Elegir, siempre, es dejar afuera otra cosa.
Celia Dosio, quien dirige El circuito de teatro, me pidió que
seleccione cinco puestas teatrales. Casi le dije que no, pero apenas
quiso insistir, ya estaba pensando cuáles serían. Antes van unos criterios. Hay algo de la simpleza y la síntesis que me están
pareciendo imprescindibles. Ando pensando últimamente que el teatro tiene que
explotar sus ventajas diferenciales, y me gusta cuando no se le quiere parecer
a nadie, cuando todo está dispuesto para que disfrutemos lo que pasa ahí, entre
esos, como nosotros, que comparten la fragilidad del instante fugaz.
Por eso Amanda Vuelve, de Diego Faturos. Una
obra donde todo gira en torno de la fuerza de la palabra, y también ante
nuestros ojos, sobre un escenario circular. Hay muy pocos elementos, y sólo
tres personajes: una mucama que puede salir del centro de la escena para hacer
girar el mundo, un pianista musicalizando de espaldas al público, y una dueña
de casa, firme, en su rol de esperar.
Por eso también Lote 77, de Marcelo Minino, obra que vi
tres veces. Sola, con amigas, y después con mi esposo, tratando de descular el
problema del tiempo en el teatro. Lote, además de ser una oda a la síntesis de
objetos significativos, narra tres modos de construcción de la masculinidad, va
y viene todo el tiempo, y a la vez, como la vida, y demostró que se puede hacer
estallar la idea moderna del tiempo que avanza progresiva y linealmente en el
teatro.
Harina, de Román Podolsky y Carolina Tejeda, no cuenta
más que los recuerdos de una panadera –Rosalía- que se quedó anclada en su
pueblo, aislada del mundo luego del paso del último tren. Una puesta sencilla,
con algunas proyecciones y las cancioncitas suaves de la protagonista. Una
delicada narración de la conciencia que fluye. De nuevo la fuerza está en la
palabra, en la necesidad de ser escuchado para no enloquecer, en evitar el
silencio que invisibiliza y desaparece a las personas y al mundo.
Asco, de Santiago Loza y Lisandro Rodríguez, es la pura
representación del “tiempo muerto”, la interminable conversación entre un
portero de edificio y alguien que lo escucha atentamente y nunca le contesta, o
no encuentra espacio para hacerlo. La palabra es la voz de los “sin voz”, una
vez más, en la obra de Loza. Y sin la palabra no hay nada.
Los talentos, de Agustín Mendilaharzu y Walter Jacob, tampoco
pretende ser más que la conversación acalorada de tres amigos, puertas adentro,
que por momentos compiten por la métrica de las palabras y el sonido. Un juego
hermoso y agudo que sin embargo parece no resultar puertas afuera. La palabra
como límite para operar sobre la vida.