Hace un par de semanas compré un libro por Mercado Libre. Hoy fui a retirarlo al Parque Rivadavia con el único dato del número de puesto. En verdad fui resignada a que la reserva ya se hubiera vendido porque me tomó mucho más tiempo de lo habitual concretar la compra. Busqué el puesto y lo ubiqué enseguida. El azar había hecho lo suyo. Bien. De todos modos, me llamó la atención no haber visto mi nombre sobre el puesto al que llegué buscando el número 72 alguna de las tantas veces que recorrí esa feria. Revisé las mesas, encantada con la casualidad, y finalmente le pedí al puestero Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes. El pibe me interrumpió sin que haya terminado de decir lo mío. "¿Sos Leticia Martin, no?". Mi narcisismo se sintió afectado una vez más, así que felicité al puestero por su buena memoria. "Te explico", me dijo, "la dueña de este puesto es Leticia; y yo soy Martín. Nos llamó mucho la atención tu nombre y tu apellido cuando entró el pedido".
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"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot
16.7.15
Causas y azares
Hace un par de semanas compré un libro por Mercado Libre. Hoy fui a retirarlo al Parque Rivadavia con el único dato del número de puesto. En verdad fui resignada a que la reserva ya se hubiera vendido porque me tomó mucho más tiempo de lo habitual concretar la compra. Busqué el puesto y lo ubiqué enseguida. El azar había hecho lo suyo. Bien. De todos modos, me llamó la atención no haber visto mi nombre sobre el puesto al que llegué buscando el número 72 alguna de las tantas veces que recorrí esa feria. Revisé las mesas, encantada con la casualidad, y finalmente le pedí al puestero Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes. El pibe me interrumpió sin que haya terminado de decir lo mío. "¿Sos Leticia Martin, no?". Mi narcisismo se sintió afectado una vez más, así que felicité al puestero por su buena memoria. "Te explico", me dijo, "la dueña de este puesto es Leticia; y yo soy Martín. Nos llamó mucho la atención tu nombre y tu apellido cuando entró el pedido".
El patriarcado Martín García

Mi viejo el único de trajecito marrón, con la mano en el bolsillo y el mismo gesto de sonreír que tiene estos días. Mi padrino sobre la silla, delgado, con la remerita a rayas y rapado al estilo de la época, bien machito. A su lado mis tíos abuelos: Ramón y Buenaventura. El que sigue no sé quién es. El otro flaquito de bigotes que aparece detrás del florero es Juan, mi otro tío abuelo, tercer hermano de mi abuela Josefina. Pegado a él aparece mi abuelo Bernardo, de bigote más fino y una V pronunciada en la frente, que le heredé yo. Levanta la copa como sabiendo que hoy festejamos sus cien años. Te recuerdo como si ayer mismo me hubieras sentado detrás del mostrador para alcanzarte los clavitos que le metías a las suelas. Te amo, viejo hermoso.
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