Me hago unir a vos por cualquier cosa. En pocos años me volví experta. Invento links de explicaciones. Le pongo sentido a mi intuición. Deliro. Tiro hilos invisibles. Y cuando todos duermen sueño los lugares donde estás. Me alejo y me acerco como las luces en la ruta. Me alejo y me acerco cuando llueve. ¿Querés que le cantemos al camión volcado? Puedo intentarlo cuando te extraño. De día, en la ducha, le canto a las hojas del otoño, pero puedo disfrazarme si querés. Tocar un piano de acero que suene a guerras perdidas. Puedo esperar sentada en el cordón de la vereda porque no tengo otro mapa a donde ir. Me dibujo recorridos y me invento pasados, pero estoy frenada acá, sin foco, como la ruedita que gira en falso cuando se cae internet.
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"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot
29.5.15
23.5.15
Las vestiduras peligrosas, Silvina Ocampo
Lloro como una Magdalena cuando pienso en la Artemia, que era la
sabiduría en persona cuando charlábamos. Podía ser buenísima, pero hay
bondades que matan, como decía mi tía Lucy. Lo peor es que por más que trate,
no puedo describirla sin quitarle algo de su gracia.
Me decía:
—Piluca, haceme un vestido peligroso.
Era ociosa y dicen que la ociosidad es madre de todos los vicios. A pesar de
eso, hacía cada dibujo que lo dejaba a uno bizco. Caras que parecía que
hablaban, sin contar cualquier perfil del lado derecho que es tan difícil; paisaje
con fogatas que daba miedo que incendiaran la casa cuando uno los miraba. Pero
lo que hacía mejor era dibujar vestidos. Yo tenía que copiarlos después, esa era
la macana, porque la niña vivía para estar bien vestida y arreglada. La vida se
resumía para ella en vestirse y perfumarse; en seguida me decía chau y ni un
lebrel la alcanzaba. Cuántas personas menos buenas que ella hay en el mundo
que están todo el día en la iglesia rezando.
Yo había trabajado de pantalonera antes de conocerla y no de modista
como le dije, de modo que estaba en ascuas cada vez que tenía que hacerle un
vestido.
Perdí mi empleo de pantalonera, porque no tuve paciencia con un cliente
asqueroso al que le probé un pantalón. Resulta que el pantalón era largo de tiro
y había que prender con alfileres, sobre el cliente, el género que sobraba. Siendo
poco delicado para una niña de veinte años manipular el género del pantalón en
la entrepierna para poner los alfileres, me puse nerviosa. El bigotudo, porque era
un bigotudo, frente al espejo miraba su bragueta y sonreía. Cuando coloqué los
alfileres, la primera vez me dijo:
—Tome un poco más, vamos —con aire puerco.
Le obedecí y volvió a decirme con el mismo tono, riéndose:
—Un poco más, niña, ¿no ve que me sobra género?.
Mientras hablaba, se le formó una protuberancia que estorbaba el manejo
de los alfileres. Entonces, de rabia, agarré la almohadilla y se la tiré por la cara.
La patrona no me lo perdonó y me despidió en el acto diciendo que yo era una
mal pensada y que la protuberancia se debía al pantalón que estaba mal cortado.
Soy una mujer seria y siempre lo fui. La señorita Artemia me tomó por el
diario. Acudí a su casa con la cédula. En seguida simpatizamos y le dije que me
llamara por el sobrenombre, que es Piluca, y no por el nombre, que es Régula.
Iba a su casa tres veces por semana, para coser. Siempre me invitaba a
tomar un cafecito o una tacita de té, con medias lunas. Yo perdía horas de
trabajo. ¿Qué más quería?. Si yo hubiera sido una cualquiera, qué más quería;
pero siendo como soy me daba no sé qué. A pesar de la repugnancia que siento
por algunas ricachonas, ella nunca me impresionó mal. Dicen que estaba
enamorada. Sobre su mesa de luz, pegada al velador, tenía una fotografía del
novio que era un mocoso. Tenía que serlo para dejarla salir con semejantes
vestidos. Pronto me di cuenta de que ese mocoso la había abandonado, porque
los novios vienen siempre de visita y él nunca. El amor es ciego. Le tomé cariño
y bueno, ¿qué hay de malo?.
Un enorme ventanal ofrecía el cielo a mis ojos, una regia máquina de coser
eléctrica estaba a mi disposición, un maniquí rosado traído de París, que daba
ganas de comerlo, una tijera grandota, que parecía de plata, un millón de
carreteles de sedalina de todos colores, agujas preciosas, alfileres importados,
centímetros que eran un amor, brillaban en el cuarto de costura. Una habitación
23
con sus utensilios de trabajo no parece nada, pero es todo en la vida de una
mujer honrada.
Hay bondades que matan, como dije anteriormente; son como una pistola
al pecho, para obligarle a uno a hacer lo que no quiere.
—Piluca, hágame este vestido para mañana. Piluquita, aquí está el género y
el modelo —rogaba la Artemia—.
—Pero niña, no tengo tiempo.
—Yo sé que lo vas a hacer en un cerrar y abrir de ojos.
—Manos a la obra —yo exclamaba sin saber por qué, y me ponía a
trabajar—. Me tenía dominada. A veces yo trabajaba hasta las cinco de la
mañana, con los ojos desteñidos por la luz, para concluir pronto. El lirio de la
Patagonia me ayudaba. Llevaba siempre su estampita en mi bolsillo.
La señorita Artemia era perezosa. No es mal que lo sea el que puede, pero
dicen que la ociosidad es madre de todos los vicios y a mí me atemorizan los
vicios. Sin embargo, para algo no era perezosa. Dibujaba, de su idea propia, sus
vestidos, ya lo dije, para que yo se los copiara. No crean que esto era fácil. Con
un molde, yo cortaba cualquier vestido; pero sacar de un dibujo el vestido, es
harina de otro costal. Lloré gotas de sangre. Ahí empezó mi desventura. Los
vestidos eran por demás extravagantes. A veces ella misma pintaba las telas,
que en general eran livianas y rosadas. El jumper de terciopelo, el único de
terciopelo que le hice, tenía un gran escote por donde me explicó que se
asomaría una blusa de organza, que cubriría sus pechos. Varias veces le recordé,
después de terminarle el jumper, que tenía que comprar la organza, para hacerle
la blusa. El día que se le antojó estrenar el jumper, no estaba hecha la blusa:
resolvió, contra viento y marea, ponérselo. Parecía una reina, si no hubiera sido
por los pechos, que con pezón y todo se veían como en una compotera, dentro
del escote. Mama mía. La acompañé hasta la puerta de calle y después hasta la
plaza. Allí me despedí de ella. No pude menos que admirar la silueta envuelta en
el hermoso forro negro de terciopelo que a regañadientes yo le había cortado y
cosido. Qué extravagancia. Al día siguiente, cuando la vi, estaba demacrada.
Tomó el diario bruscamente y me leyó una noticia de Budapest, llorando. Una
muchacha había sido violada por una patota de jóvenes que la dejaron
inanimada, tendida y desgarrada en el suelo. La muchacha llevaba puesto un
jumper de terciopelo, con un escote provocativo, que dejaba sus pechos
enteramente descubiertos. La Artemia lloraba como si se hubiera tratado de una
parienta o de una amiguita o de su madre. Yo le pregunté por qué lloraba: qué
podía importarle de una muchacha de Budapest que no había conocido. ¡Qué
sensibilidad!.
—Debió de sucederme a mí —me contestó, enjugándose las lágrimas—.
—Pero niña, está bien que sea buena —le dije— pero no hasta el punto de
querer sacrificarse por la humanidad.
—Es horrible que esto haya pasado. Comprenda que es mi jumper el que
llevaba esa mujer. El jumper que yo dibujé, el que me quedaba bien a mí.
No comprendí. Me ruboricé y sin decirle nada salí del cuarto, para tomar
una tacita de tilo.
Al día siguiente volvió con el dibujo de un vestido no menos extravagante,
para que se lo copiara. Fruncí el ceño y exclamé involuntariamente:
—¡Dios mío! ¡Virgen Santísima!.
—¿Qué tiene de malo? —me dijo fulminándome con la mirada. Y como yo
no contestaba, prosiguió: —¿Para qué tenemos un hermoso cuerpo? ¿No es para
mostrarlo, acaso?—.
24
Le dije que tenía razón, aunque no lo pensara, porque soy educada muy a
la antigua y antes de ponerme un vestido transparente, con todo al aire, me
muero.
—Usted es una santulona, pero no hay derecho de imponerle sus ideas a los
demás.
—Fui educada así y ya es tarde para cambiarme.
—Yo me eduqué a mí misma y no es tarde para cambiarme, pero no voy a
cambiar. Ayúdeme, entonces —me dijo—.
El vestido que había dibujado era más indecente que el anterior. Era todo
de gasa negra, con pinturas hechas a mano: pinturas muy delicadas, que
parecían reales, como el fuego de las fogatas y los perfiles. Las pinturas
representaban sólo manos y pies perfectamente dibujados y en diferentes
posturas; manos con anillos y sin anillos. Al menor movimiento de la gasa, las
manos y los pies parecían acariciar el aire. Cuando terminé el vestido y se lo
probó me ruboricé. La Artemia se complacía frente al espejo, viendo el
movimiento de las manos pintadas sobre su cuerpo, que se transparentaba a
través de la gasa. Le pregunté:
—¿Cómo le hago el viso?.
—Su abuela —me contestó—. ¿No sabe que se usa sin viso?. Usted, vieja,
está muy anticuada.
Esa noche salió a las dos de la mañana. Como era el mes de enero y hacía
calor, no se puso un abrigo ni un chal para cubrirse. Con temor la vi alejarse y
no dormí en toda la santa noche.
Al día siguiente la encontré malhumorada, frente al desayuno. Tomó el
diario en una mano, mientras con la otra bebía el café con leche. Me leyó una
noticia: en Tokio, en un suburbio, una patota de jóvenes había violado a una
muchacha a las tres de la mañana. El vestido provocativo que la muchacha
llevaba era transparente y con manos y pies pintados.
La Artemia se echó a llorar y yo traté de consolarla.
—No puedo hacer nada en el mundo sin que otras mujeres me copien —
exclamó sacudiendo la cabeza—.
—Pero, niña, no diga esas cosas.
—Son unas copionas. Y las copionas son las que tienen éxito.
—¿Qué éxito es ése?. No es nada de envidiar.
—No me entiende, Régula.
—Llámeme Piluca y no se enoje.
El siguiente vestido me sacó canas verdes. Era de tul azul, con pinturas de
color de carne, que representaban figuras de hombres y mujeres desnudos. Al
moverse todos esos cuerpos, representaban una orgía que ni en el cine se habrá
visto. Yo, Régula Portinari, metida en ésas; no parecía posible.
Durante una semana cosí temblando la túnica pintada con lúbricas
imágenes, pero no sabía los efectos que sobre el cuerpo de la Artemia podían
producir.
Rebajé cinco kilos cosiendo ese dichoso vestido; rompí varias agujas de
puro nerviosa. Aquel cuarto de costura era un tendal de géneros mal
aprovechados. Senos, piernas, brazos, cuellos de tul, llenaban el piso.
Felizmente la noche del estreno del vestido hubo un apagón en la cuadra y
nadie vio salir a la Artemia de casa, cubierta de esa orgía de cuerpos que se
agitaban al menor movimiento. Le previne:
25
—Va a tener frío, niña. Lleve un abrigo.
—Qué frío puedo tener en el auto con calefacción.
Era pleno invierno, pero la niña no sentía frío.
Al día siguiente, nada nuevo auguraba su rostro. Otra vez leyendo el diario,
sorprendió una noticia que la impresionó a tal punto que tuve que prepararle una
taza de tilo. En Oklahoma, una muchacha salió a la calle con un vestido tan
indecente, que la ciudad entera la repudió y un grupo de jóvenes, para ultrajarla,
la violó. El vestido era de tul y llevaba pintados cuerpos desnudos que en el
movimiento parecían abrazarse lúbricamente. Me dio pena y horror la
perversidad del mundo.
Aconsejé a la Artemia que se vistiera con pantalón oscuro y camisa de
hombre. Una vestimenta sobria, que nadie podía copiarle, porque todas las
jóvenes la llevaban.
En mala hora me escuchó. Con suma facilidad y rapidez le hice el pantalón
y una camisa a cuadros, que corté y cosí en dos patadas. Verla así, vestida de
muchachito, me encantó, porque con esa figurita ¿a quién no le queda bien el
pantalón?.
Cuando salió de casa me abrazó como nunca lo había hecho. Tal vez pensó
que no volvería a verme. Cuando fui a mi trabajo, a la mañana siguiente, un
coche patrullero de la policía estaba estacionado frente a la puerta. Ese silencio,
esa luz cruel de la mañana, me anunciaron algo horrible que después supe y leí
en los diarios:
Una patota de jóvenes amorales violaron a la Artemia a las tres de la
mañana en una calle oscura y después la acuchillaron por tramposa.
19.5.15
15.5.15
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