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"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot

15.8.15

Sábado

Después de una semana gris volvió a salir el sol. Después de comer, presencié el parto de dos novelas. Como un hombre, en silencio, casi temerosa, como un padre que tiene que ser fuerte trato de experimentar la presión social que experimentan los hombres. No quejarse, trabajar, llevar el dinero a casa y dejar que se dilapide en compras e impuestos y servicios. Sentí envidia de la más sana -si es que algo así existe- ante las lecturas de esos primeros capítulos que mencionaba. Me cuesta mucho limpiar mi escritura. Soy un fárrago con patas. Me duele pensarlo, pero es así. Pese a ello, con mi mochila y sin mis rezos, avanzo en la escritura de un diario empecinado que se reescribe y muere en la opacidad de mis neuras. 

Pienso que la libertad es llegar a leer sólo aquello que dicta mi necesidad. Que algún día voy a ser una persona autónoma y feliz. Pero el deseo es ilusión. Estoy algo cansada de repetírmelo.

14.8.15

Vladimir Nabokov



Presentación de "El libro de los divanes", de Tamara Kamenzsain

Por Ariel Schettini

Terminé de leer el libro de los divanes  rápidamente.  Fue una lectura más veloz de lo que hubiera imaginado o de lo que hubiera querido, el tiempo se me pasó, como quien dice, volando. Como quería decir algo le mandé un mensaje a la autora. Acabo de recibirlo y terminé de leerlo. Por supuesto que me arrepentí en el instante en el que lo envié. Quise volver sobre mis palabras porque inmediatamente pensé que en esas palabras: “ya lo terminé” había un gesto de desprecio, no sobre el libro, sino sobre el género poesía, inadmisible. ¿Cuándo se termina de leer un libro de poesía? O mejor dicho: ¿quién tiene potestad sobre el tiempo en un libro de poesía?  Porque ya sabemos quién lo tiene en la sesión. Esa, que no quiero nombrar, que puede decir: “lo dejamos acá”?”
Y por eso el tiempo es el gran tema del libro de Tamara.

El tiempo de la historia que dice que el psicoanálisis y sus personajes (la analista, Freud, el paciente, Lacan y el Analizante) están datados. El tiempo de la familia, el que está entre los padres que usan otras palabras para trauma, neurótica etc... O el de los hijos que ven en el análisis algo parecido a un dentista. Pero también están todos los otros tiempos. El tiempo de la sesión que la expulsa al bar a que termine la clínica y comience la crítica, es decir, la poesía. 

“Salgo contenta de la sesión y me siento en el bar de enfrente y ahí sí, ahí si asocio libremente... “

Dice la poeta que sabe que la sesión es el territorio del no, de la negación. Pero también está el otro tiempo, el tiempo de las escrituras, de las generaciones, o por lo menos el de esa generación que no sabe si escribir y asociar libremente tienen algo que ver.


Es una cita. La poeta le pregunta a la analista muda si una cosa tiene que ver con la otra. O si asociar y escribir son actividades ciegas. ¿Tienen que ver? Me pongo en el lugar incómodo de un analista de este libro. Que es, por cierto el lugar en el que la poeta nos pone y se pone, en el lugar siempre ciego del que sabe que leer es una práctica analítica. Siempre. Pero eso no releva a la poeta de su propio lugar crítico. No hay sino que mirar el modo en el que usa el discurso de los otros, no como cita, sino para ponerlos en un lugar de cuestionamiento.

El lugar crítico del medio. Entre los machos y la política y los gays y los apolíticos que distribuye Roberto Jacobi en el bar “Moderno”. De modo que el libro de los divanes hace de ese mueble que viaja de oriente a occidente (como en los poemas de Goethe), un lugar de confluencias, de asociaciones. La crítica separa, porque en el origen de la palabra escrita está la idea de separar para tomar decisiones. Pero la paciente asocia, es decir reúne, junta, mezcla “libre” en una sesión tiempos, y espacios. ¿Y entonces, la poeta?

Sé perfectamente que el tema hay que analizarlo a partir de un título que sería “poesía terminable e interminable”.

Y es en ese trabajo, Análisis terminable e interminable, donde Freud responde al problema del tiempo del análisis. Freud nos confronta con su precursor: Empédocles. Allí las pulsiones  se deciden en el sí y no de la filia y el neikós de Empédocles. La asociación que reúne y amalgama como la filia y el neikós que separa y disuelve como la crítica.

El libro de los Divanes de Tamara  es asociación y crítica, es poesía y es novela, es la fantasía (el sueño diurno de la poeta, digamos) de decirlo todo en la poesía, el sueño (diurno) postromántico de decir esto. Cito:

Los límites de poema libro llamé cuando era joven a la posibilidad de escribir un libro que todo entero fuera de poemas. Y todo entero sin embargo contara algo.

Ya sé que acá podemos ir al todo, al libro que todo (Tacho) no es. Y a la poesía familiar de la neurótica que quiere “contar algo” como su existiera “la Novela de la poesía”. Límite infranqueable del discurso porque donde hay novela no hay poesía y viceversa.

Pero también podríamos decir que no hay poesía sin franquear los discursos y sin ese sueño o fantasía diurna, dice Freud, de que en la poesía, la poeta o la niña que juega, cree que por efecto del mundo autónomo que maneja, lo puede todo.

Puede ser paciente, poeta, crítica y novelista al mismo tiempo; porque está en el género que quizás no sea “todo”, pero que no puede renunciar a querer ser todo. Si no quisiera ser todo, no sería poesía.

Por eso El libro de los divanes de Tamara es historia datada del discurso más fechado, el de la memoria, el del trauma del ghettomuseificado en Alemania, y también es el del futuro: el discurso de los hijos, el de Facebook, de los que como Fogwill, dejan sus libros para el futuro. Pero también eso incluye ese otro discurso, el que hablamos cuando queremos poner nuestro inconsciente al desnudo y, como dice Freud, en el poeta y sus sueños diurnos, o como dice Tamara de sus poemas anteriores “da vergüenza”.

Me refiero también a esa forma de contar el análisis. Ese estilo tan argentino de decir lo que no nos animamos a decir sobre nosotros mismos y que ponemos en la voz del analista cuando decimos en un diálogo casual: “mi analista dice que….” Y ahí comienza una cosa que no sabemos bien qué es, ni de quién es esa palabra, porque si la dice mi analista, la digo yo o la parte de mí que no quiere decir yo... en el texto de Tamara dice: “lo que separa la habitación de la madre de la habitación de la hija...”
 “Lo que le da vergüenza, decir lo que dijo que le da vergüenza…” es volver en el tiempo, la memoria que conserva la poesía. Y ese contar el análisis es como si le devolviera un espejo a una práctica que no por “datada” o juvenil, deja de ser menos maravillosa o maravillada. Porque el poema le da al psicoanálisis una posibilidad de decir lo que Freud no hubiera podido decir de otro modo.

El problema del poeta con su fantasía es que se la tomó en serio, como el niño el juego, dirá Freud, que siempre usa a la poesía como coartada para decirnos algo como: “miren a la verdad cuando habla”. La poeta, entonces. nos libera de la vergüenza del sueño diurno mediante la forma “estética” y entonces acá aparece un problema. Porque ¿qué sería para la literatura, es decir, “el libro de los divanes” de Tamara, qué momento es para la literatura que la poeta entonces nos dé como material, es decir para sacar de la esfera de la vida real, para jugar, la sesión analítica?

Mirá el material de análisis que nos trae, diría un analista, a la sesión. Pero un crítico de poesía entonces debería decir: ¿”El libro de los divanes”, entonces dice que el psicoanálisis, con sus protocolos, sus sesiones, y sus personajes “datados” es apenas  un instante en la historia de la literatura? O que la literatura es la condición necesaria para que exista el psicoanálisis? O, si quieren que en las manos ensangrentadas del psicoanálisis, la literatura muere o aborta, sesión a sesión, por su propio efecto analítico.

Como sea, Tamara usa la sesión como material de la literatura, pero como material crítico. El poema en el que no sólo resuena el discurso de Freud o de Lacan sino también el de Juana Bignozzi, o José María Heredia, tanto como el otro discurso, el de lo que llama Tamara su “generación” su genos su ghetto, el de Margo Glanz, María Moreno, Roberto Jacobi o Arturo Carrera. Con esos discursos se arma esa fantasía romántica de los divanes.

Hablando de los prerrománticos Heredia “cuando acabará la novela para que empiece la realidad, dice la voz prerromántica” y la posromántica, la de Tamara la pasada por(la promiscuidad analítica de) los divanes dice lo contrario, dice que siempre hay otra novela que comienza porque es imposible salir del poema sin entrar a una crítica de sí mismo, del lenguaje de sí mismo y de los otros, de ese discurso enmarañado como la trama familiar del neurótico o e catch 22 de decir “no” de afirmar la negación, del libro de Tamara que une desde el comienzo de su escritura Poesía y crítica como si fueran casi parte de un mismo género. Cuando critica a Heredia, Dice:

“No lo convence la novela de la vida, quiere una realidad, pero cómo hacer, cómo hacer dos siglos después para que las alas del sueño levanten las pretensiones de la poesía”

Porque en los no, no sólo estaba la negación de Freud y la Verneinung de Lamborghini, también estaba la voz de Girondo y la de la gauchesca. Pero la poeta dejaba que la crítica hablara. Ahora, en este nuevo tiempo, en el que todas las voces se asocian y se separan, es decir, en el que la poesía es análisis y crítica, y que quiere ser novela y quiere todo, la poeta, quiere ser clara. Cito:

“Yo a esta altura de mi vida me siento obligada a ser clara”

De modo que podemos entender cuando pone la vergüenza de la poeta que se mira a sí misma en la voz de la analista, mira siempre de los dos lados, de ambos lados del mediterráneo, digamos. 

Asesinato de la poesía, del poeta y de su fantasía, el libro de Tamara recorre esos espacios que ya eran los lugares letales de su “living” (porque el “living” el living de la vida, es el consultorio de la poesía) en ese living, todos tus muertos. El hermano muerto con la enfermedad que está en los genes en el genos de su generación, y los muertos del ghetto, reencontrados en un viaje que va de no sé qué pogrom al once o a la AMIA sin escalas, y todos esos muertos que están entre la novela familiar de la neurótica, o en la poesía unHeimlich, ominosa, de la psicótica.

Una línea que une el psicoanálisis, la terapia, con la militancia, Gaspar Campos, los 132 estudiantes mexicanos, es decir con todo lo “datado” lo que tiene puesto una fecha un tiempo. Eso que no tiene el inconsciente, digamos, tiempo…  un lugar en la historia. Lo que pasaba en el bar Moderno que separa y guethifica (de una forma muy poco lacaniana), mujeres, hombres, gays, polítizados y apolíticos. Como si no supiéramos que en realidad lo que se separaba es otra cosa, ahora eso lo leeríamos en otra línea de lectura.

Que es el leitmotiv del libro (“leitmotiv” qué palabra “datada” diría la poeta convertida en una fechadora de los tiempos de caducidad de las palabras, de los saberes y de los lenguajes).

“Hay otra línea de lectura”. Hay otra posibilidad, otra analista, otra vida, otro living, otro tiempo. En ese sintagma “hay otra línea de lectura” veo una forma muy histórica de leer, una forma muy fechada de buscar la verdad en forma de versos, un modo muy agudo (quiero decir analítico, crítico) en el que se entiende la experiencia literaria. Se trata de buscar esa vía de escape por medio de la cual el lenguaje nos permite ser otra. Como para irse para asociarse libremente con esas “otras” que podemos ser y a las que nos puede llevar esa experiencia del pasado o de la memoria: el psicoanálisis. Ese saber que, visto desde ambos lados del mediterráneo, entre el oriente y occidente de los divanes, es apenas un instante móvil y desesperado en la historia de la poesía.

Cito: Para eso tuve que recurrir a la tercera persona como si en verdad los sueños de la otra, los pudiera descifrar Tamara.

Se trata entonces de una serie de tramas, de voces superpuestas que parece que van a confluir en un diván, pero no es un diván, porque es el diván de la paciente, pero también el de la poeta y sus fantasías, es el diván que usó antes María Moreno, es el diván de la poeta cuando se pone en la posición de la que analiza el discurso del otro, de la analista y la pone en un lugar crítico es el diván de divanes el de los mil espejos el de un discurso que no puede tener dueño, porque la palabra no puede tener ni propiedad ni privada y para probarlo voy a citar un verso, que es de Tamara, que aparece en el poema y que tiene tantas capas que no se sabe si es verso, si es análisis, si es poesía, si es el final de un discurso  o el comienzo de la presentación de un libro que la poeta usa como sueño o resto diurno y que ahora le lleva a la analista y le dice:

Para mí el psicoanálisis todavía
Es la obligación  que tengo
De escandir estos versos.
Lo dejamos acá (…)

11.8.15

Enterate

Una mañana te levantás y está ahí, sentada en su silla, frente a la mesita que le hace de escritorio, con los cuadernos desperdigados y las fotocopias tiradas por el piso, abiertas, subrayadas, el pelo suelto, abundante, cubriéndole la espalda, el pijama puesto, corto a mitad de la pierna porque creció, se le estiraron los huesos, los brazos, creció, se abrieron los parietales, el cerebrito se expandió en todas las direcciones, creció, la causa es de ella en un abrazo que vislumbra algo, adivina, creció, la saca de la cama para leer, la empuja a buscar un dato y completar la información, a levantar los ojos de la página cuando hacés ruido y te levantás, te sorprendés, la hacés mirarte descolocada y preguntarte, "¿qué hacés levantada?", y vos: "lo mismo digo", le contestás, y ella deja la conversación en suspenso con una sonrisa tibia que ya lo dice todo y vuelve a tomar notas para memorizarlas, para saber, leer después, en el viaje al colegio, en el recreo, ella, abrazó su causa, tomó esa distancia de la decisión, usó todas las herramientas que tenía a su alcance y avanzó, sola, ya, a unos metros, pero avanzó, tomó carrera, sola, abraza unos libros que ya no te pertenecen. 

7.8.15

La abuela caníbal

Tamara Samsonova mató a una docena de personas, las descuartizó y se comió las partes que más le gustaron. Cada vez que lo hacía, anotaba los pormenores del ataque en un diario íntimo.

5.8.15

70 años de Hiroshima

Lean esta nota excelente de @HectorPavon en Ñ.
A las 8.15 del 6 de agosto de 1945 el B-29 Enola Gay, perteneciente al Escuadrón de Bombardeo 393d, pilotado y comandado por el Coronel Paul Tibbets arrojó la bomba sobre Hiroshima. 120 mil personas murieron en la explosión, calcinados en el hipocentro a 7.000 grados centígrados.
70 años después, dos ciudades que renacen de sus cenizas.

















De Hiroshima, mon amour, Alain Resnais (Francia, 1959) Sobre libro homónimo de Marguerite Duras.

http://deepdreamxxx.tumblr.com/

27.7.15

¿querés coger?

te mandaría un mail vacío
o le mandaría un mensaje telepático a uno de mis mails
para que se mande
solo
te golpee la puerta
o también le mandaría un mensaje a mi inconsciente
para que me haga fallar
me haga mandar un mail vacío
a tu nombre
y después me obligaría a explicarte que fue un error
que mis ganas hablan solas, por encima de mí, de mi deseo de vos, de verte a vos, de estar con vos, de besarte, de escribir con vos, de que sea martes, miércoles, jueves, todos los días, o de vez en cuando, mejor, así no se corta, porque mucho aburre, mucho se pudre, mucho se termina haciendo el chicle de lo continuo, continuado, cotidiano, entonces no, todos los días no, un mail embarullado no, mejor un mail directo, que se banque el sí, y el no y el más o menos: ¿querés coger?

Sociología y/o literatura, por Hernán Vanoli

"...habría que discutir formas de producción de las categorías de saber, por un lado, y modalidades de apropiación de los textos, por otro. Por eso voy a referirme a la sociología no como una disciplina, sino como un modo de aproximarse a los textos que funcionan socialmente como literatura. La sociología como una forma de leer [...]
Más allá de las intenciones del autor, toda obra literaria compone una relación entre los textos, los lectores, las instituciones y el poder social acumulado. También representa un grado de desarrollo de las fuerzas productivas. La literatura elabora dispositivos de lenguaje capaces de contener relaciones éticas y estéticas entre los sujetos, los objetos y las instituciones. ¿Qué tipo de recepción preanuncia este libro? ¿Cómo contribuyen a la misma sus paratextos, el proyecto editorial en el que se inscribe? ¿Qué régimen de circulación de los bienes culturales se imagina en los proyectos literarios? Esas preguntas también podrían estar presentes cuando se despliega una lectura sociológica."

Nota completa acá.

21.7.15

Maurice Blanchot le escribe a George Bataille

"Debemos renunciar a conocer a aquellos a quienes algo esencial nos une; quiero decir debemos aceptarlos en la relación con lo desconocido en que nos aceptan, a nosotros también, en nuestro alejamiento. La amistad, esa relación sin dependencia, sin episodio y donde, no obstante, cabe toda la sencillez de la vida, pasa por el reconocimiento de la extrañeza común que no nos permite hablar de nuestros amigos, sino sólo hablarles, no hacer de ellos un tema de conversación (o de artículos), sino el movimiento del acuerdo del que, hablándonos, reservan, incluso en la mayor familiaridad, la distancia infinita, esa separación fundamental a partir de la cual lo que separa se convierte en relación. Aquí, la discreción no consiste en la sencilla negativa a tener en cuenta confidencias (que burdo sería, soñar siquiera con ello), sino que es el intervalo, el puro intervalo que, de mi a ese otro que es un amigo, mide todo lo que hay entre nosotros, la interrupción de ser que no me autoriza nunca a disponer de él, ni de mi saber sobre él (aunque fuera para alabarle) y que, lejos de impedir toda comunicación, nos relaciona mutuamente en la diferencia y a veces el silencio de la palabra".
Maurice Blanchot, "La amistad"

16.7.15

Causas y azares
















Hace un par de semanas compré un libro por Mercado Libre. Hoy fui a retirarlo al Parque Rivadavia con el único dato del número de puesto. En verdad fui resignada a que la reserva ya se hubiera vendido porque me tomó mucho más tiempo de lo habitual concretar la compra. Busqué el puesto y lo ubiqué enseguida. El azar había hecho lo suyo. Bien. De todos modos, me llamó la atención no haber visto mi nombre sobre el puesto al que llegué buscando el número 72 alguna de las tantas veces que recorrí esa feria. Revisé las mesas, encantada con la casualidad, y finalmente le pedí al puestero Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes. El pibe me interrumpió sin que haya terminado de decir lo mío. "¿Sos Leticia Martin, no?". Mi narcisismo se sintió afectado una vez más, así que felicité al puestero por su buena memoria. "Te explico", me dijo, "la dueña de este puesto es Leticia; y yo soy Martín. Nos llamó mucho la atención tu nombre y tu apellido cuando entró el pedido".

El patriarcado Martín García
















Mi viejo el único de trajecito marrón, con la mano en el bolsillo y el mismo gesto de sonreír que tiene estos días. Mi padrino sobre la silla, delgado, con la remerita a rayas y rapado al estilo de la época, bien machito. A su lado mis tíos abuelos: Ramón y Buenaventura. El que sigue no sé quién es. El otro flaquito de bigotes que aparece detrás del florero es Juan, mi otro tío abuelo, tercer hermano de mi abuela Josefina. Pegado a él aparece mi abuelo Bernardo, de bigote más fino y una V pronunciada en la frente, que le heredé yo. Levanta la copa como sabiendo que hoy festejamos sus cien años. Te recuerdo como si ayer mismo me hubieras sentado detrás del mostrador para alcanzarte los clavitos que le metías a las suelas. Te amo, viejo hermoso.

11.7.15

Sábado

Una chica no tiene que tener / miedo a sufrir / que tener / sentido crítico / principio  realidad / que / tener / el corazón preparado / para el fracaso / el plantón / el no repentino de algún / chico trasnochado.

10.7.15

Jueves feriado

Sueño que un grupo de escritores camina conmigo desde un balneario a otro punto de la Provincia de Buenos Aires. Hay viento y nos abrigamos. Funes no se preocupa por el sol ni por el viento. Habla mucho y por momentos se dirige a mí, inquisidor. “Cuando tengas lo que esperás de él te vas a ir”. Lo miro como diciéndole que se calle. Me contesta que todos somos de algún modo interesados. Siento una especie de odio ancestral y tengo ganas de que desaparezca. Yo no me estoy colgando de las tetas de nadie. Por fin llegamos a una especie de finca, detrás de los médanos. Entramos y me presentan a César Aira. Veo que sobre la mesa tiene un block de hojas amarillas. Le digo si me deja entrevistarlo. Soy rápida, demasiado. De pronto pienso que no leí casi nada, que no da lo que intento hacer. Aira se siente halagado y se sienta esperando mi primera pregunta. Pienso de mí que soy una improvisada y en seguida cambio esa palabra por otra. Soy astuta, digo para mis adentros. Rápida, astuta, coyuntural. Aira quiere que le cuente algo, espera mi pregunta pero más espera conversar. “A ver… ¿Qué es lo que quiere saber?", dice apurándome. Yo arremeto y la charla fluye. Lo escucho y tomo algunas notas por si el grabador del celular no estuviera andando. Cuando estoy menos nerviosa, incluso lo interrumpo. Aira me mira insistente. Me mira fijo, a los ojos. Pienso en aprovechar esa buena conexión. Le tiro una pregunta en referencia a “El ensayo y su tema”. Sonríe, le gusta el pie a esa cuestión. Menos mal que algo leí, pienso. Poco, pero algo leí. Tal vez no es buena idea esa estupidez de abarcar a los autores en su totalidad. La charla se vuelve fluida y Aira quiere más preguntas. Le cuento mi tara. “No sé por qué pienso así"; le digo. "Me cuesta abordar a los autores de obras muy extensas”. Mi sinceridad le gusta, lo noto. Entonces le pregunto por la extensión de su obra. Aira se desata y habla sin parar. Los demás escritores miran de reojo, pero siguen con lo suyo. Van al fondo a ver a los chanchos, comen pan casero, inspeccionan la casa de Aira, sus libros, su biblioteca. Luego todo entra en la etapa del declive. La energía decrece. Aira deja de mirarme a la cara y se desconcentra. Levanta los ojos en dirección al cielo como buscando adivinar la hora, le hace una pregunta a alguien, que anda por ahí, y me agradece la cortesía de la entrevista. Yo quiero seguir pero tengo entre manos una orden de desalojo. Entonces le pregunto cómo podríamos volver a la capital y Aira me explica muy amable un camino hasta la terminal de ómnibus, hasta que, al final, dice que mejor nos acompaña, que él también tiene que salir. Su mujer le alcanza un tapado y avanzamos todos por las calles de tierra del pueblo costero. Ella tiene los labios resecos, castigados por el viento y por el sol dañino de la capa de ozono agujereada. Le estoy dando mi manteca de cacao cuando algo me despierta y recuerdo la foto de Silvina y Bioy que puse anoche en el fondo de pantalla de mi computadora.

8.7.15

Taller de lectura y escritura

PARA ESCRIBIR Y LEER FANTÁSTICO 

Docente: Leticia Martin

Días y horario: Jueves de agosto, 20.30 hs.

Costo: 500 pesos

Comienza el jueves 6 de agosto

Informes e inscripción: leticiamartinelem@gmail.com

Programa: Click acá


6.7.15

Polémica Kodama-Katchadjian


"La literatura es ese encadenamiento de citas e influencias de unos sobre otros", parece que dije sobre la denuncia de plagio de Kodama a Pablo Katchadjian por su obra "El Aleph Engordado". En Dame una señal, dentro de la columna literaria de cada miércoles, por Radio Universidad (AM 1390)

Escuchar acá.

30.6.15

La impresora

me vino uno de esos golpes de emoción irreprimibles
acá todos hablan de belleza
hombres y mujeres
googlean imágenes y nombran
John Snow
Xipolitakis
Ratajkowski
yo intento escribir este poema
pero la máquina está tildada en la impresora
que no puede imprimir y no deja de decirme
que no puede
si no interrumpiera los documentos de word no me estorbaría
pero lo hace
me interrumpe
se abren ventanas, unas y otras, y termino escribiendo en el aire
encima avisan lo que ya sé
                                                 "error de impresión"
                                                 "no puede seleccionarse la impresora"
como tantas cosas que ya sé
que vamos a morir
que estás distraído mirando otro lado
porque no elegís amar
                                          o no podés
y acá en el medio del tránsito pesado de mi interior
me pisan todos y me empujan
con sus impresiones y sus criterios de belleza
"Celeste Cid es más linda"
los sentimientos se encuentran y se chocan
y me apuro a tipear como si se fuera a acabarse la ola del surfista
como si se me fuera a terminar esta emoción
                                                             que mis sogas mentales no pueden atar
                                                             esta emoción border
                                                             que siempre tengo que agarrar
                                                       acá
                                          matar acá
                                                           contra el teclado
                                     apresar en la pantalla blanca de letras negras
para no desesperar
          no estallar
          no estrellar-me entre los fármacos de colores
          no volverme la que vi una vez
                                                    otra de mí
                                                    cómoda de mí
ida
         entregada de mí.

vuelve la cabeza sola a sus marcas
con el tiempo las tachaduras devienen manchas
le das aire libre a la cabeza pero no
nunca alcanza
vuelve siempre la ansiedad del amor
que se te escurre y *se te muere en el invento el amor*
anotá
salió como fallido
*se te muere en el invento el amor*
se abre la ventana avisando que la impresora no conecta y tipeás en falso
en el aire
*el amor se te muere en el invento*
no lo intentás, porque no es
lo inventás, porque no existe

por eso la verborrea
porque sabés que un día de estos hay que empezar
                                                                  se te acaba el envión
                                                                                         la ola
y todo es otra vez tabula rasa
no querés poner la cabeza al aire
                                                              libre
escuchar los nombres de moda
no querés mirar de lejos los manchones que te llevan al amor
borrar los manchones con liquid paper
dibujar montañas sobre los manchones
pintarlas con fibra finita
nevarlas
sembrarlas
edificarles chalets a las montañas de ex manchones
                                                                  de él
amor
y escribir.







#Žižek y Perón, por Juan Terranova en Paco

Žižek y Perón
30 jun, 2015 Por Juan Terranova @juanterranova // Revista Paco

Leer a Slavoj Žižek desde Michel de Montaigne no implica grandes esfuerzos. Tampoco genera amplias ganancias. La ironía y la digresión como organizadoras invariables, la elección de temas universales, la mezcla de citas eruditas y populares, y hasta el uso de un barroco amable que incluye siempre al lector en su horizonte de sentido, marcan en ambos un recorrido afin. Hay trampa: todos los ensayistas antiguos, modernos y contemporáneos pueden ser leídos desde Montaigne. Sin llegar a modificar esta afirmación, algunos detalles biográficos acercan un poco más al francés y al esloveno. Montaigne fue elegido alcalde de Burdeos y rechazó formar parte de la corte de Enrique IV. Žižek se presentó como candidato a presidente de Slovenia en 1990 y se dice que perdió por muy poco. Así, la política está en ambos. Mejor dicho, lo que está es una práctica lateral y el murmullo de ese intento siempre un poco estrangulado y atractivo de darle al hombre, a su ser político, una respuesta.

La descripción interesada de Žižek debería señalar su vinculación erótico-sentimental con la historia, su histrionismo –relevante porque su escritura deriva de sus intervenciones como profesor o conferencista–, el cine como proveedor de ejemplos pero también Kafka y Shakespeare leídos como arte de masas, y, bien publicitado por él mismo, una relación puntual con una recurrente serie bibliográfica. “El espacio teórico de este libro está moldeado por tres centros de gravedad: la dialéctica hegeliana, la teoría psicoanalítica lacaneana, y la crítica contemporánea de la ideología” señala en la introducción de Por qué no saben lo que hacen. La descripción es certera y Žižek la apuntala cada vez que puede. Forzando apenas las cosas podríamos señalar que “crítica contemporánea de la ideología” es una forma elegante y elíptica de decir “marxismo aplicado.”

De este conjunto de intereses nucleares, su pertenecía al grupo contemporáneo que utiliza a Jaques Lacan como insumo bibliográfico para leer la serie social me parece lo más inusual y magnético, aunque haya dejado hace tiempo de ser novedad. ¿Un Lacan sociólogo? Qué mal suena. Qué poca afinidad. Y sin embargo, tenemos ya dos libros –no uno, dos– que impulsan la idea de una “izquierda lacaneana.” El valor local se titula Para una izquierda lacaneana y lo escribió Jorge Aleman. El europeo es La izquierda lacaneana y lo firmó Yannis Stavrakakis. Ambos se leen como teóricos responsables y sus libros, como honestos intentos de conexión entre el psicoanálisis y el mundo político. (Si hubiera llevado exactamente el mismo nombre el efecto doppelgänger habría sido incómodo. Una preposición y un artículo todavía pueden salvarnos.)

Este grupo de intelectuales, ligados a las universidades del primer mundo, lograron, descentrando la teoría psicoanalítica, revitalizar una izquierda que se había transformado en poco más que una queja histérica. De todo ellos, Žižek fue el que más cerca estuvo de un comunismo cotidiano y es el que más explícita hace su apuesta al regreso de políticas radicales que cambien el régimen del capital. Su flirteo con los totalitarismos no termina nunca de ser irónico y eso lo diferencia de los otros lacaneano sociales, sobre todo de los arrobados franceses.

¿Y si, aprovechando algunas coincidencias, leyéramos a Žižek como un eslabón perdido de nuestra historia? ¿Un peronismo lacaneano? Hay algo argentino en Žižek. Todos lo notamos. Pero ¿qué es? ¿En dónde podría darse ese cruce? El habla obsesiva y su gesticulación, el humor, la ideologización sistemática de los objetos y conceptos que nos rodean como, por ejemplo, la Coca-Cola, la democracia o el inodoro, pero sobre todo el examen minucioso de vida privada, la política y el deseo, acercan a Žižek a nuestro muy tematizado populismo local. Entendemos cuando habla y escribe por eso mismo, porque lo hace de la manera en que lo hacemos nosotros, con nuestro vocabulario conceptual y nuestra sintaxis, pese al inglés recalado de acento eslavo.

¿Žižek y Perón, entonces? No me parecen tan difíciles de enhebrar estos nombres propios, al menos desde Buenos Aires. Voy de nuevo. El culto a la neurosis, los espasmos plebeyos, esa imagen desaliñeada, incluso mugrosa, su gusto por la ópera y por Wagner, sus versiones de Hegel: el semblante de Žižek nos resulta familiar, sí, es ese peronismo instruido que camina, incansable, los pasillos de nuestras universidades nacionales. Sus temas ¿no son los temas de las Revista Envido, de la Revista Víspera, de la renovación cafierista y la Revista Unidos?

Sin embargo, el cruce o la similitud más importante se da, entiendo, en la certeza freudiana de que no hay otro malestar en la cultura más allá del goce. Sin más, lo dice en su libro Por qué no saben lo que hacen cuyo subtítulo es El goce como un factor político.

Nuestro primer peronismo fue un movimiento de masas, que, aunque claramente revolucionario y estatista, resultó mucho menos coercitivo que sus padres europeos. Y si las izquierdas totalitarias se volvieron muy rápido represivas al punto de crueldades absurdas, Žižek, como el peronismo primordial, atiende el deseo de la masa, escucha el goce que azota al trabajador, su individuo privilegiado, y luego intenta interpretarlo y conducirlo. Los dos verbos resultan aquí pertinentes. Cito un párrafo del libro Lacan: Heidegger de Jorge Alemán y Sergio Larriera:

“La soberbia liberal que actualmente proclama que la producción va inexorablemente ligada a la propiedad privada, ¿no se asienta acaso en saber que es ese fantasma el que no puede ser atravesado por los pensadores marxistas? La función del objeto en el fantasma es justamente lo ausente en la formulación marxista de la ideología. Nada puede hacer ningún adoctrinamiento ideológico frente a la inercia del goce inducida por el objeto en el ser que habla. El marxismo ha retrocedido frente a todas las cuestiones donde el goce puede anidar: la cuestión del objeto técnico como plus de goce antes mencionada, y los otros puntos cruciales atinentes al goce, la cuestión de los pueblos, las lenguas y las religiones. En definitiva, aquellas cuestiones que, como Lacan ya formulaba en sus Escritos, no pueden ser reducidas por el sentido.”

En una duplicidad –por lo menos sorprendente– este fragmento parece hablarnos, al mismo tiempo, del tema central de la ensayística de Žižek y del programa inicial del primer peronismo. A saber, transcender las rígidas apelaciones a la conciencia del marxismo incorporando la experiencia cotidiana de una clase trabajadora modernizada que ya no es la del siglo XIX, ni siquiera la de los años 20. Señalo que también tienen los mismos enemigos, empezando por lo que Aleman y Larriera llaman “la soberbia liberal.”

Victor Sklovsky escribió en su libro Viaje sentimental: “Creo que Dostoievski tenía razón cuando decía que cada ruso tiene dos patrias: Rusia y Europa.” Después agregó que eran dos patrias muy exigente y que sus intereses muchas veces no coincidían. La idea del ruso mirando y comprendiendo los demás pueblos del mundo le recordaba a Sklovsky la imagen de Tolstoi viajando por los Alpes mientras hojeaba un libro de Rousseau “para confrontar el paisaje con las descripciones.” Rousseau, o fragmentos de Rousseau, están en nacimiento de la Argentina como proyecto nacional. La contemplación de su paisaje y la constatación del mismo en las páginas de los libros también nos es propia. Sobre las dos patrias se dijo mucho. Así que mientras releo Viaje sentimental, al cual accedo traducido al castellano desde el italiano, me dejo tentar por el vértigo de las analogías y empujo todavía un poco más. ¿Y si en vez de pensar a Žižek como un excéntrico teórico del peronismo, admitiéramos la pertenencia de la Argentina a ese conglomerado de culturas y lenguas que llamamos Europa del Este? Es verdad, la geografía más elemental nos juega en contra. Pero el océano Atlántico no impidió nunca que nuestras raíces europeas florecieran en la pampa, en la cordillera o en nuestros litorales. Por otra parte compartimos con nuestros hermanos eslavos esa mezcla de brutalidad balcánica y fornidas tradiciones, esa segundidad tironeada por el centro y la romántica periferia que nos hace sensibles a la experimentación política, al caudillismo y al ejercicio del carisma en diálogo con la modernización de los regímenes del trabajo. Eslovenia, después de todo, limita con Italia. Y todos sabemos que Italia y Argentina existen pegadas, con especial énfasis en las idiosincracias culturales, el fatalismo, la melancolía mediterránea y la frontera lingüística de los nombres propios.

¿No sería entonces Ernesto Laclau sino Žižek el lacaneano del kirchnerismo? Es probable. Sin embargo, cuando estuvo por acá, Buenos Aires no logró imponerle su lengua, ni seducirlo, ni mucho menos transmitirle las ideas base de nuestro máximo aporte a la praxis política. En vez de eso, el filósofo chocó contra los aguerridos lacaneanos locales, contra su meritocracia y su organicidad que es mucho más exigente que la del PCUS. Público cautivo pero ávido de herramientas conceptuales y poco atento a desafíos abstractos, descubrió rápidamente la heterodoxia del esloveno y lo condenó. No hubo discusión. Era previsible. Los hombres y mujeres de la EOL hablan el lenguaje íntimo y clínico, casi fóbico, del consultorio. Žižek los invitaba al camino de la participación comunitaria y encima les decía que Deleuze era lacaneano. Mucho mejor le fue en el plano menos estratificado de la continuidad editorial y en el más anárquico de la Facultad de Filosofía y Letras donde lo aplaudió una multitud. Y sin embargo, eso no alcanzó y Žižek partió hacia nuevos destinos universitarios. (Su visita tiene otro capítulo, bastante conocido. Sus biógrafos van a tener que contarlo. No me detengo en él porque aparte de goce habría que hablar de sexo y chismes, y eso me estropearía, al menos aquí, el estilo.)

Voy cerrando: la Argentina siempre fue ineficiente exportando teoría política. Más bien resultó una omnívora importadora con muy disímiles resultados. Mientras tanto, hay un documental que puede verse en YouTube donde Žižek monologa debajo de un cuadrito con la imagen de Stalin que tiene en la entrada de su casa en Liubliana. El filósofo explica ese recibimiento con una frase simple y directa. Se trata de una provocación contra el progresismo sí, pero también de una declaración de principios políticos: “El punto es evitar la trampa de la oposición standard del liberalismo: libertad versus totalitarismo o disciplina y entonces rehabilitás las nociones de disciplina, orden colectivo, subordinación, sacrificio y todo eso.” La frase es soviética y leninista, pero ¿no suena también al discurso orgulloso de los lectores institucionales, pero no necesariamente distraídos, de La comunidad organizada?

Cualquier argentino, incluso el más gorila, sabe que Juan Domingo Perón fue un líder mejor, más humano, más genuino y feliz, más decididamente exitoso, que Iósif Stalin. Mientras tanto, hoy, ahora mismo, en algún gabinete filosófico de un campus del norte, quizás sin saberlo, envueltos en lecturas atrasadas del seminario 7, alumnos ocasionales de Slavoj Žižek sueñan con la pinta de Carlos Gardel.///PACO

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