Avandonó Manila por un rato, la costa oriental de la bahía, caminó en dirección opuesta a la desembocadura del río, a la isla de Luzón; salió de la Ciudad. Puso los pies en Caloocan, las manos en la tierra, la ropa en la cómoda de la pieza. Pero entonces estaba de nuevo, elucubrando, volviendo en cada pensamiento a Manila, a cada uno de sus habitantes, a las manos en el medio de la cama, al millón y medio de personas, uno a uno, los pensó. Manila. Su sonido. Su sueño convertido en postal, una postal sin escribir, que dejaría en la pared, en Navidad, alguna vez. Ma-ni-la. Por debajo de la cercana Quezón, a sus pies, atrás, Manila. En todas partes de sus pensamientos. La densidad arropada de las personas.
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"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot
10.4.14
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