Carpinterías
es una aldea de montaña que hace unos diez años contaba con sólo quinientos
sesenta habitantes y hoy casi llega a los mil ochocientos. La cabaña que
alquilé es parte de una reserva natural emplazada en la montaña, rodeada de bosques
autóctonos, y a la que accedí por la cuesta de Los Mandarinos, para mi suerte
asfaltada.
***
Hasta
ahora no puedo dormir sin despertarme a mitad de la noche. El insomnio de las
tres de la mañana, que arrastro de Buenos Aires, sigue perfectamente incólume.
Escucho el ruido que produce el fluir del viento sobre marcos y ventanas,
puertas, techos y cortinas. Los árboles se quiebran con el viento en un diálogo
permanente con los búhos. Lo vemos a la mañana. Los bichos del monte aparecen
estampados contra los vidrios de la cabaña. Las ventanas se parecen a la
parrilla del auto después de una jornada de ruta. Extraño tener internet. Odio
corregir al Word que automáticamente
cambia mi tipeo y escribe la palabra con mayúscula. ¡Si me viera Castagnet!
***
Soñé
que el viento fuerte arrastraba el auto de alquiler hasta la cabaña y lo
arruinaba por completo. Las dos primeras noches que dormí en el cerro me
levanté a mirar que todo estuviera en orden. Bajé en ojotas y caminé en
camiseta y bombacha por el interior de la cabaña hasta el escampado. Después de
mojarme con la lluvia tuve frío y el peso de la frazada que agregué a la cama
cuando volví, debe haber sido el causante de que, finalmente, me durmiera.
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