"tengo ganas de volar", me dice Malena, bajando de la tirolesa. tiene once, el pelo encima de las orejas, las piernas largas y puntiagudas. la miro y no creo que haya salido de mí. no puede ser hija mía, pienso. después caminamos hacia la cumbre del Cerro Bayo. unas cuantas curvas al rayo del sol. cuatro de la tarde en la Patagonia Argentina. el calor raja la tierra. nuestros pies levantan las cenizas que el volcán Puyehue desperdigó por todas partes. ahora está sedimentada en las zonas a las que no llegó la limpieza estatal. ayer se produjo el desprendimiento de una porción del Glaciar Perito Moreno. se adelantó siete años, le comento a E. ella no dice nada. caminamos un rato en silencio. me imagino un fin del mundo cercano. sed, calor, muerte de los árboles y los animales primero, de los hombres después. no cuento mi Apocalipsis para no parecer tremendista. al rato estamos transpirando. me saco el pañuelo gris del cuello —todavía no lo perdí, como lo voy a perder— y me lo ato en la cabeza a modo de turbante. después hacemos dedo. nos dividimos para que nos lleven los automovilistas más amables. llegamos a la base del Bayo y entro al baño. la aerosilla no está funcionando, ya cerró. en el espejo mi imagen vacacional se expande sin temores. me río mucho al verme. tengo unos aros enormes de color violeta, dos rodetes atados con una colitas rojas, a lunares, el pañuelo gris con borlas en la cabeza y unos anteojos de sol enormes. salgo y le digo al resto: "no me avisen que soy un cocoliche, ¿eh?". todos me miran y se ríen. nos reímos hasta no poder seguir hablando. me duele la panza de reírme. igual me dejo disfrazada lo que queda del viaje. vamos a la cascada del Río Bonito. el lugar es enorme pero los tábanos lo arruinan todo. son comparables a algunos pensamientos neuróticos. no me dejan sacar fotos, ni contemplar el paisaje. por alguna razón todos vienen a mí, como hace unos días, giran al rededor de mi cabeza en círculos concéntricos, me aturden. soy la carnada de los tábanos, pienso, pero no hay nadie que vaya a cazarlos. ellos aumentan el zumbido al rodearme. entonces me saco el trapo, desarmo el turbante, y comienzo a espantarlos con desesperación. más insisto, más insisten. vuelvo a la ruta, sola, esperando librarme de mis atacantes. los demás disfrutan de la vista infernal de esa cascada escondida, kilómetros abajo. una vez en el ripio no consigo sacarme a los tábanos de encima. desde la ventanilla baja de su camioneta, un chofer me dice: "no hacen nada, deje de espantarlos que es peor". intento hacerle caso al lugareño —seguro sabe más— pero yo leí que los tábanos pican, que hay 4500 especies distintas. me quedo quieta viéndolos pasar delante de mis ojos, posarse en mi pollera, en mi brazo sin mangas. espero que estos sean de una especie sin aguijón, pienso, y en ese mismo instante siento el pinchazo en la cabeza. pego un grito y me muevo como un látigo. sin dar aviso comienzo a descender. todo muy lindo.
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"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot
25.1.13
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