Sigue
el viento, no se detiene el viento en Carpinterías. ¿Será el viento a favor que
pedí días atrás? La ventana de mi
baño goza del nido de un hornero. Por las noches la escucho gemir. De día sigo
leyendo Irrupciones de Levrero. Los
chicos juegan al TEG. Llueve cada hora un poco más. Tengo la computadora
encendida y voy tomando notas de los pensamientos que me surgen y espero
desarrollar después. De pronto, con la fuerza de un cachetazo, me cruza la cara
una idea de Mario que considero imprescindible. Voy a Facebook y la transcribo.
"Fuera de ese
mundo que nos hemos creado para poder vivir, se halla el mundo real, incognoscible;
el mundo que no era para nosotros". #Irrupción3 ML.
Levrero escribe en 1996 lo que yo estaba pensando ayer. Tal vez
me lo haya soplado el libro, o el hornero del nido en la ventana de mi pieza.
Tal vez la idea pasó del libro, apoyado en mi mesa de luz, a las imágenes de
mis sueños, o mientras dormía haya podido escuchar las frases que Levrero le rezaba
a Canal en sus discursos amorosos. No lo sé.
A diecisiete personas les gusta la frase que transcribo en mi
muro. G, ex compañero de trabajo, escribe su comentario al pie de la cita. “Venía bien hasta que canchereó con la palabra incognoscible”.
No
me banco que un publicitario ⎯justamente un publicitario⎯ venga a decir a mi muro qué es canchero y que no lo es, dónde se
equivoca Levrero, hasta donde “venía bien”. ¿Acaso está insinuando que a
partir de un punto lo escrito está mal? ¿Sabrá el significado de “incognocible”
o juzga “error” lo que desconoce? Puedo leer los pensamientos de un pibe como
G. Conozco bien de cerca a los “creativos publicitarios”. Hombres resentidos de
zapatillas Nike y gorra en la cabeza, pequeños analfabetos formados en un
oficio sencillo y exclusivo, rodeados de la fama de otros tiempos, eternos
admiradores del éxito ajeno que enseguida ganan dinero, y con el dinero status
y seguridad; pequeños analfabetos ⎯insisto⎯ que jamás leyeron al autor del que opinan, que levantan un
cuento clásico y lo disfrazan de “comercial”, le ponen un producto atrás, le
inventan un mito de creación que nunca fue.
"Incognoscible" ⎯según mi forma de ver⎯ es la palabra justa para explicar esa idea, G. No creo que haya
algún sinónimo mejor, ni que ese uso certero del lenguaje sea
"cancherear", no en este caso, no habiendo leído el texto completo y
no, tampoco, pensando en el lector a quién se dirige la columna (Revista
Postdata, 1996) Obviamente mi respuesta queda flotando en el aire como un grito
mudo.
Por la tarde, cuando deja de llover, dejo a los chicos jugando al metegol y subo la sierra hasta el
arroyo escondido. Lo hago a paso firme y sintiendo el tirón de los músculos de las
piernas. Llevo el libro abierto, entre las manos, y encuentro esta nueva cita
que le abriría el orto al medio a cualquier publicitario. La señalo con lápiz y
doblo la parte superior de la página. Vuelvo a pensar que el oficio de escribir,
entendido como lo entiende Levrero, dejaría pequeño e inseguro a cualquier
publicitario analfabeto, navegando adentro de sus zapatillas Nike y su abultado
sueldo de oficinista de lujo. Ese texto, si alguna vez accedieran a él como corresponde, le gritaría silenciosamente “analfabetos” a todos los publicitarios del mundo. "Lean analfabetos", les gritaría en el oído “lean
que les hace bien, aprendan a leer”. Lean y cierren el orto, agregaría yo, cósanse
el ano de la cara antes de volver a pronunciar una sola palabra sobre un grande que
ni siquiera tienen la dignidad de conocer.
Transcribo la frase que revela por qué un adjetivo no es
cualquier otro adjetivo en la obra de Levrero, por qué G sólo puede dedicarse a
pensar slogans o a agrandar y achicar un logotipo, según el gusto del cliente.
“Quiero aflojar un momento la tensión de estar buscando la
palabra justa, no exacta pero justa, esa despiadada desviación casi diría
profesional, si lo mío fuera una profesión; la palabra justa y la coherencia
del discurso, un conjunto armonioso que el lector debe recibir sin darse cuenta
del esfuerzo que lo sustenta. Estoy tratando de escribir mal, de permitirme
incoherencias y faltas de ortografía, pero solo he conseguido torpezas del
tipiado que me he apresurado a corregir, porque no es lo que pretendía. No
consigo ser incoherente, y este mal es mucho más grave de lo que se piensa”.
(Mario Levrero #Irrupcion23)
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