Escribir en los intersticios de la maternidad.
Entre que el hijo se lava los dientes
y te llama para que lo enjuagues.
En las noches cuando podés vencer el sueño que te venció primero
a la orilla de un cuento luminoso de versos grises.
Escribir de día sin lápiz ni papel.
En los márgenes de tu memoria
que debe recordar
los horarios del colegio
y que hay que comprar una lista de cosas, que empieza con sacapuntas.
Escribir igual y pese a todo.
Cuando se puede y cuando no.
Escribir dos verbos,
o soñarlos...
En la sala de espera del pediatra,
con la mano en la frente del crio,
con los pies mientras lo bañás
siempre escribir, igual,
aunque te salga un garabato
querer dejar de sufrir
lo
ser más fuerte que el dolor
que el más fuerte de los hombres.
Hasta que te salgan pelos en las piernas,
y en la pansa
que te crezca grande,
hasta la vereda de enfrente
para tener más piel en el cuerpo
cuando no te quede papel.
Escribir pese a todo
aún cuando la indiferencia
aún cuando la insignificancia
aún cuando tu nombre pase sin pena ni gloria
y se muera así.