soñé que me enojaba con mi mamá, me ponía el abrigo y salía expulsada de su casa en Lomas del Mirador, agarraba a la izquierda, como quien va hacia Las Antenas, y le metía un tranco ágil a mis pasos. la altura iba quedando atrás. tres mil ochocientos, tres mil novecientos, cuatro mil. después de una cantidad de cuadras, cuando la casa ya no se veía al girar la cabeza, ni el Hogar Betania, ni el asentamiento vecino, ya casi a la altura de Crovara, volvía a aparecer la casa de mis padres; de cerámicas amarillas, con su canasta de flores pintada encima, a mano, el pasto recién cortado, las rejas verdes y los canteros en degradé. era como irse a ninguna parte, pensaba yo, huir volviendo, no poder escapar. sentía una angustia difusa, levreriana, y además me decía: "es un sueño", como si soñara que estaba soñando.
después de recordar desayuné, fui hasta el Cerro Bayo, y devolví el auto que habíamos alquilado ayer. conducir achicó las distancias de golpe y me hizo sentir muy bien por varias horas. no estoy segura qué me gusta más; si la sensación de llevar a los otros a donde quieran, o la sensación del mundo al alcance de la mano, la posibilidad de avanzar muchos kilómetros rápidamente, en la dirección que sea, o incluso decidir detenerme a descansar, o bañarme en el lago.
después de recordar desayuné, fui hasta el Cerro Bayo, y devolví el auto que habíamos alquilado ayer. conducir achicó las distancias de golpe y me hizo sentir muy bien por varias horas. no estoy segura qué me gusta más; si la sensación de llevar a los otros a donde quieran, o la sensación del mundo al alcance de la mano, la posibilidad de avanzar muchos kilómetros rápidamente, en la dirección que sea, o incluso decidir detenerme a descansar, o bañarme en el lago.
por la tarde, después de una siesta, bajé al Nahuel Huapi con La novela Luminosa de Mario Levrero. de nuevo miré a un chico del campamento que se estaba sentando en el muelle con una guitarra. tenía unos shorts azules, a rayas, y el torso desnudo, bastante trabajado. me recordó a G, supongo, o a una imagen de G que rearmó mi recuerdo atolondrado de una vez y para siempre. luego de casi quince días de mirar el agua y leer, entré al lago de cuerpo entero. puse los pies, caminé hacia Chile —mirando el Paso Samoré— y enseguida el agua me llegó hasta las rodillas. me apoyé en un tronco que flotaba y quise sentarme. el tronco se hundió enseguida, como era de imaginarse, y mi cuerpo —íntegro— lo siguió sin perder tiempo. quedé sumergida, de pies a cabeza, en las aguas que, extrañamente, esa tarde tenían olas. es increíble cómo después del primer choque con el agua el cuerpo ya no siente frío. mis hijos hicieron una fiesta. les gusta ver mi cara de gila cuando entro al agua, salpicarme, saltar conmigo, reírse de mí. al rato un perro se había sumado al juego con nosotros. me hizo acordar al de la foto que pusieron en la tapa de El discurso vacío. le tirábamos un palito y él lo traía de regreso, le tirábamos una piedra y lo mismo. era negro azabache, de pelo cuidado y lustroso. dejé a los chicos entretenidos en ese juego de reiteraciones. salí del agua y me dispuse a leer. antes tiré un toallón sobre la piedra y busqué en la mochila los lentes de sol. cuando estaba en la mejor parte del diario de Levrero, diciembre, el autor insistiendo en hacer funcionar un aire acondicionado que compró, el perro ya se había acomodado a mi lado, sin que lo viera, y sacudía su cuerpo empapado sobre mí. recordé a P, a quien dediqué mi Breviario, su forma temeraria de echar por tierra a otros autores, de desautorizarlos, de desestimarlos para hacerme creer, escribir, confiar en mi prosa frágil y temblorosa.
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