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"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot

3.4.10

22 de Julio de 2009



Mi obsesión por los libros crece de manera desmedida. No sé por qué. Un poco me divierte leer. Pero quizá otra cosa. Escupir alguna cita inteligente me hace sentir segura. Paso buena parte de mis días entre líneas o pensando en ellas. Doy vuelta las frases mientras otras cosas. Las acomodo más que a mi cama. Las limpio. Las estoy podando. 


Cuando me despierto veo qué leer. Desayuno, ensucio las páginas de turno con gotas de mermelada y empiezo a medir los viajes en párrafos. También desarrollé una técnica para leer mientras camino. Pongo los ojos sobre las letras, abriéndolos un poco de más, y miro el suelo por los bordes laterales. Lo que observa el rabillo es buena información si hay que pasar un bache. El resto imaginación. Sé que en las esquinas aumenta el ruido de motores y bocinas, entonces me anticipo, dibujo el cordón de la vereda en mi cabeza y camino de memoria. Tengo un back up de motivos floreados para ponerle a las baldosas y una amplia gama de colores para ir variando. A veces puedo adivinar el amarillo de los semáforos, o las espaldas de los que esperan para cruzar. Otras, aprovecho un punto y aparte para levantar los ojos y echar un vistazo. El secreto es dejar el pulgar atado al lugar de la pausa y recordar la última frase.


Los días bajo cero son ideales para leer. Hoy es un día ideal. Las ráfagas húmedas de esta mañana sin lluvia me acarician en cuanto salgo, apenas saco la llave de la cerradura. Medrano, Guardia Vieja, El Banderín. Cortado en jarrito, Página 12, la radio. Después la vuelta y antes del subte: “El Globo Rojo”. Estoy llegando tarde clavada en la vidriera. No hay faldas, ni hebillas de flores. Sólo unos títulos que se dejan leer detrás de otros, quietos, de pie delante de ellos. Todos pidiendo ser el próximo. Dándome motivos irresistibles. Chocolates.


Lapsus de por medio, entro y “hola”. Me dirijo al pequeño sector de los textos dramáticos. El olor de las librerías de viejo se me cuela por los poros y me embriaga. Me pasa desde la adolescencia. Siento como un dulce mareo agradable, parecido a la atmósfera de este reducto. Ahora nada me importa más que aspirar el olor a pasado impreso. Y soy tos. Carne viva en la garganta. Polvo que picazón. Un ahogo que precede al ataque de asma. Mi cerebro aprendió a controlarlo. Primero no puede, porque está distraído entre las C de los lomos de Chejov. Entonces la espesura amarillenta de una flema sube casi hasta la campanilla. Cerebro ordena el retroceso y así la lucha hasta que atrás. Degluto y venzo el ataque presente que el pasado endeble.
Gabriela me ofrece el catálogo renovado y me da un ejemplar de Las Flores del Mal.


-Baudelaire, me dice. 

La tapa tiene un color amarillo bastante más amarillo que el de las hojas blandas que protege. Entonces tomo contacto con él. Lo toco, lo recorro, lo observo con detenimiento. Un nombre en la primera página. Un hombre. Podría ser cualquier otro, o no. Busco conexiones. Lo huelo. Lo devuelvo.


-No, es un regalo.
 

Mueca de sonrisa apenas. No lo meto en la mochila, voy a llevarlo puesto. Salgo sin dar las gracias. Lo hace porque me quiere fiel a su librería de usados. 

Pienso que en casa debo tener el valor de un auto en libros. No sé qué tan importante es calcular eso. Un libro por hombre con el que tuve ganas de coger pero no. Otra cuenta estúpida. Mejor un día voy a poner una biblioteca en Almagro. 


De camino al subte un nene me pide plata, un viejo revuelve la basura, y una señora agrega desperdicios en la misma bolsa. Los miro. La imagen de la piel de pollo crudo no me genera la arcada que en otras épocas. El olor a podrido me sigue una media cuadra, hasta la esquina de Corrientes. Un grupo de señoras pide su desayuno tardío en Gildo`s. Eso sí me repugna. Mucho dorado, mucho marrón. El color bordó en las cabezas infladas.

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