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"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot

7.11.11

un nido de cartones y una rata

el lunes 7 de noviembre
entró un ranking nuevo a
los días a veces que
no sabés
que la lista es tan larga
hay rankings de todas las cosas
de la pelotudez humana
la disolución
el ranking del sorete
más grande
       mejor cagado
días que se cumplen las
predicciones del inconsciente
2011 brillaba
demasiado para que
la cueva opaca del topo
rascando tuberías en el barro
no todos pueden arrastrarse
socavar así.

El demonio es magnífico

Cuando cumplí dieciocho mi hermano tenía quince.
Yo era Fito Páez, Fabi Cantilo, Charly García. 
Él era Poison, Kiss, Deep Purple. 
Eran años de escuchar cassettes en reversa para adivinar mensajes satánicos, o de rebobinar con la Bic las cintas que enganchaba el grabador.
Todos los sábados íbamos a la parroquia juntos. 
Militábamos en la Acción católica, en grupos separados por sexos.
Una tarde él estaba solo en casa y yo llegué de la escuela. 
Entré, y se nota que no me escuchó, porque no vino a saludarme. 
Yo lo vi sentado en su pieza, supuse que haría la tarea, o algún trabajo para taller. 
Manía de adolescente, prendí unas velitas en el comedor y fui al galpón a buscar hojas de carpeta. 
En las familias numerosas se estilaba comprar todo al por mayor. 
Se nota que mi hermano no escuchó que había llegado, y de pasada al baño se asomó. 
Le extrañó ver las velas encendidas arriba de la mesa. 
Miró hacia todos lados y medio cagado las apagó. 
Yo lo vi atrás de la cortina de tiras, cuando volvía del patio. 
Me quedé afuera espiándolo.
Serían las tres de la tarde de un día caluroso y con vientito. 
Por alguna razón me dieron ganas de hacerle una joda. 
No le dije que estaba y lo dejé volver a su cuarto. 
Entonces entré, agarré de nuevo los fósforos y prendí las velas aromáticas por segunda vez. 
Antes de salir al patio tiré una silla al piso. 
Sobresaltado por el ruido Esteban volvió al comedor.
-La concha de la lora velas de mierda –gritó– y le pegó dos piñas a la puerta.
Cuando recapacitó miró a ver si había alguien. 
La casa estaba en silencio. 
Mientras salía hacia el patio tiró piñas y patadas a todo lo que tenía cerca. 
Entonces me vio, doblada en dos, cagándome de risa.
-Pelotuda que sos, nena -me dijo- ¿te creés graciosa?
-No –le contesté -eso te pasa por tanto anticristo.

antes