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"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot

10.7.15

Jueves feriado

Sueño que un grupo de escritores camina conmigo desde un balneario a otro punto de la Provincia de Buenos Aires. Hay viento y nos abrigamos. Funes no se preocupa por el sol ni por el viento. Habla mucho y por momentos se dirige a mí, inquisidor. “Cuando tengas lo que esperás de él te vas a ir”. Lo miro como diciéndole que se calle. Me contesta que todos somos de algún modo interesados. Siento una especie de odio ancestral y tengo ganas de que desaparezca. Yo no me estoy colgando de las tetas de nadie. Por fin llegamos a una especie de finca, detrás de los médanos. Entramos y me presentan a César Aira. Veo que sobre la mesa tiene un block de hojas amarillas. Le digo si me deja entrevistarlo. Soy rápida, demasiado. De pronto pienso que no leí casi nada, que no da lo que intento hacer. Aira se siente halagado y se sienta esperando mi primera pregunta. Pienso de mí que soy una improvisada y en seguida cambio esa palabra por otra. Soy astuta, digo para mis adentros. Rápida, astuta, coyuntural. Aira quiere que le cuente algo, espera mi pregunta pero más espera conversar. “A ver… ¿Qué es lo que quiere saber?", dice apurándome. Yo arremeto y la charla fluye. Lo escucho y tomo algunas notas por si el grabador del celular no estuviera andando. Cuando estoy menos nerviosa, incluso lo interrumpo. Aira me mira insistente. Me mira fijo, a los ojos. Pienso en aprovechar esa buena conexión. Le tiro una pregunta en referencia a “El ensayo y su tema”. Sonríe, le gusta el pie a esa cuestión. Menos mal que algo leí, pienso. Poco, pero algo leí. Tal vez no es buena idea esa estupidez de abarcar a los autores en su totalidad. La charla se vuelve fluida y Aira quiere más preguntas. Le cuento mi tara. “No sé por qué pienso así"; le digo. "Me cuesta abordar a los autores de obras muy extensas”. Mi sinceridad le gusta, lo noto. Entonces le pregunto por la extensión de su obra. Aira se desata y habla sin parar. Los demás escritores miran de reojo, pero siguen con lo suyo. Van al fondo a ver a los chanchos, comen pan casero, inspeccionan la casa de Aira, sus libros, su biblioteca. Luego todo entra en la etapa del declive. La energía decrece. Aira deja de mirarme a la cara y se desconcentra. Levanta los ojos en dirección al cielo como buscando adivinar la hora, le hace una pregunta a alguien, que anda por ahí, y me agradece la cortesía de la entrevista. Yo quiero seguir pero tengo entre manos una orden de desalojo. Entonces le pregunto cómo podríamos volver a la capital y Aira me explica muy amable un camino hasta la terminal de ómnibus, hasta que, al final, dice que mejor nos acompaña, que él también tiene que salir. Su mujer le alcanza un tapado y avanzamos todos por las calles de tierra del pueblo costero. Ella tiene los labios resecos, castigados por el viento y por el sol dañino de la capa de ozono agujereada. Le estoy dando mi manteca de cacao cuando algo me despierta y recuerdo la foto de Silvina y Bioy que puse anoche en el fondo de pantalla de mi computadora.

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