.


"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot

28.6.15

Marguerite Duras

“Jamás bebía para estar borracha. Jamás bebía deprisa. Bebía todo el tiempo y nunca estaba borracha. Estaba retirada del mundo, inalcanzable, pero no borracha. [...] Un cuerpo alcohólico funciona como una central, como un conjunto de compartimentos diferentes vinculados entre sí por la persona entera. El primer afectado es el cerebro. Es el pensamiento. La felicidad por el pensamiento primero y luego el cuerpo. Es ganado, empapado poco a poco, y transportado, es la palabra: transportado. A partir de cierto tiempo se tiene la elección. Beber hasta la insensibilidad y la pérdida de la identidad, o permanecer en las primicias de la felicidad. Morir de algún modo cada día, o bien seguir huyendo”. 


La vida Material, Marguerite Duras.
¿Te acordás cuando era un caño roto
la poesía el agua que filtraba
la perforación arrastrando
partículas de plomo, cobre, Arsenio?

¿Te acordás cuando a borbotones fluían
los versos se asociaban
siguiendo un hilo absurdo
de imágenes reconocibles?

Cuando insistías con la oración y
su suma en párrafos, capítulos.
Cuando te obligabas a romper el ritmo
de las sílabas encolumnadas.

Entonces creías en el amor
de todos los colores
en la experiencia sensible de la intimidad
y hasta en tu propio deseo.

Ahora los versos se te niegan
y lo que fluye te lastima
no querés borrar y cuenta nueva
porque deseás un imposible.

Entonces es hostil, desangelado
tu escritorio un campo de batalla
las palabras muertos en el frente
la ilusión un manchón en el papel.

A dónde va a parar todo este amor
nombralo como quieras, esta fuerza
a dónde meto estos pensamientos, los sueños
que voy a dedicarte en media hora.




24.6.15

#Borges por cuatro

Taller sobre el Borges periodista, ensayista, peronista y lector.
Los lunes de julio. En el CEC. Más info acá.

23.6.15

#Barriletes cósmicos

Sebastián Pandolfeli y los Barriletes Cósmicos le pusieron música al postfacio de mi primer libro de poemas: Breviario, o el oficio religioso.
"Que no deje de pasar".
http://sebastianpandolfelli.bandcamp.com/track/s-que-ma-ana

17.6.15

#Presentación Pelos, Las Claudias




Jueves 25 de junio
20 horas
Casa Brandon
Drago 236

12.6.15

Pelos, Editorial Outsider

Una antología de muchas cosas.
[Nueva versión e-book]
Las Claudias
Editorial Outsider, 2015.


***Próximamente presentación***
25/6/15 | 9.30 hs
Casa Brandon [Luis María Drago 236]
www.eloutsider.com.ar




Un´ora di nuoto (fragmento*), de Laura Salvai

La casa estaba al lado de la iglesia y daba a la calle principal. La puerta de madera, agujereada por las polillas, se había hinchado, por la lluvia. De la entrada oscura salía una escalera, empinada, con escalones de piedra que llegaban al primer piso. Había olor a musgo del pesebre. En el descanso había dos puertas que se abrían a dos habitaciones: a la izquierda, un dormitorio con dos catres de hierro; a la derecha, una cocina con un sillón en una esquina. Eso era toda la casa.


—También hay un baño —dijo Carmela—. ¿Querés verlo?


Le respondí que no; en la cocina había algo que me interesaba más: sobre una mesita cubierta con un mantel tejido al crochet había un casco de astronauta anaranjado. Parecía un objeto olvidado por el equipaje de una nave espacial que había venido del futuro. ¿Qué hacía ahí?


Cuando vi la pantalla gris entendí que era un mini televisor. Acaricié el plástico brillante que reflejaba los recuadros de la ventana.


—¿Funciona? —pregunté ansiosa.


Carmela se había agachado y hurgaba en las repisas de un mueble. Apenas se volvió.


—Obvio. Es nuevo.


Me moría de ganas de encenderlo.


–¿Lo encendés?


—Después.


Se alzó y me puso un paquete de papas fritas en la mano.


—Ahora comé, Biafra.


No le respondí; no tenía ganas de discutir en su casa. Y además las papas fritas me encantaban. ¡Una vez que podía comerlas en paz! Me metía puñados enteros en la boca.


—Mi mamá no las compra nunca. Dice que están llenas de aceite.


—Pero vos sos flaca. ¿Qué mal te pueden hacer?


—No sé —Era la verdad: no lo sabía. Y fue en ese momento que me di cuenta de que no había nadie que nos dijera qué hacer o qué no hacer.


*


Al día siguiente, mientras hacía los deberes en la mesa de la cocina, mi mamá vino a decirme que iba a ir a la casa de Carmela para convencer a la madre de que la deje venir con nosotras al centro salesiano en auto.


—No me cuesta nada —dijo—.Y además me duele el corazón de pensar en esa criatura sola en la parada del colectivo. “Me duele el corazón”, ¡qué modo tan ridículo de hablar! Era clarísimo que no conocía a Carmela. Hablaba con esa voz llena de consideración.


–No quiero tomar iniciativas sin el permiso de la madre. Nunca se sabe.


—Hacé como quieras —le dije. A mí me daba lo mismo.


Seguí haciendo los deberes. Media hora después volvió a casa con una expresión sombría en la cara. Entró en la cocina sin decir palabra y fue a la pileta como una flecha. Enjuagó un par de vasos como si quisiera romperlos. Yo le fijé los ojos en la espalda, tratando de decir algo para romper el silencio. Cuando se queda callada es peor que cuando me reta.


—¿Le hablaste?


Cerró la canilla con un gesto brusco.


–No. La madre no estaba.


—Te lo había dicho. Trabaja en una fábrica. Yo nunca la vi.


Se volvió de golpe, agitando una cuchara de madera en mi dirección.


–Esa criatura está siempre sola en casa.


Por un instante pensé que la madre de Carmela no existía y que ella vivía sola, sin adultos, como Pippi Medias Largas.


—Y además esa casa es un antro. Hay mufa en las paredes— Lo decía como si fuese culpa mía. Alcé las manos para hacerle entender que yo no tenía nada que ver. Se lo tenía que decir a su bien amado cura. Por lo que yo sabía, él las había llevado ahí cuando habían llegado de Calabria. Se había visto obligado a ayudarlas, porque en la Biblia está escrito que hay que socorrer a los huérfanos y a las viudas. Era lo único que le importaba.


Con la plata de la misa se había comprado dos departamentos nuevos y los alquilaba solamente a los piamonteses. Pero el cura no se ponía en discusión. Había algo que le molestaba más, se veía a la distancia. Al final lo dijo con los dientes apretados.


–Ni siquiera tienen un baño; pero en la cocina hay un televisor último modelo.


Salté de la silla, haciendo caer los cuadernos.


–¿Lo viste? Parece un casco de astronauta. ¡Es hermoso!


Extendió un brazo como si quisiera repeler un ataque de Satanás.


–Es así como los pobres tiran la plata; acordátelo bien.


Me caí otra vez en la silla. Caramba. A mí Carmela no me parecía pobre para nada. En el recreo siempre tenía un paquete de papas fritas comprado, y no un sánguche hecho en casa envuelto en el paquete de los fideos, como los que llevaba yo.

*Traducción: Viviana Lovotrico

8.6.15

Pasar los ojos sobre algunas palabras y recorrerlas como quien pasa un dedo sobre la piel del que espera que lo ame. Los taladros intentan distraer con sus quejidos esa lectura profunda, pero la voz oculta en el orden de las oraciones, la música de esas palabras y el mito que se narra, la referencia obligada de la memoria que establece relaciones, va al pasado, arrastra un momento agradable y lo pone a arder encima del fuego del presente, todo, todo eso eclosiona en la lectura atenta que nadie más debe hacer. 

29.5.15

Poema de la espera neurótica

Me hago unir a vos por cualquier cosa. En pocos años me volví experta. Invento links de explicaciones. Le pongo sentido a mi intuición. Deliro. Tiro hilos invisibles. Y cuando todos duermen sueño los lugares donde estás. Me alejo y me acerco como las luces en la ruta. Me alejo y me acerco cuando llueve. ¿Querés que le cantemos al camión volcado? Puedo intentarlo cuando te extraño. De día, en la ducha, le canto a las hojas del otoño, pero puedo disfrazarme si querés. Tocar un piano de acero que suene a guerras perdidas. Puedo esperar sentada en el cordón de la vereda porque no tengo otro mapa a donde ir. Me dibujo recorridos y me invento pasados, pero estoy frenada acá, sin foco, como la ruedita que gira en falso cuando se cae internet. 

23.5.15

Vení, escribite algo.


Presentación de Lo más lindo que hay, de Pablo Silva Olazábal

http://www.eloutsider.org/presentacion-de-lo-mas-lindo-que-hay-de-pablo-silva-olazabal/

Las vestiduras peligrosas, Silvina Ocampo

Lloro como una Magdalena cuando pienso en la Artemia, que era la sabiduría en persona cuando charlábamos. Podía ser buenísima, pero hay bondades que matan, como decía mi tía Lucy. Lo peor es que por más que trate, no puedo describirla sin quitarle algo de su gracia. Me decía: —Piluca, haceme un vestido peligroso. Era ociosa y dicen que la ociosidad es madre de todos los vicios. A pesar de eso, hacía cada dibujo que lo dejaba a uno bizco. Caras que parecía que hablaban, sin contar cualquier perfil del lado derecho que es tan difícil; paisaje con fogatas que daba miedo que incendiaran la casa cuando uno los miraba. Pero lo que hacía mejor era dibujar vestidos. Yo tenía que copiarlos después, esa era la macana, porque la niña vivía para estar bien vestida y arreglada. La vida se resumía para ella en vestirse y perfumarse; en seguida me decía chau y ni un lebrel la alcanzaba. Cuántas personas menos buenas que ella hay en el mundo que están todo el día en la iglesia rezando. Yo había trabajado de pantalonera antes de conocerla y no de modista como le dije, de modo que estaba en ascuas cada vez que tenía que hacerle un vestido. Perdí mi empleo de pantalonera, porque no tuve paciencia con un cliente asqueroso al que le probé un pantalón. Resulta que el pantalón era largo de tiro y había que prender con alfileres, sobre el cliente, el género que sobraba. Siendo poco delicado para una niña de veinte años manipular el género del pantalón en la entrepierna para poner los alfileres, me puse nerviosa. El bigotudo, porque era un bigotudo, frente al espejo miraba su bragueta y sonreía. Cuando coloqué los alfileres, la primera vez me dijo: —Tome un poco más, vamos —con aire puerco. Le obedecí y volvió a decirme con el mismo tono, riéndose: —Un poco más, niña, ¿no ve que me sobra género?. Mientras hablaba, se le formó una protuberancia que estorbaba el manejo de los alfileres. Entonces, de rabia, agarré la almohadilla y se la tiré por la cara. La patrona no me lo perdonó y me despidió en el acto diciendo que yo era una mal pensada y que la protuberancia se debía al pantalón que estaba mal cortado. Soy una mujer seria y siempre lo fui. La señorita Artemia me tomó por el diario. Acudí a su casa con la cédula. En seguida simpatizamos y le dije que me llamara por el sobrenombre, que es Piluca, y no por el nombre, que es Régula. Iba a su casa tres veces por semana, para coser. Siempre me invitaba a tomar un cafecito o una tacita de té, con medias lunas. Yo perdía horas de trabajo. ¿Qué más quería?. Si yo hubiera sido una cualquiera, qué más quería; pero siendo como soy me daba no sé qué. A pesar de la repugnancia que siento por algunas ricachonas, ella nunca me impresionó mal. Dicen que estaba enamorada. Sobre su mesa de luz, pegada al velador, tenía una fotografía del novio que era un mocoso. Tenía que serlo para dejarla salir con semejantes vestidos. Pronto me di cuenta de que ese mocoso la había abandonado, porque los novios vienen siempre de visita y él nunca. El amor es ciego. Le tomé cariño y bueno, ¿qué hay de malo?. Un enorme ventanal ofrecía el cielo a mis ojos, una regia máquina de coser eléctrica estaba a mi disposición, un maniquí rosado traído de París, que daba ganas de comerlo, una tijera grandota, que parecía de plata, un millón de carreteles de sedalina de todos colores, agujas preciosas, alfileres importados, centímetros que eran un amor, brillaban en el cuarto de costura. Una habitación 23 con sus utensilios de trabajo no parece nada, pero es todo en la vida de una mujer honrada. Hay bondades que matan, como dije anteriormente; son como una pistola al pecho, para obligarle a uno a hacer lo que no quiere. —Piluca, hágame este vestido para mañana. Piluquita, aquí está el género y el modelo —rogaba la Artemia—. —Pero niña, no tengo tiempo. —Yo sé que lo vas a hacer en un cerrar y abrir de ojos. —Manos a la obra —yo exclamaba sin saber por qué, y me ponía a trabajar—. Me tenía dominada. A veces yo trabajaba hasta las cinco de la mañana, con los ojos desteñidos por la luz, para concluir pronto. El lirio de la Patagonia me ayudaba. Llevaba siempre su estampita en mi bolsillo. La señorita Artemia era perezosa. No es mal que lo sea el que puede, pero dicen que la ociosidad es madre de todos los vicios y a mí me atemorizan los vicios. Sin embargo, para algo no era perezosa. Dibujaba, de su idea propia, sus vestidos, ya lo dije, para que yo se los copiara. No crean que esto era fácil. Con un molde, yo cortaba cualquier vestido; pero sacar de un dibujo el vestido, es harina de otro costal. Lloré gotas de sangre. Ahí empezó mi desventura. Los vestidos eran por demás extravagantes. A veces ella misma pintaba las telas, que en general eran livianas y rosadas. El jumper de terciopelo, el único de terciopelo que le hice, tenía un gran escote por donde me explicó que se asomaría una blusa de organza, que cubriría sus pechos. Varias veces le recordé, después de terminarle el jumper, que tenía que comprar la organza, para hacerle la blusa. El día que se le antojó estrenar el jumper, no estaba hecha la blusa: resolvió, contra viento y marea, ponérselo. Parecía una reina, si no hubiera sido por los pechos, que con pezón y todo se veían como en una compotera, dentro del escote. Mama mía. La acompañé hasta la puerta de calle y después hasta la plaza. Allí me despedí de ella. No pude menos que admirar la silueta envuelta en el hermoso forro negro de terciopelo que a regañadientes yo le había cortado y cosido. Qué extravagancia. Al día siguiente, cuando la vi, estaba demacrada. Tomó el diario bruscamente y me leyó una noticia de Budapest, llorando. Una muchacha había sido violada por una patota de jóvenes que la dejaron inanimada, tendida y desgarrada en el suelo. La muchacha llevaba puesto un jumper de terciopelo, con un escote provocativo, que dejaba sus pechos enteramente descubiertos. La Artemia lloraba como si se hubiera tratado de una parienta o de una amiguita o de su madre. Yo le pregunté por qué lloraba: qué podía importarle de una muchacha de Budapest que no había conocido. ¡Qué sensibilidad!. —Debió de sucederme a mí —me contestó, enjugándose las lágrimas—. —Pero niña, está bien que sea buena —le dije— pero no hasta el punto de querer sacrificarse por la humanidad. —Es horrible que esto haya pasado. Comprenda que es mi jumper el que llevaba esa mujer. El jumper que yo dibujé, el que me quedaba bien a mí. No comprendí. Me ruboricé y sin decirle nada salí del cuarto, para tomar una tacita de tilo. Al día siguiente volvió con el dibujo de un vestido no menos extravagante, para que se lo copiara. Fruncí el ceño y exclamé involuntariamente: —¡Dios mío! ¡Virgen Santísima!. —¿Qué tiene de malo? —me dijo fulminándome con la mirada. Y como yo no contestaba, prosiguió: —¿Para qué tenemos un hermoso cuerpo? ¿No es para mostrarlo, acaso?—. 24 Le dije que tenía razón, aunque no lo pensara, porque soy educada muy a la antigua y antes de ponerme un vestido transparente, con todo al aire, me muero. —Usted es una santulona, pero no hay derecho de imponerle sus ideas a los demás. —Fui educada así y ya es tarde para cambiarme. —Yo me eduqué a mí misma y no es tarde para cambiarme, pero no voy a cambiar. Ayúdeme, entonces —me dijo—. El vestido que había dibujado era más indecente que el anterior. Era todo de gasa negra, con pinturas hechas a mano: pinturas muy delicadas, que parecían reales, como el fuego de las fogatas y los perfiles. Las pinturas representaban sólo manos y pies perfectamente dibujados y en diferentes posturas; manos con anillos y sin anillos. Al menor movimiento de la gasa, las manos y los pies parecían acariciar el aire. Cuando terminé el vestido y se lo probó me ruboricé. La Artemia se complacía frente al espejo, viendo el movimiento de las manos pintadas sobre su cuerpo, que se transparentaba a través de la gasa. Le pregunté: —¿Cómo le hago el viso?. —Su abuela —me contestó—. ¿No sabe que se usa sin viso?. Usted, vieja, está muy anticuada. Esa noche salió a las dos de la mañana. Como era el mes de enero y hacía calor, no se puso un abrigo ni un chal para cubrirse. Con temor la vi alejarse y no dormí en toda la santa noche. Al día siguiente la encontré malhumorada, frente al desayuno. Tomó el diario en una mano, mientras con la otra bebía el café con leche. Me leyó una noticia: en Tokio, en un suburbio, una patota de jóvenes había violado a una muchacha a las tres de la mañana. El vestido provocativo que la muchacha llevaba era transparente y con manos y pies pintados. La Artemia se echó a llorar y yo traté de consolarla. —No puedo hacer nada en el mundo sin que otras mujeres me copien — exclamó sacudiendo la cabeza—. —Pero, niña, no diga esas cosas. —Son unas copionas. Y las copionas son las que tienen éxito. —¿Qué éxito es ése?. No es nada de envidiar. —No me entiende, Régula. —Llámeme Piluca y no se enoje. El siguiente vestido me sacó canas verdes. Era de tul azul, con pinturas de color de carne, que representaban figuras de hombres y mujeres desnudos. Al moverse todos esos cuerpos, representaban una orgía que ni en el cine se habrá visto. Yo, Régula Portinari, metida en ésas; no parecía posible. Durante una semana cosí temblando la túnica pintada con lúbricas imágenes, pero no sabía los efectos que sobre el cuerpo de la Artemia podían producir. Rebajé cinco kilos cosiendo ese dichoso vestido; rompí varias agujas de puro nerviosa. Aquel cuarto de costura era un tendal de géneros mal aprovechados. Senos, piernas, brazos, cuellos de tul, llenaban el piso. Felizmente la noche del estreno del vestido hubo un apagón en la cuadra y nadie vio salir a la Artemia de casa, cubierta de esa orgía de cuerpos que se agitaban al menor movimiento. Le previne: 25 —Va a tener frío, niña. Lleve un abrigo. —Qué frío puedo tener en el auto con calefacción. Era pleno invierno, pero la niña no sentía frío. Al día siguiente, nada nuevo auguraba su rostro. Otra vez leyendo el diario, sorprendió una noticia que la impresionó a tal punto que tuve que prepararle una taza de tilo. En Oklahoma, una muchacha salió a la calle con un vestido tan indecente, que la ciudad entera la repudió y un grupo de jóvenes, para ultrajarla, la violó. El vestido era de tul y llevaba pintados cuerpos desnudos que en el movimiento parecían abrazarse lúbricamente. Me dio pena y horror la perversidad del mundo. Aconsejé a la Artemia que se vistiera con pantalón oscuro y camisa de hombre. Una vestimenta sobria, que nadie podía copiarle, porque todas las jóvenes la llevaban. En mala hora me escuchó. Con suma facilidad y rapidez le hice el pantalón y una camisa a cuadros, que corté y cosí en dos patadas. Verla así, vestida de muchachito, me encantó, porque con esa figurita ¿a quién no le queda bien el pantalón?. Cuando salió de casa me abrazó como nunca lo había hecho. Tal vez pensó que no volvería a verme. Cuando fui a mi trabajo, a la mañana siguiente, un coche patrullero de la policía estaba estacionado frente a la puerta. Ese silencio, esa luz cruel de la mañana, me anunciaron algo horrible que después supe y leí en los diarios: Una patota de jóvenes amorales violaron a la Artemia a las tres de la mañana en una calle oscura y después la acuchillaron por tramposa. 

19.5.15

Estrógenos, primer manuscrito.

Estrógenos, primer manuscrito.

10 años de Casa Brandon


Valeria Iglesias, directora de Editorial Outsider
la escritora italiana Laura Salvai y yo.

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