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"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot

20.3.10

30 de septiembre de 1993


El café con leche a las cinco de la mañana me cae mal. Mi papá se esmera al prepararlo, pero igual. No puedo tragarlo. Entredormida tanteo las prendas que dejé dobladas anoche. Cecilia se queja de los micro-movimientos de mi cuerpo, que igual choca contra algún mueble en la oscuridad del cuarto. Los demás ni se mosquean. Reina un silencio entre pesado y pasmoso. Salgo. Unos libros, la carpeta, el walkman. 

La mochila pesa cada vez más. En un par de pasos estoy frente a la reja marrón que salto de una zancada por no correr el pasador. Me pensé que la facultad era más fácil, pensé, y le sonreí a mi viejo que ahora salía detrás de mí cada mañana, para quedarse tranquilo viéndome subir al colectivo.
En el 49 me tocó parada. Sí, hoy también. Pero sabía cómo dormir igual, con la cabeza reclinada en el mismo brazo que me sostenía toda, casi amurado al pasamanos del techo. Lo único que hace falta recordar mientras se duerme de parado es que la mano sostén debe estar alerta todo el viaje. De a ratos me iban despertando los olores de las colonias, algunos roces y las frenadas bruscas. Pero había desarrollado tanto este dominio de mí durante el año que ya a esta altura de septiembre podía retomar el sueño en la misma escena donde lo había dejado. Exactamente en el mismo punto. Pablo me miraba, yo lo miraba a él y con ese mínimo encantamiento bastaba. Entonces se me acercaba con sutileza y me decía que hacía meses soñaba que iba a conocerme justo hoy.

Ahí nomás me sacudí toda. Otra frenada. No había siquiera planteado el conflicto del sueño y ya estaba viendo al chofer con medio cuerpo afuera de la ventanilla. Le gritaba a un coche que se le cruzó mal. Entendí que el punto en el que estaba soñando se desvanecería pronto, tan pronto como iba ahora el 49 por la Avenida Provincias Unidas siguiendo al coche a 120 km por hora. No es que haya visto el velocímetro. Sólo escuchaba los gritos de los que estaban pegados al asiento del conductor. Seríamos ochenta personas en un bondi pensado para cuarenta. Los señores comenzaron a caer sobre los brazos de las mujeres sentadas entre niños y bolsas. Un tipo se dio la frente contra el pasamanos, una abuela rodó por el piso y las puertas del bondi se cerraron a la fuerza. Yo desperté del todo a mi brazo sostén y me dirigí al fondo. Toqué timbre. No vale la pena llegar temprano al trabajo. Llegar entera. Y volví a tocar la perillita de la libertad. Ring x 4 y unas voces condescendientes megafoneando “parada chofer”. Pero el auto no se detenía y el bondí volaba detrás suyo como un dardo lanzado a su destino. Íbamos en el aire.

Un semáforo en rojo, dos, tres. Ojalá hubiera teléfonos en los colectivos. O algún aparatito para mandar mensajes escritos pidiendo auxilio. Pero no. Habrá que esperar hasta el año 2000 para que existan esas cosas. Estamos pasando todos los semáforos en rojo, dije. Pero esta vez la voz no fue interior sino que me salieron las palabras. Me di cuenta porque algunos giraron sus cabezas hacia mí. Entonces miré por la ventanilla de la puerta trasera y caí en la cuenta de que estábamos por cruzar la garita de General Paz. Pablo. 

Ahí nomás recordé el sueño que me venía armando. Porque a decir verdad, a veces no soñaba en serio, a veces sólo dormitaba y me inventaba escenarios y personajes que después se independizaban. Pablo sabía todo lo que yo iba a querer sin que se lo dijera. Era una especie de superhombre. Tenía claro el orden de las palabras que pronunciaba, el tono, el sonido y la combinación de las mismas. Estudiaba Sociología en la UBA y militaba. Los ojos no hace falta describirlos. Ya se sabe. Y lo demás, como entra por los ojos, tampoco. A simple vista cualquiera se daba cuenta de que Pablo no era de apurarse. Estaba esperando el momento justo para decirme algo, pero era seguro que estaba enamoradísimo. Se le notaba en la manera de pasar a veinte cuadras de mi casa, o en cómo se acomodaba los pantalones cuando me veía en el bar de Puán donde también hacía el CBC. Yo estaba segura que en algún momento en estos días Pablo iba a pensar en mí, no por alguna causa en especial sino porque yo estaba pensando en él a cada rato. Incluso ahora, que dos patrulleros comenzaban a seguir al colectivo, que seguía al auto, que lo cerró al otro lado de la Avenida Alberdi, allá atrás del puente cerca de mi casa, donde Alberdi se llama Provincias Unidas.
   Comenzó a faltarme el aire. La gente gritaba. No sé si porque chocamos o porque ahora Pablo se me sentaba al lado, en el aula de Pensamiento Científico. Por fin abrió la boca para decírmelo. Menos mal. Porque ahora era yo la que no podía seguir esperando. Vi sus ojos más cerca que nunca. Sentí la boca caliente. Algo me la bañaba desde los labios hacia adentro. Algo caliente me recorría y entraba en mi garganta. Tenía un gusto que alguna vez había probado. No me importaba morir si ese sabor se me quedaba a vivir entre los labios. 

Cerré los ojos bien fuerte para que el efecto dure lo más posible. Traté de olvidarme del mundo, de la facultad, del colectivo. Y justo cuando pensé la palabra “colectivo”, lo recordé. Pablo desapareció, igual que el auto que nos había cerrado, y el chofer de la 49. Pobre. Yo empecé a cuidarme de mis sueños, sobre todo de esperar que algún chico me rompa la boca de un beso.


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