Me desperté llorando. No había sonado el despertador. Entreabrí los ojos y me senté en la cama. Estaba toda mojada. No veía nada. Tanteé la almohada y la remera con la que dormía hace unos meses. Húmedas también. Buen motivo para ponerlas a lavar cuando vuelva la luz. Soñé algo con escaleras. Sí. No me acuerdo más. Me acosté de nuevo y me sequé las lágrimas. Mi despertador es eléctrico. No veo la hora. Escucho el subir y bajar del ascensor. Y eso arranca como a las seis. Ya deben ser las seis. Lomas del Mirador no tiene edificios, salvo el que linda con la pared de mi cuarto. Alguien pensó que este barrio iba a ser más grande, dice mi viejo cuando habla de ese edificio que se quedó solo y olvidado a cuatro cuadras de Avenida San Martín, un poco antes del Monte Dorrego. Pero no. Las seis no son porque ahora oigo más voces y más abrires y cerrares de la puerta metálica.
Pese a la humedad que me dejó este maldito sueño pesadilla algo me retiene en el colchón. No puedo levantarme. Una parte de mí que es minoría insita al resto de mi cuerpo a entrar en movimiento. ¡Vamos!, arenga. Pero el resto no acusa recibo. Sobre todo las piernas.
Me estiro como intentando colaborar. Bostezo. En eso escucho a mi vieja. Se levantó. Oigo sus pasos. Nunca lo hace antes que yo. Y menos si no hay luz y es tan temprano. Raro todo.
Miro la perciana. Por ahí debería entrar luz porque no cierra bien. Pero nada se filtra por la hendija. Si no amaneció deben ser menos de las seis. Estamos en septiembre de 1999. Falta poco para el año 2000. Las computadoras van a desactivarse, internet se va a desconfigurar, los bancos van a quebrar… Tal vez cuando mis abuelos hablaban del fin del mundo se estaban refiriendo a esto. ¡Qué boluda! ¿Me volví a dormir? Ah, no, sólo pensaba. Me colgué pensando. Aunque debería quedarme dormida. No creo que haya mejor plan. Sin embargo no puedo. Estaré exitada, o ansiosa, o algo. Es extraño que me haya desvelado así otra vez. Entra mi vieja.
¿Y, Leticia?, me pregunta antes de pegar un grito soberano que termina por despertar de un santiamén a mis partes cansinas. Sin querer estoy sentada de nuevo en la cama.
-¿Hija qué paso?!!!
-No veo.
-¿Hija estás bien?, ¿quién te hizo eso en la cara? ¡¡¡Por Dios y la Virgen Santísima!!!
Tardé en entender lo que mi mamá trataba de explicarme. No se trataba de un corte de luz. El tema era serio en serio.
-Es un milagro, me decía.
Pensé que mi vieja se había golpeado la cabeza en la oscuridad. Parecía estar delirando, ¿o es que me dormí de nuevo? No. Me pellizqué. Después me pasé las manos por debajo de los ojos. Tenía miedo. Despegué los labios de mi boca y acerqué un dedo en cámara lenta. Cerré los labios atrapando la yema de mi dedo y la punta de mi lengua tomó contacto con una lágrima. No estaba salada. ¡Si pudiera ver! Mi vieja ya no hablaba más. Sólo emitía un sonido corto, como silbidito de espasmo sollozo. Dejé de pensar en ella. Nada me importaba más que el sabor a sangre de mis lágrimas. Recogí una lágrima más. Era gordita y ya casi estaba llegándome al mentón después de un lento recorrido por la mejilla. La puse en la yema de mi dedo y la llevé a mi boca. Sentí el sabor de mi propia lágrima de sangre. Fue agradable.
A las seis de la tarde supe que no se trataba de un corte de luz y que la única que no veía era yo. Alguien dijo que mi vieja estaba en observaciones en la salita de primeros auxilios de Sargento Cabral.
Mientras tanto un desfile de vecinas abandonaba la hora de piedad para venir a verme. Trajeron velas y flores, hablaban del mensaje de la virgen y buscaban entre mis libros y carpetas del colegio la carta con los mensajes de “la desatanudos”. Luego empezaron a balbucear el rosario. Unas en italiano y otras en español antiguo. Quien te dice, me acuerdo que pensé, por ahí si el emisario del papa no puede venir a mi casa me suben a un avión y me mandan a Roma. Lástima no poder ver el techo de la Capilla Sixtina.
En ese mismísimo momento, justo cuando me lamentaba de mi ceguera, se hizo la luz. Como resucitando me senté en la cama y pedí con fuerza que todo fuera un sueño. Despegué los párpados y vi todo con absoluta claridad, menos, las señoras con sus velas y sus flores. La humedad seguía en las sábanas igual que la sangre, desparramada. Me llevé las dos manos a los ojos, me resfregué y pude verme las yemas. Había llorado. Sí. Pero lágrimas de las de siempre.
Parece que cuando me viene me pongo sencible hasta cuando duermo.