Cuando tenía diez mi papá nos llevaba al colegio cada día. Salíamos a las siete y nos subíamos al Falcon en el garaje. Era un auto amplio, blanco y mal visto. Los vecinos pensaban que mi papá era médico porque en ese entonces trabajaba como contador para un laboratorio y usaba guardapolvo. De camino a la escuela, en las mañanas, nosotros peleábamos por las casas. Yo veía una y la señalaba. Esa es mía, decía. Y listo. Era. Como si la hubiera comprado y escriturado ahí mismo, de camino a la primaria. Mi hermana cantó pri una vez y así adquirió la casa más linda del barrio. Una de dos pisos, con balcón a la calle y ligustrinas en la puerta. La vereda, como una alfombrada fucsia de flores que caían, resaltaba de las demás veredas, y parecía estar anunciando que ahí venía algo hermoso. Las plantas en el jardín hacían juego con las cerámicas y los canteros rebalsaban de helechos.
Esteban venía muy atrás con sus casas.
Mi papá cambiaba de recorridos, nunca supe si a propósito, para ayudarlo. Un día dobló en Pagola y fue una cuadra en contra mano. Apareció entonces un chalecito a dos aguas, con rejas ornamentadas y columnas sosteniendo un alero adelante. Había dos silloncitos y una mesa de hierro, para tomar mate en el jardín.
—Mía— dijo Esteban —la vi primero, es mía. Pero Cecilia también la había visto, y había cantado lo mismo.
—Vos ya tenés la otra — le dije yo —la de Famaliá, que es la más linda.
Resignada Cecilia aceptó, y pidió como resarcimiento la casa roja con una ventana sola. Mi hermano aceptó y así las dos casa más lindas de Lomas del Mirador tenían dueño.
Era un juego sencillo. Había que ver y dictaminar. Algunas mañanas podíamos discutir todo el camino si era más lindo que fuera grande, o si lo lindo era algo en relación a los colores. Ahora que lo pienso estábamos decidiendo criterios estéticos.
Mis primos venían a la escuela con nosotros. Más o menos tenían elegidas sus casas y a veces, ante la desazón de pensar que iban perdiendo, nos narraban la fachada de alguna casa de Aldo Bonzi o de Tapiales. Ellos las habían visto primero y eso los convertía en propietarios.
Javier venía a la cola de todos. El consenso general era que sus casas, tanto las de Lomas, como las de Bonzi, eran las más feas. Cansado de que no aparezca una mejor y de que los vecinos no las pintaran un poco, una mañana dijo, llegando a la General Paz;
—¡Mía!
Todos miramos por la ventanilla del Falcon.
—No hay ninguna casa ahí, nene. ¿Qué te pasa? —Le dije yo.
—¡Cómo no! Ese árbol. Esa es mi casa—dijo, seguro. —Voy a poner unas maderas y me voy a construir una casa ahí arriba, así veo para el lado de la Capital.
Era un sauce que barría con sus ramas la tierra reseca de sus raíces sobresalientes.
Me morí de envidia por dentro. Le dije a Javier si podía vivir con él, en ese árbol. Yo también quería mirar para el otro lado, sentarme en las noches estrelladas con mi primo, las piernas colgando en el aire, balanceándose, y escuchar a Soda Stereo en el walkman, mientras mirábamos pasar los autos del Río de La Plata al Riachuelo, o al revés, haciendo ruido.
Yo también quería poder cambiar las reglas.