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"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot

21.2.14

Dieciocho

Anoto en la primera página del libro: “no sentirse ofendido es un modo de ofender”. Pienso la frase un rato y después la twitteo. Me siento a leer en una roca caliente del arroyo. De pronto recuerdo el Nahuel Huapi, E., la tarde, La novela luminosa accidentada. Busco el teléfono y le escribo un mensaje a mi amiga. “En Los Molles de San Luis. Con un libro de Levrero que intuyo no dejé caer al río porque no tengo quién interprete el gesto. Se te extraña”.
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Mi hija corre desde la proveeduría hasta el sector del arroyo donde estoy. “Mirá, ma, mirá”. Señala un auto que sale del estacionamiento del camping y se dirige a la salida del predio. Yo miro el auto pero no entiendo a qué viene la algarabía. No veo caras familiares en el auto, ni reconozco algo extraño en el modelo, o en el color. La miro extrañada mientras escucho me dice: “La patente, ma. LEY, dice, mirá”.

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