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"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot

22.10.10

El hilo encerado

Fue así. 
Me descuidé un segundo. 
Dieguito se cayó y se abrió la cabeza. 
Me acuerdo que dije “uy teléfono” y que crucé el patio hasta la cocina. 
Los enanitos tendrían uno y medio, máximo dos, y caminaban como astronautas. 
Greta Silva era la que llamaba. Me saludó y me pidió la tarea.
Habré tardado un minuto en pasarle todo. 
-Buscar los cordones montañosos de Europa y ubicar los picos más altos. 
Cuando iba a cortar sonó otra alarma. 
Un grito que me aflojó los dedos, mandando el teléfono al piso. 
Salí al patio y lo vi. 
                         Granito fuera de foco y en el medio Diego, tirado sobre las baldosas. 
Vero deambulaba sin norte, se agarraba con la mano la cabeza. 
                                                                                            Como si ella se hubiera golpeado.
Era el año 1987. 
Estaba sola y los celulares iban a ser masivos recién para la segunda mitad de los noventa. 
Minimicé el asunto y alcé a mi hermano que no lloraba. 
Vero nos seguía, toda una Magdalena. 
Él se iba quedando dormido, dejaba que le cuelgue la cabeza. 
Le dije que no era nada y lo llevé hasta la canilla del patio. 
Salió un chorro frío y me mojé los dedos. 
Enseguida el agua fue de mi mano a su cabeza. 
Pero atrás del pelo y del barro tibio de la sangre, un hueso blanco, la piel abierta en un tajo. 
Y en seguida un mareo, las rodillas sin fuerza, el lavadero desdibujándose. 
Vero tironeaba mi pollera, me iba diciendo qué hacer. 
Puedo jurar que fue así, que sin hablar me guiaba. 
De nuevo el tubo en la oreja y a discar los números que sabía de memoria. 
No me atendió la vecina de Acevedo, ni mi papá en la oficina, vaya a saber por qué. 
No estaba el tío Gustavo, 
y Diego seguía sangrando. 
Manoteé otra toalla y la puse en la herida. 
Las agujas del reloj de la cocina se frenaron a esa hora. 
Lo vi después. 
Las tres de la tarde quedaron hasta las seis, 
cuando volví del hospital.
Me saqué a Diego del hombro y lo puse boca arriba. 
Busqué la puerta de calle con los ojos, di dos pasos y volví. 
Senté a Vero al lado suyo y le improvisé una almohada. 
No había tiempo de dudar. 
Entré en el pasillo medio oscuro, camino a la vereda. 
A veces sueño que ese corredor es tan largo como el que llevaba a Juana de Arco hasta en infierno. 
Lo vi en una película y me sigue apareciendo. 
Estoy con un hombre, la cara de otro, y de pronto me quedo sola en el momento justo. 
El pasillo es estrecho y oscuro. 
Está lleno de hilos de baba negra que lo vuelven resbaladizo. 
Yo me caigo y me levanto, y me enredo con la pollera que tengo enroscada en la cintura. 
Pero salgo y la luz me pega en los ojos, y no hay nadie a las tres de la tarde en la Tablada.
Corro para el lado de San Martín y me acuerdo de la puerta, y de ellos dos adentro. 
Vuelvo para cerrarla pero no. 
Un auto conocido dobla la esquina y entra por Las Heras. 
Salto a la calle y abro los brazos. 
Un poco pidiendo ayuda, un poco que me pasen por arriba. 
El tipo frena y saca la cabeza. 
Es Pepe, un anarquista que vive en frente de mi casa. 
Serigrafista. 
Le hago una seña con la mano para que espere. 
Sin explicarle entro a mi casa. 
Lo que viene es yo cargando a Diego y Vero siguiéndonos, unos pasos rezagada. 
Pepe que se baja, abre la puerta, y acomoda a Vero en el asiento de atrás. 
Le dice que no llore. 
Es un señor grande, él, canoso, la voz siempre afónica. 
Toda su ropa huele a tonner. 
Yo subo adelante, la remera empapada y la sangre que sigue. 
Entiendo que es grave lo que pasa cuando miro los ojos de mi vecino, que no dice nada y acelera.
En menos de veinte minutos estoy en la guardia del Hospital Santojiani. 
Pepe con Vero en el auto, estacionando. 
Yo con mi hermano a upa, sola.
-“Que pase la mamá con el nene lastimado”.
Entro y conmigo una mesita con ruedas, yodo en una botella, olor a hospital como una ráfaga. 
Detrás, calzándose los guantes, viene el médico de turno. 
-“¿Se siente bien mami?”.
Un sí mudo sale como grito. 
Le contesto con los ojos, ahorrando la energía que me queda. 
El médico empapa una gasa con el líquido marrón y la enfermera asegura las dos piernas de mi hermano. 
Yo sostengo su cara, la herida mirando para arriba. 
Junto las muelas y aprieto con fuerza. 
-“Sería mejor que la mamá espere afuera”, larga el médico, la mirada en mi cara empalideciendo. 
-“Estoy perfectamente bien doctor”, le contesto a punto del desmayo, y elijo adrede esa palabra. 
"De acá no me mueve nadie", me acuerdo que pensé, y me gustó que se confundan. 
La aguja entró por un extremo del cuero cabelludo, de afuera hacia adentro y después al revés. 
Lo más parecido a coser una cartera.
El médico tomó las puntas del hilo encerado y tiró con las dos manos. 
La sangre que sobraba rebalsó, y el primer nudo juntó lo que se había roto. 
Así hasta cinco nuditos, uno al lado del otro, todos en primerísimo primer plano. 
Apto para mayores de trece. 
Radiografía, vendas, dieta en un papel y que no duerma. 
Me dieron todo eso, y a mi hermano remendado. 
Cuando volvíamos me asaltó el terror a la penitencia. 
Hice una lista de las posibles, pero me equivoqué. 
Donde esperaba un mes sin salidas, había una especie de entrega de medallas a los héroes de Vietnam. 
Mi mamá me abrazaba, contaba la hazaña y no dejaba de felicitarme. 
Cayeron algunos vecinos y el resto de mis hermanos. 
Yo sentía las miradas.
Esa fue la primera vez que pensé que una hora no dura sesenta minutos, que depende. 
Y desde ese día me la pasé proyectando sistemas individuales de medición del tiempo.

3 comentarios:

  1. Sencillamente...¡estupendo relato! También pienso en que hay horas de más de sesenta minutos.
    Felicidades. Placer leerte.

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  2. Qué bien te salió esto, Leti.
    Saludos!

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  3. Leti: Sos verdaderamente una increible escritora. Lograste transportarme en el tiempo, como si hubiese sido conciente aquella vez. Es impactante el detalle con el que relatas y las descripciones

    tan reales de lo que sucedio, por un momento se me vino algun cuento de garcia marquez que ya no recuerdo. jejeje !

    B u e n i s i m o !

    Un abrazo !

    D I e G O

    PD: Segui escribiendo de cacho y etelvina, mi F-1 y mas cosas.

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