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"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot

16.2.14

Siete

Sigue el viento, no se detiene el viento en Carpinterías. ¿Será el viento a favor que pedí días atrás?  La ventana de mi baño goza del nido de un hornero. Por las noches la escucho gemir. De día sigo leyendo Irrupciones de Levrero. Los chicos juegan al TEG. Llueve cada hora un poco más. Tengo la computadora encendida y voy tomando notas de los pensamientos que me surgen y espero desarrollar después. De pronto, con la fuerza de un cachetazo, me cruza la cara una idea de Mario que considero imprescindible. Voy a Facebook y la transcribo.

"Fuera de ese mundo que nos hemos creado para poder vivir, se halla el mundo real, incognoscible; el mundo que no era para nosotros". #Irrupción3 ML.

Levrero escribe en 1996 lo que yo estaba pensando ayer. Tal vez me lo haya soplado el libro, o el hornero del nido en la ventana de mi pieza. Tal vez la idea pasó del libro, apoyado en mi mesa de luz, a las imágenes de mis sueños, o mientras dormía haya podido escuchar las frases que Levrero le rezaba a Canal en sus discursos amorosos. No lo sé.

A diecisiete personas les gusta la frase que transcribo en mi muro. G, ex compañero de trabajo, escribe su comentario al pie de la cita. “Venía bien hasta que canchereó con la palabra incognoscible”. 

No me banco que un publicitario justamente un publicitariovenga a decir a mi muro qué es canchero y que no lo es, dónde se equivoca Levrero, hasta donde “venía bien”. ¿Acaso está insinuando que a partir de un punto lo escrito está mal? ¿Sabrá el significado de “incognocible” o juzga “error” lo que desconoce? Puedo leer los pensamientos de un pibe como G. Conozco bien de cerca a los “creativos publicitarios”. Hombres resentidos de zapatillas Nike y gorra en la cabeza, pequeños analfabetos formados en un oficio sencillo y exclusivo, rodeados de la fama de otros tiempos, eternos admiradores del éxito ajeno que enseguida ganan dinero, y con el dinero status y seguridad; pequeños analfabetos insistoque jamás leyeron al autor del que opinan, que levantan un cuento clásico y lo disfrazan de “comercial”, le ponen un producto atrás, le inventan un mito de creación que nunca fue.

"Incognoscible" según mi forma de ver es la palabra justa para explicar esa idea, G. No creo que haya algún sinónimo mejor, ni que ese uso certero del lenguaje sea "cancherear", no en este caso, no habiendo leído el texto completo y no, tampoco, pensando en el lector a quién se dirige la columna (Revista Postdata, 1996) Obviamente mi respuesta queda flotando en el aire como un grito mudo.

Por la tarde, cuando deja de llover, dejo a los chicos jugando al metegol y subo la sierra hasta el arroyo escondido. Lo hago a paso firme y sintiendo el tirón de los músculos de las piernas. Llevo el libro abierto, entre las manos, y encuentro esta nueva cita que le abriría el orto al medio a cualquier publicitario. La señalo con lápiz y doblo la parte superior de la página. Vuelvo a pensar que el oficio de escribir, entendido como lo entiende Levrero, dejaría pequeño e inseguro a cualquier publicitario analfabeto, navegando adentro de sus zapatillas Nike y su abultado sueldo de oficinista de lujo. Ese texto, si alguna vez accedieran a él como corresponde, le gritaría silenciosamente “analfabetos” a todos los publicitarios del mundo. "Lean analfabetos", les gritaría en el oído “lean que les hace bien, aprendan a leer”. Lean y cierren el orto, agregaría yo, cósanse el ano de la cara antes de volver a pronunciar una sola palabra sobre un grande que ni siquiera tienen la dignidad de conocer.

Transcribo la frase que revela por qué un adjetivo no es cualquier otro adjetivo en la obra de Levrero, por qué G sólo puede dedicarse a pensar slogans o a agrandar y achicar un logotipo, según el gusto del cliente.

“Quiero aflojar un momento la tensión de estar buscando la palabra justa, no exacta pero justa, esa despiadada desviación casi diría profesional, si lo mío fuera una profesión; la palabra justa y la coherencia del discurso, un conjunto armonioso que el lector debe recibir sin darse cuenta del esfuerzo que lo sustenta. Estoy tratando de escribir mal, de permitirme incoherencias y faltas de ortografía, pero solo he conseguido torpezas del tipiado que me he apresurado a corregir, porque no es lo que pretendía. No consigo ser incoherente, y este mal es mucho más grave de lo que se piensa”. (Mario Levrero #Irrupcion23)


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