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"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot

12.2.14

Dos

Carpinterías es una aldea de montaña que hace unos diez años contaba con sólo quinientos sesenta habitantes y hoy casi llega a los mil ochocientos. La cabaña que alquilé es parte de una reserva natural emplazada en la montaña, rodeada de bosques autóctonos, y a la que accedí por la cuesta de Los Mandarinos, para mi suerte asfaltada.
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Hasta ahora no puedo dormir sin despertarme a mitad de la noche. El insomnio de las tres de la mañana, que arrastro de Buenos Aires, sigue perfectamente incólume. Escucho el ruido que produce el fluir del viento sobre marcos y ventanas, puertas, techos y cortinas. Los árboles se quiebran con el viento en un diálogo permanente con los búhos. Lo vemos a la mañana. Los bichos del monte aparecen estampados contra los vidrios de la cabaña. Las ventanas se parecen a la parrilla del auto después de una jornada de ruta. Extraño tener internet. Odio corregir al Word que automáticamente cambia mi tipeo y escribe la palabra con mayúscula. ¡Si me viera Castagnet!
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Soñé que el viento fuerte arrastraba el auto de alquiler hasta la cabaña y lo arruinaba por completo. Las dos primeras noches que dormí en el cerro me levanté a mirar que todo estuviera en orden. Bajé en ojotas y caminé en camiseta y bombacha por el interior de la cabaña hasta el escampado. Después de mojarme con la lluvia tuve frío y el peso de la frazada que agregué a la cama cuando volví, debe haber sido el causante de que, finalmente, me durmiera.

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