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"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot

27.5.10

oscuro, abajo, el amor.

se puede enamorar así. 
una. 
de mañana cualquiera, no sé por qué a mí, me enamoré. 
me duele la espalda de esta postura rígida, contra la pared, dije, y miré hacia arriba. 
sentí el agua que me salpicaba, la portera, y monté en guardia.
estaba ahí, detrás del secador que nos iba y venía trayendo el piso. 
un instante todo frenado, el aire que se aquietó, las gotas suspendidas esperando. 
la portera maniquí, parada con las dos manos sobre el palo me lo escondía detrás, él. 
le puse Erdosain. no era entero. tenía su cicatriz. 
cortado a la derecha, como si le faltara un brazo, cabía entre su lindero y el marco de la puerta. 
me lo habían lastimado al nacer. 
toda su cara miraba de frente y el material a sus costados rebalsaba como sin. 
no es cemento lo que nos une, es la pared, 
fondo que de golpe costado y si seguimos un poco más, pared de enfrente. 
uno al lado del otro parecemos soldados. 
marchamos sin movernos, iguales a todos pero distintos, con agujeros y sin brazo derecho despertamos cada día, presos de esta realidad de suelo.
sosteniendo una fila enorme que descansa sobre sus hombros Erdosain se despereza. 
como yo. 
lo sé porque hago lo mismo: un breve movimiento de las aristas que se expanden hacia los costados y bostezan.
nos veo parecidos. 
la misma zona, la forma de las, el nombre que a veces, y los colores fríos. 
cocidos en distintos fuegos de un mismo horno, sacados con palas de acero que nos aplastan después, somos raros. 
él de un azulcito más oscuro. 
yo tirando a celeste.
-Cleo. ¿Por?
-Por nada. Yo Erdosain.
eso nos dijimos, después saltó lo de las partidas.
sin querer me perdí en el enriedo de la casualidad del nombre impuesto, 
tan igual al nombre que yo le puse.
descarté la familiaridad, respiré, y le abrí la jaula a mis ojos. 
se empacharon de tanto verlo. 
Erdosain, pensaba a ratos. 
suena como tintineo. 
tenue.
aún con la luz apagada, por las noches, podía verlo. 
desarrollé la imaginación al máximo. 
podía soñar sus ángulos, mirarlo del revés, atravesar su materialidad 
podía fulminar con el pensamiento a las hormigas que se le acercaban.
por las mañanas, después de que la portera levantara las persianas, aparecía una florcita de azahar en mi parte del piso adelante. 
me lo imaginé despegándose de la pared cuando la noche y nadie lo viera, 
saltar la ventana, salir al jardín y mover el limonero. 
le puse música de fondo, 
cámara lenta.
me despegaba yo, después, y lo chocaba forzando la casualidad, 
entre el marco de la ventana y el vidrio. 
nos crecían bocas y podíamos besarnos. 
lengua con lengua suave, mojada, él me comía, 
como si chocolate primero, a mordiscones después. 
fuerte suave con delicadeza, me derretía hasta que la mañana.


ruido de persiana que se sube. 
la portera maniquí otra vez. 
baño de agua fría para todos sin aviso. 
desinfectante, trapo, y una especie de Pinolux para terminar. 
así durante meses, años, mirándolo. 
pocas veces con diálogos cortos, muchas con sueños de esos que nunca.
después, lo de siempre.
la compañía de demoliciones,
la bola enorme pegándole a la pared y el desmoronamiento. 
punto.

Aparecer, mayo de 1992


Papaiani era la de castellano, y la que había dicho que esa noche pasaban “La noche de los Lápices”, una película que teníamos que ver sin falta. Éramos chicas, uniformadas, medias hasta la rodilla. ¡Y que las monjas no supieran que una profesora recomendaba una película así! No habría habido más Papaiani. Por eso ni la guacha que le rayó el Renault con una moneda abrió la boca. A la Papa la odiabas pero la respetabas. Un sentimiento era consecuencia del otro. Ella le hacía honor al nombre. Pilar. Era sólida, firme, estricta decíamos nosotras. Pero distinta. Te hacía pensar. Te llevaba al cine y armaba un debate atrás, mientras comía algo en un bar con treinta adolescentes en estado de efervescencia. A la clase siguiente te tomaba una comprobación de lectura del Quijote de la Mancha o del Poema del Mio Cid, pretendiendo que recuerdes de qué pueblo era la Dulcinea, o ese tipo de detalles. Nada la frenaba. Acomodaba el programa para que siempre le sobren márgenes para esos temas que “no podemos dejar de ver”.

Casi todo el curso hizo la tarea. Yo no.

-Vos esa película no la vas a ver porque es tendenciosa y se acabó. A mi viejo nadie le dice cómo son las cosas, así que mis explicaciones acerca del contenido histórico no sirvieron de mucho. Insistí todo lo que pude, pregunté por qué, lloré. Siempre lloro cuando no me explico por qué. Mi mamá intervino con tono conciliador y me dijo que era una película muy fuerte para mi edad, que no era nada que no pudiera ver, pero que, sencillamente, no. Mi mamá tampoco entendía por qué, pero montó la escena del acuerdo de discursos. Creo que su tono de voz me convenció. Eso hace siempre mi mamá. Acuerda. Concilia. Repara. No me dormí así nomás. No es fácil dormir cuando la idea fija. Y si el no incita a la violencia, el no porque no, directamente autoriza a desobedecer. Esperé una semana.

-Ma, hoy después de gimnasia voy a hacer el trabajo ese que te conté, no vengo a comer.

-¿Qué trabajo?

-El de Las venas abiertas… que pidió la Papaiani.

-¡Ah! ¿Y dónde vas?

-A la casa de Helga.  

Ella me había contado de qué se trataba la película en la hora de química, yo le conté Las venas abiertas de América Latina, y su mamá nos hizo milanesas entre atado y atado. Dimos play al video y vimos la película sin una sola pausa, sin decires, sin ganas de ir al baño, mudas. Después me fui. No comentamos, ni empezamos el trabajo práctico.  
Caminé las catorce cuadras que separaban la casa de Helga de mi casa para tener tiempo de respirar. No entendía. Me dolía el pecho. Estuve acongojada varios días. Quise conocer a Pablo, le escribí una carta, me imaginé ese lugar y esas situaciones durante meses, cada vez que cerraba los ojos para dormir. Después empecé a preguntar sobre el tema. El tema estaba desaparecido. No había muchos lugares para hablar, y yo no era la única que tenía preguntas para hacer. En la escuela siempre decían algo parecido: -”Esa fue una etapa dura de la historia, pero tenemos que seguir con lo nuestro...”. Y lo nuestro era un cuadro sinóptico de los presidentes argentinos hasta Perón, o un simulacro de las elecciones, con boletas de verdad y una caja de cartón, por si la democracia se iba antes de que nos tocara votar.
En casa tampoco. No vi ningún diario, no escuché ninguna historia. Nada. Nunca nada.
Cuando aparecieron los grafittis por las calles de Tablada, pregunté: ¿qué es eso de  la obediencia  debida y el punto final? La punta del iceberg se hundió otra vez entre palabras que evadían. Me convencieron de algo que no entendí muy bien y dejé de preguntar por otro rato largo. En mi familia la política se había reducido a un cuadro de Evita en la casa de mis abuelos, la estaban desapareciendo. 
Por esa época volvió a salir el boleto estudiantil. Ya estaba como en tercer año. Papaiani nos instó a sacarlo. –Es un derecho, dijo. Fui hasta la terminal del 49, saqué mi boleto secundario y me sentí bien, casi mejor que la primera vez que fui a votar. Entonces mi viejo abrió la boca. No sé a cuento de qué, pero dijo: -Yo no hablo porque sí, yo sé lo que era porque lo viví, estuve encerrado en la facultad por días, con el culo entre las manos, porque teníamos que hacer la revolución con ellos. Yo sé lo que es el miedo a que te lleven sin comerla ni beberla, porque se llevaban a cualquiera. ¡Pero ellos también se la buscaron! Venían a hablarnos de la revolución y nosotros sólo queríamos estudiar.

Y mientras él se debatía con el enojo y dejaba salir esas balas atragantadas con la ira tantos años, yo miraba cómo las gotas de saliva se le escapaban de la boca.


-Yo levantaba las paredes de esta casa, estudiaba y laburaba. Vos no habías cumplido cuatro años, no era joda, era salir pensando que por ahí no volvías. Escaparte de la facultad rompiendo una ventana sin saber qué te esperaba del otro lado.

Mi viejo se había transformado. Medio me asusté. La cara se le puso verde. Y el Falcon, pensaba yo. Y quería que mi viejo hubiera ayudado a salvar a alguno, que haya tenido que exiliarse como el padre de Silvina, o algo así, no sé. Pero mi viejo había tenido miedo y me estaba diciendo en plena democracia que no anote el teléfono de ningún desconocido en mi agenda.

14.5.10

Otra vez oigo voces, 14 de mayo de 1910


A veces así, de la nada aparecés.
Como si nada, no, me das vuelta la cabeza.

Y ni sos, ni estás acá siquiera,
y me partís a la mitad las decisiones esas.

Me lo desordenás, todo, a la distancia,
como si un fantasma sos, como si racia.

Y te compro la entrada del cine, 
y apoyo la mano en tu butaca.

Solos los dos, a oscuras, 
tu fantasma y yo sin más que nada.

Y los caramelos de miel derretida en mi boca con tu nombre,
que no me nombra, ni, que no me nombre.

Cualquier desvío en la película se me hace atajo,
excusa para pensarte, tenerte tanto.

Para desear que si tu mano, para querer que si tu boca,
que si me respirás el aire, que si te miro entre las prosas.

Y me doy la carilina como si vos,
y te pregunto si apagaste tu teléfono.

Y te estoy por llamar, pero por qué,
si estás acá, con lo que queda de mi resto.

Salgo y el aire frío en las hojas, la vereda,
en mi cara de invierno deshojada.

Salgo y las luces del bondi de frente que me avanzan,
iguales a tus ojos, océanos de sal desalinada.

Y el pibe del puesto de diario que me indica la parada, 
con su tono de vos, con tu cuerda vocal desafinada.

Y el hambre y el olor a pizzería,
y Boquitas Pintadas en mi bolso por la espalda.

Como el día aquel que me dijiste que,
el botón que, la martingala.

7.5.10

Semanita, 6 de mayo de 1910


Ayer, hoy, esta semana,
fueron días sin, 
vuelo es poco, 
no sabría como 
definirlo,
me levanto, 
trabajo, 
se pelean, 
me exprimen, 
no hago otra cosa después de trabajar, 
me reseco, 
me acuesto cuando casi la mañana, 
me quedo dormida,
arranco mal, 
como mal, 
de nuevo casi no duermo, 
café, 
café, 
café, 
suspendo una salida al teatro
era invitación,
me duele la pansa, 
suspendo una clase, 
y otra, 
más, 
no me toman la baja del seguro, 
me corre otro mes, 
400$ a la basura,
llamadas, 
gasto, 
me cortan el teléfono x falta de pago, 
no escribo ni una linea, 
está nublado desde el martes, 
golosinas, 
muchas, 
a granel, 
y granos, 
muchos más 
que todavía no salen pero están, 
ahí, 
acumulando cosas que después, 
una tarde de estas, 
para afuera, 
con mi bronca, 
ah, 
ni suspiro, 
no.

antes