se puede enamorar así.
una.
de mañana cualquiera, no sé por qué a mí, me enamoré.
me duele la espalda de esta postura rígida, contra la pared, dije, y miré hacia arriba.
sentí el agua que me salpicaba, la portera, y monté en guardia.
estaba ahí, detrás del secador que nos iba y venía trayendo el piso.
un instante todo frenado, el aire que se aquietó, las gotas suspendidas esperando.
la portera maniquí, parada con las dos manos sobre el palo me lo escondía detrás, él.
un instante todo frenado, el aire que se aquietó, las gotas suspendidas esperando.
la portera maniquí, parada con las dos manos sobre el palo me lo escondía detrás, él.
le puse Erdosain. no era entero. tenía su cicatriz.
cortado a la derecha, como si le faltara un brazo, cabía entre su lindero y el marco de la puerta.
me lo habían lastimado al nacer.
toda su cara miraba de frente y el material a sus costados rebalsaba como sin.
no es cemento lo que nos une, es la pared,
fondo que de golpe costado y si seguimos un poco más, pared de enfrente.
uno al lado del otro parecemos soldados.
cortado a la derecha, como si le faltara un brazo, cabía entre su lindero y el marco de la puerta.
me lo habían lastimado al nacer.
toda su cara miraba de frente y el material a sus costados rebalsaba como sin.
no es cemento lo que nos une, es la pared,
fondo que de golpe costado y si seguimos un poco más, pared de enfrente.
uno al lado del otro parecemos soldados.
marchamos sin movernos, iguales a todos pero distintos, con agujeros y sin brazo derecho despertamos cada día, presos de esta realidad de suelo.
sosteniendo una fila enorme que descansa sobre sus hombros Erdosain se despereza.
como yo.
lo sé porque hago lo mismo: un breve movimiento de las aristas que se expanden hacia los costados y bostezan.
como yo.
lo sé porque hago lo mismo: un breve movimiento de las aristas que se expanden hacia los costados y bostezan.
nos veo parecidos.
la misma zona, la forma de las, el nombre que a veces, y los colores fríos.
cocidos en distintos fuegos de un mismo horno, sacados con palas de acero que nos aplastan después, somos raros.
él de un azulcito más oscuro.
yo tirando a celeste.
la misma zona, la forma de las, el nombre que a veces, y los colores fríos.
cocidos en distintos fuegos de un mismo horno, sacados con palas de acero que nos aplastan después, somos raros.
él de un azulcito más oscuro.
yo tirando a celeste.
-Cleo. ¿Por?
-Por nada. Yo Erdosain.
eso nos dijimos, después saltó lo de las partidas.
sin querer me perdí en el enriedo de la casualidad del nombre impuesto,
tan igual al nombre que yo le puse.
sin querer me perdí en el enriedo de la casualidad del nombre impuesto,
tan igual al nombre que yo le puse.
descarté la familiaridad, respiré, y le abrí la jaula a mis ojos.
se empacharon de tanto verlo.
Erdosain, pensaba a ratos.
suena como tintineo.
tenue.
se empacharon de tanto verlo.
Erdosain, pensaba a ratos.
suena como tintineo.
tenue.
aún con la luz apagada, por las noches, podía verlo.
desarrollé la imaginación al máximo.
podía soñar sus ángulos, mirarlo del revés, atravesar su materialidad
podía fulminar con el pensamiento a las hormigas que se le acercaban.
desarrollé la imaginación al máximo.
podía soñar sus ángulos, mirarlo del revés, atravesar su materialidad
podía fulminar con el pensamiento a las hormigas que se le acercaban.
por las mañanas, después de que la portera levantara las persianas, aparecía una florcita de azahar en mi parte del piso adelante.
me lo imaginé despegándose de la pared cuando la noche y nadie lo viera,
saltar la ventana, salir al jardín y mover el limonero.
le puse música de fondo,
cámara lenta.
me lo imaginé despegándose de la pared cuando la noche y nadie lo viera,
saltar la ventana, salir al jardín y mover el limonero.
le puse música de fondo,
cámara lenta.
me despegaba yo, después, y lo chocaba forzando la casualidad,
entre el marco de la ventana y el vidrio.
nos crecían bocas y podíamos besarnos.
lengua con lengua suave, mojada, él me comía,
como si chocolate primero, a mordiscones después.
fuerte suave con delicadeza, me derretía hasta que la mañana.
entre el marco de la ventana y el vidrio.
nos crecían bocas y podíamos besarnos.
lengua con lengua suave, mojada, él me comía,
como si chocolate primero, a mordiscones después.
fuerte suave con delicadeza, me derretía hasta que la mañana.
ruido de persiana que se sube.
la portera maniquí otra vez.
baño de agua fría para todos sin aviso.
desinfectante, trapo, y una especie de Pinolux para terminar.
así durante meses, años, mirándolo.
pocas veces con diálogos cortos, muchas con sueños de esos que nunca.
después, lo de siempre.
la compañía de demoliciones,
la bola enorme pegándole a la pared y el desmoronamiento.
punto.
la bola enorme pegándole a la pared y el desmoronamiento.
punto.