado. Sobre el fuego una pava negra del hollín hecha humo por el pico. Al borde de la parrilla hay un chorizo frío que imagino quedó del mediodía. Al lado, sobre una roca, diviso un mate casero fabricado en un vaso de cerveza. Cinco o seis piedras rodean el fogón. El chico me mira. Tiene unos ojos verdes que parecen hablar, el pelo bordeando la nuca, recortado prolijamente detrás de las orejas, una chomba celeste con cuello y un pantalón de jean gastado. Yo no voy a subir le digo No vine preparada para montar. El chico mira mi pollera corta y se sonríe. Entonces le preparo sólo dos contesta. 
*
La tarde es perfecta, no hace calor, el sol entibia la piel y corre una brisa suave que mueve los pelitos de mis brazos. Una caricia. Mi hija insiste en que los acompañe. Mientras pienso cómo podría subir a un caballo en estas circunstancias, Luis parte con dos turistas que se decidieron antes que nosotros, y le dice algo al chico de la sonrisa amplia y los ojos verdes.
*
Por fin avanzamos los tres por el cerro. El pibe de los caballos camina más atrás, chista a los animales y entre ellos se entienden. Los caballos frenan, avanzan, se corren a la derecha de la ruta cuando viene un auto, obedecen más ese código de chistidos que los movimientos ignotos que hago yo con las riendas, insegura, montada en un caballo negro, hermoso, que más tarde sabré se llama Príncipe. Nos metemos en un bosque tupido, el cerro muestra la tierra desparramada por las herraduras de los que pasaron antes, la ladera un poco más allá, el precipicio, la vista de los techitos de Merlo, abajo, el sol que se apronta para mostrarnos el atardecer. En un momento dejamos de escuchar los motores de los autos que pasan por el camino. Nos internamos en un silencio hondo, profundo. Yo con las riendas entre las manos, un poco sobre mi pollera, tratando de engancharla en la silla, de retener la tela para taparme la bombacha, pensando que no debiera estar preocupada en eso, enderezando la espalda, sacando la cola hacia afuera, arqueando la columna sobre el caballo. A mitad del camino nos detenemos. El petiso que monta mi hijo se empaca y no quiere avanzar, come unas plantas de hojas tiernas, quiere soltarse y,  terco, empuja las riendas con la cabeza. El chico se acerca y lo acaricia. Vamos, vamos le dice, y el petiso avanza. Lo demás es el canto de los pájaros, el sonido de las ramas de los árboles que se mueven, las vacas pastando, una choza perdida entre las tuscas.  De la nada el pibe se pone a la par de mi caballo y deja a los otros dos adelante, para verlos. Ese que estás montando lo amansé yo me dice. Era bravo el Príncipe. Tuve que darle azúcar, lo até a un poste, lo bañé, le puse las herraduras y después salí. Quiso tirarme al piso pero dí contra una piedra y logré sostenerme. Ahí entendió quién mandaba, y nos hicimos amigos. Mientras él habla, yo miro el espacio de piel que queda entre el cuello de la remera y el pelo del chico. Cada tanto gira su cara hacia mi lado y vuelvo a verle los ojos. Lo escucho. Me gusta lo que cuenta. Narra las cesáreas que le hizo a dos yeguas y el modo en que salen las crías, con las patas hacia adelante, no como las vacas, dice, que tienen a las crías de cola, echadas sobre la tierra. Creo que mis gestos de asombro alimentan un poco sus ansias de seguir narrando y que por esa razón  no se detiene. Casi no lo interrumpo. Pasa por los partos de los cerdos, por el modo en que tomó una tierra y se construyó una casa de material y ladrillos, al otro lado del cerro, a una hora de distancia caminando a pie. Cuanta las comodidades de la casa, que vive solo, que tiene dos caballos propios, que fue al Hipódromo de Palermo con uno de los caballos que educó. Mi mente divaga pensando en la edad del chico. Entonces le pregunto su nombre. Me cuenta que se llama Gastón y me pregunta qué edad pienso que tiene. Le digo que entre veinte y veinticinco años. Él vuelve a reírse con su sonrisa hermosa. Veinte, me confirma. ¿Le parezco muy chico? No⎯ parecés de tu edad le digo la edad más linda; y pienso en las distancias, imagino a un chico de veinte años levantando paredes, pasando el fratacho, domando un caballo, haciéndole el amor a una mujer.

Cuando llegamos al mirador, los caballos se acercan al arroyo y Gastón se ofrece a sacarnos una foto. Volvemos despacio. Príncipe me zamarrea sobre su lomo. Yo escucho la voz del chico y deseo que la tarde no se termine. Pienso las diferencias entre pobreza, indigencia y humildad. Pienso, también, en la posibilidad de volver a verlo.


Una vez en la parada nos bajamos de los caballos y le pagamos a Luis el alquiler. Me acerco a Gastón y le dejo cien pesos, por haber sido nuestro guía. Príncipe tiene una erección que nos hace reír a todos. Mi hijo me pide que le saque una foto.

Doce

Mientras escribo escucho a mis hijos que dicen: "Terranova ataca a Labrador". Me río sola pensando en la última reunión de Revista Tónica antes de las vacaciones, todos sentados en la terraza del CEC, la tarde cayendo, libros mejores y peores sobre el tablón de madera, mate, algo de bruma mojando los papeles, vecinos llegando de trabajar, encendiendo las luces, asomando a los balcones de los edificios aledaños, mirando la escena extrañados; ¿qué hacen esos pibes ahí? Alguien manda un mensaje de texto: “estoy abajo”. Que no ande el timbre es parte del folcklore de este espacio de reflexión y producción. ¿Qué vamos a hacer en 2014? Casi veinte personas poniéndonos de acuerdo en pensar los libros, los ciclos, lo digital, las redes, la escritura, bah, esas cosas que no le importan a nadie.

Once



Es domingo. Entro a la guardia del Hospital de Merlo sobre la calle Juana Azurduy. La consulta es por una nimiedad. La rodilla de mi hijo, apenas lastimada hace unos días, parece estar infectándose. Un hombre está sentado en la sala de espera y yo me siento a su lado. Le pregunto si está para el médico de guardia, como yo. Me dice que no, que tiene a su hijo internado. El hombre necesita hablar y entonces lo escucho. Su boca es un manojo de surcos y su piel oscura parece cansada. “Quiso matarme con un hacha me dice fue ayer, es la segunda vez que se sale de sus cabales; esta vez fue la peor. Hace como diez años, cuando cumplió 49, se peleó en el pueblo con un hombre y quiso ahorcarlo. Tiene algo nervioso. No se puede controlar”. Mientras pienso que en los pueblos del interior una psicosis podría confundirse con un demonio, una crisis nerviosa o un evento paranormal, el hombre me cuenta que antes, una vez, la policía terminó tirando al piso y esposando a su hijo para poder llevarlo al hospital, que esta vez no reconoció a su padre, que lo agarraron justo porque si no terminaba en tragedia, que tal vez era mejor, hubiera preferido, que ahora está atado a la camilla, que no sabe cómo hacer con él, que va a tener que irse de la casa y dejarlo solo, que se arregle como pueda. Pienso en Los Anormales de Foucault, en la pobreza extrema de los que ni siquiera son alcanzados por el poder castrador de las instituciones, por la sociedad de control, por los beneficios de la información. ¿Estará tipificada esa dolencia? ¿Estará siendo tratada como corresponde? El médico me llama y entramos a una pequeña salita con una camilla, un escritorio, un tanque de gas y dos sillas de plástico. El médico mira durante dos segundos la rodilla de Octavio que supura; y anota “Cefalexina” en un papel reciclado que corta con una regla. Cuando salgo vuelvo a cruzarme con los ojos del hombre, que todavía me sonríe. Me acerco y le extiendo la mano como despidiéndome. Le deseo que salga todo bien, que su hijo se mejore. ¿Qué otra cosa puedo decirle? El hombre busca mi mejilla con su mejilla y me da un beso. Le digo que tenga fe. ¿Existe alguna posibilidad de no sobrevivir al dolor?

Diez


Un día de lluvia es también un día de sol. Todos los climas se apelotonan en las mismas veinticuatro horas por estas zonas. Parece imposible pero es así. Lluvia, viento, nubes, viento, lluvia, sol. Manejo hasta el Mirador del Filo a diez kilómetros de acá. Llegamos a Merlo y subimos la cuesta. Cuesta. El auto en primera pide motor, pide más velocidad, no se agarra, no da abasto. Una vez arriba vemos la puesta del sol detrás de algunas nubes. Saco fotos a contra luz como me sugiere Malena. De regreso escuchamos un jazz de Ornette Coleman y me hago una con la sierra, el auto, el piano. Una con el jazz, con el momento. Soy una con el presente, pienso, como Ides con sus brazadas sobre el Paraná, Viel Témperley, el agua, la cabeza vendada, el hospital, Fogwill, el ensayo británico, todo en armonía.

antes