Papaiani era la de castellano, y la que había dicho que esa noche pasaban “La noche de los Lápices”, una película que teníamos que ver sin falta. Éramos chicas, uniformadas, medias hasta la rodilla. ¡Y que las monjas no supieran que una profesora recomendaba una película así! No habría habido más Papaiani. Por eso ni la guacha que le rayó el Renault con una moneda abrió la boca. A la Papa la odiabas pero la respetabas. Un sentimiento era consecuencia del otro. Ella le hacía honor al nombre. Pilar. Era sólida, firme, estricta decíamos nosotras. Pero distinta. Te hacía pensar. Te llevaba al cine y armaba un debate atrás, mientras comía algo en un bar con treinta adolescentes en estado de efervescencia. A la clase siguiente te tomaba una comprobación de lectura del Quijote de la Mancha o del Poema del Mio Cid, pretendiendo que recuerdes de qué pueblo era la Dulcinea, o ese tipo de detalles. Nada la frenaba. Acomodaba el programa para que siempre le sobren márgenes para esos temas que “no podemos dejar de ver”.
Casi todo el curso hizo la tarea. Yo no.
-Vos esa película no la vas a ver porque es tendenciosa y se acabó. A mi viejo nadie le dice cómo son las cosas, así que mis explicaciones acerca del contenido histórico no sirvieron de mucho. Insistí todo lo que pude, pregunté por qué, lloré. Siempre lloro cuando no me explico por qué. Mi mamá intervino con tono conciliador y me dijo que era una película muy fuerte para mi edad, que no era nada que no pudiera ver, pero que, sencillamente, no. Mi mamá tampoco entendía por qué, pero montó la escena del acuerdo de discursos. Creo que su tono de voz me convenció. Eso hace siempre mi mamá. Acuerda. Concilia. Repara. No me dormí así nomás. No es fácil dormir cuando la idea fija. Y si el no incita a la violencia, el no porque no, directamente autoriza a desobedecer. Esperé una semana.
-Ma, hoy después de gimnasia voy a hacer el trabajo ese que te conté, no vengo a comer.
-¿Qué trabajo?
-El de Las venas abiertas… que pidió la Papaiani.
-¡Ah! ¿Y dónde vas?
-A la casa de Helga.
Ella me había contado de qué se trataba la película en la hora de química, yo le conté Las venas abiertas de América Latina, y su mamá nos hizo milanesas entre atado y atado. Dimos play al video y vimos la película sin una sola pausa, sin decires, sin ganas de ir al baño, mudas. Después me fui. No comentamos, ni empezamos el trabajo práctico.
Ella me había contado de qué se trataba la película en la hora de química, yo le conté Las venas abiertas de América Latina, y su mamá nos hizo milanesas entre atado y atado. Dimos play al video y vimos la película sin una sola pausa, sin decires, sin ganas de ir al baño, mudas. Después me fui. No comentamos, ni empezamos el trabajo práctico.
Caminé las catorce cuadras que separaban la casa de Helga de mi casa para tener tiempo de respirar. No entendía. Me dolía el pecho. Estuve acongojada varios días. Quise conocer a Pablo, le escribí una carta, me imaginé ese lugar y esas situaciones durante meses, cada vez que cerraba los ojos para dormir. Después empecé a preguntar sobre el tema. El tema estaba desaparecido. No había muchos lugares para hablar, y yo no era la única que tenía preguntas para hacer. En la escuela siempre decían algo parecido: -”Esa fue una etapa dura de la historia, pero tenemos que seguir con lo nuestro...”. Y lo nuestro era un cuadro sinóptico de los presidentes argentinos hasta Perón, o un simulacro de las elecciones, con boletas de verdad y una caja de cartón, por si la democracia se iba antes de que nos tocara votar.
En casa tampoco. No vi ningún diario, no escuché ninguna historia. Nada. Nunca nada.
Cuando aparecieron los grafittis por las calles de Tablada, pregunté: ¿qué es eso de la obediencia debida y el punto final? La punta del iceberg se hundió otra vez entre palabras que evadían. Me convencieron de algo que no entendí muy bien y dejé de preguntar por otro rato largo. En mi familia la política se había reducido a un cuadro de Evita en la casa de mis abuelos, la estaban desapareciendo.
Por esa época volvió a salir el boleto estudiantil. Ya estaba como en tercer año. Papaiani nos instó a sacarlo. –Es un derecho, dijo. Fui hasta la terminal del 49, saqué mi boleto secundario y me sentí bien, casi mejor que la primera vez que fui a votar. Entonces mi viejo abrió la boca. No sé a cuento de qué, pero dijo: -Yo no hablo porque sí, yo sé lo que era porque lo viví, estuve encerrado en la facultad por días, con el culo entre las manos, porque teníamos que hacer la revolución con ellos. Yo sé lo que es el miedo a que te lleven sin comerla ni beberla, porque se llevaban a cualquiera. ¡Pero ellos también se la buscaron! Venían a hablarnos de la revolución y nosotros sólo queríamos estudiar.
Y mientras él se debatía con el enojo y dejaba salir esas balas atragantadas con la ira tantos años, yo miraba cómo las gotas de saliva se le escapaban de la boca.
-Yo levantaba las paredes de esta casa, estudiaba y laburaba. Vos no habías cumplido cuatro años, no era joda, era salir pensando que por ahí no volvías. Escaparte de la facultad rompiendo una ventana sin saber qué te esperaba del otro lado.
Bien Leti, directo como quería Arlt. Y tan doloroso como el cross a la mandíbula.
ResponderEliminarSaludos!