Garúa en el cerro.
La neblina cubre todo. Salimos igual. Manejo hasta Merlo. Estaciono en la puerta
de la farmacia de turno. Necesito un frasco más de Cefalexina. Las ruedas del
auto se meten en un montículo de arena. Precavida, retrocedo. Un tipo me ve y
comienza a gestualizar maniobras que yo debiera hacer para ubicar el auto sobre
el montículo. Bajo la ventanilla, le agradezco y movilizo el auto de todas
formas hacia atrás. Pero el hombre, herido en su narcisismo y con ánimos de ganar
la conversación porque hay otros hombres mirando, ⎯mi esposo y mi suegro en el auto, sus amigos en
la vereda⎯ insiste en que lo
ponga así y asá, en que lo deje a él, que él lo estaciona sin problemas.
Estúpida yo, de puro apurada, porque necesito el antibiótico y la hora pasa,
bajo del auto y lo dejo hacer. Las ruedas se meten en la arena cada vez más. El
tipo habla. Es de esos hombres que creen que decir es hacer. Habla y me explica
lo que no está haciendo. Cuando se da cuenta de que no puede estacionar el auto
comienza con los "peros". Yo le digo que baje, que sé cómo sacar el auto de ahí,
que es un auto de alquiler, que no puedo hacerle daño. Pero el tipo no se mueve. Mi familia baja del
auto, mi esposo pone una piedra debajo de la rueda y, finalmente, el mamotreto
saca el auto del atasco, sin dar el brazo a torcer. Imagino la sangre bombeando hacia su pene que se erecta. Quiere explicarme que esta vez… pero lo dejo hablando. Entro a la farmacia y lo dejo hablando. No tengo maneras cuidadosas para el ego de un hombre que quiere enrostrarme una habilidad que no tiene, y que ni siquiera logró su cometido.
*
A la noche me toco. Me baño, me acuesto, me tapo y me toco. Antes pienso en la barbilla de Fogwill, en su cabello canoso, en sus articulaciones huesudas.
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