Soñé con Coetzee. Estaba en unos pasillos como los del subte y aparecía él, montando a caballo sin nada en las manos, sin su camisa y su corbata excéntricas. Coetzee en cuero, preocupado por dejar atado su animal a una baranda, para que no se le escape. Coetzee concentrado, metido en lo suyo, serio, esbelto, canoso. Coetzee dejando ver su prosa cuidada en cada uno de sus movimientos.
En el sueño yo estaba acompañada, aunque no puedo ver por quiénes. El sueño se me hace esquivo cuando intento escribirlo. Sí puedo ver que estaba ordenando una serie de cajitas o frascos pequeños, como de cremas, que antes había pintado de color amarillo para que formen un conjunto. Con mis manos trabajaba enroscando el cable de un auricular que intentaba meter en uno de esos micro-frascos, de tapa dorada, donde era obvio que toda esa cantidad de cable no iba a entrar.
Coetzee me miraba y yo le decía "hola", levantando la mano. De pronto lo veía acercarse. Él me preguntaba qué estaba queriendo hacer y yo le explicaba que no podía meter el cable en el frasquito. Entonces me lo pedía y en una serie de movimientos meticulosos hacía unos círculos muy pequeños y lograba meter el cable en el recipiente. Volvía a mirarme y yo entendía -sin que dijera una palabra- que me estaba pidiendo la tapa. Se la alcanzaba y pensaba que no debía entrometerme, que si esperaba a que él cerrara la rosca todo iba a salir bien. Pero la tapa zafaba y el cable se salía como en un torbellino y Coetzee se reía fuerte y me decía que era casi imposible, pero no imposible, porque nada es imposible en esta vida, y volvía a intentarlo. Sin alterarse Coetzee volvía a enrollar el cable en círculos pequeños, como quien reescribe un párrafo para decir lo mismo en una nueva y mejor economía del lenguaje. Lo miré trabajar en silencio. Pensé si de verdad era parecido a Hemingway, como se me había ocurrido alguna vez, o si el parecido era apenas un deseo que yo forzaba en el intento por superponer las virtudes literarias de cada uno.
Una ráfaga de viento cerró una puerta. Algo más pasaba a mis espaldas, pero el recuerdo del sueño borra esos instantes. Posiblemente aparezcan personajes de mi trabajo o de mi familia. No lo sé. Sí recuerdo con nitidez mis pensamientos de ese fragmento esquivo de tiempo que compartí con Coetzee en los pasillos de un subte. Quería hablar de los libros Infancia y Desgracia, pero temía que la conversación derive en otros de sus libros que no había leído y entonces permanecí en silencio.
Sentí la cercanía de mis propios límites y escuché el tic tac del timmer de la cocina de mi casa indicando la velocidad en que se consumía el tiempo que iba a durar ese encuentro. Quería decir algo inteligente, sacar un tema que mantuviera a Coetzee un rato más entre mis frascos y cajitas hablando de lo que él quisiera; sin embargo me quedé en silencio mirándolo. Su lentitud en avanzar contrastaba con mi ansiedad por detener el tiempo, agregarle segundos a los minutos y minutos a la hora. Intenté formular una pregunta en mi cabeza. ¿A qué hora escribís? ¿En qué circunstancias escribís? ¿Con qué excusa escribís? ¿Por qué escribís? ¿Para quién escribís? Pero todo era basura inservible para mantener a Coetzee cerca. Quise bajarlo del caballo. Le disparé a la sien. Lo imaginé desnudo, desgarbado, transpirado, con un par de zoquetes azules sobrepasando la altura de sus tobillos. Ridiculicé a Coetzee en mis imágenes mentales. Lo hice enamorarse de alguna mujer horrible que no lo correspondiera, lo ensucié de barro, lo puse a llorar y a sonarse los mocos. Pero nada de eso escribió la pregunta inteligente en la punta de mi lengua. Cuando todo iba desaparecer porque la alarma del timmer indicaba que el tiempo se había agotado, Coetzee me decía que era un afortunado al encontrarse con una persona que le proponía un desafío que no podía cumplir y que no le hacía alguna de esas preguntas estúpidas. En ese momento se abría la puerta de un vagón del subte, amarillo como mis cajitas, y se veía la cabeza de una mujer asomando por la ventanilla. Coetzee ya no hablaba sino que extendía su mano alcanzándome el frasco cerrado con el auricular perfectamente acomodado adentro. Mientras lo hacía, le decía a su mujer que ya iba; pero no se despedía de mí.
Yo, en mi intento por retomar el sueño, hacía fuerza para volver atrás, al momento en que entendía que ese hombre a caballo era Coetzee o al momento en que se acercaba y lo saludaba y le mostraba mi cable y mi frasquito. Pero estaba en mi cama y sonaba una alarma y el tren se iba tras ese ruido y al lado mío estaba mi esposo. Lo intenté una vez más. Nada es imposible. Si hacía fuerza el sueño podría reanudarse. Sin embargo ya era tarde. Tenía ganas de hacer pis y el estómago me pedía café con leche y algo de comer. No alcanzó con que evitara el momento en que los pensamientos aterrizan en las necesidades fisiológicas.
Coetzee me miraba y yo le decía "hola", levantando la mano. De pronto lo veía acercarse. Él me preguntaba qué estaba queriendo hacer y yo le explicaba que no podía meter el cable en el frasquito. Entonces me lo pedía y en una serie de movimientos meticulosos hacía unos círculos muy pequeños y lograba meter el cable en el recipiente. Volvía a mirarme y yo entendía -sin que dijera una palabra- que me estaba pidiendo la tapa. Se la alcanzaba y pensaba que no debía entrometerme, que si esperaba a que él cerrara la rosca todo iba a salir bien. Pero la tapa zafaba y el cable se salía como en un torbellino y Coetzee se reía fuerte y me decía que era casi imposible, pero no imposible, porque nada es imposible en esta vida, y volvía a intentarlo. Sin alterarse Coetzee volvía a enrollar el cable en círculos pequeños, como quien reescribe un párrafo para decir lo mismo en una nueva y mejor economía del lenguaje. Lo miré trabajar en silencio. Pensé si de verdad era parecido a Hemingway, como se me había ocurrido alguna vez, o si el parecido era apenas un deseo que yo forzaba en el intento por superponer las virtudes literarias de cada uno.
Una ráfaga de viento cerró una puerta. Algo más pasaba a mis espaldas, pero el recuerdo del sueño borra esos instantes. Posiblemente aparezcan personajes de mi trabajo o de mi familia. No lo sé. Sí recuerdo con nitidez mis pensamientos de ese fragmento esquivo de tiempo que compartí con Coetzee en los pasillos de un subte. Quería hablar de los libros Infancia y Desgracia, pero temía que la conversación derive en otros de sus libros que no había leído y entonces permanecí en silencio.
Sentí la cercanía de mis propios límites y escuché el tic tac del timmer de la cocina de mi casa indicando la velocidad en que se consumía el tiempo que iba a durar ese encuentro. Quería decir algo inteligente, sacar un tema que mantuviera a Coetzee un rato más entre mis frascos y cajitas hablando de lo que él quisiera; sin embargo me quedé en silencio mirándolo. Su lentitud en avanzar contrastaba con mi ansiedad por detener el tiempo, agregarle segundos a los minutos y minutos a la hora. Intenté formular una pregunta en mi cabeza. ¿A qué hora escribís? ¿En qué circunstancias escribís? ¿Con qué excusa escribís? ¿Por qué escribís? ¿Para quién escribís? Pero todo era basura inservible para mantener a Coetzee cerca. Quise bajarlo del caballo. Le disparé a la sien. Lo imaginé desnudo, desgarbado, transpirado, con un par de zoquetes azules sobrepasando la altura de sus tobillos. Ridiculicé a Coetzee en mis imágenes mentales. Lo hice enamorarse de alguna mujer horrible que no lo correspondiera, lo ensucié de barro, lo puse a llorar y a sonarse los mocos. Pero nada de eso escribió la pregunta inteligente en la punta de mi lengua. Cuando todo iba desaparecer porque la alarma del timmer indicaba que el tiempo se había agotado, Coetzee me decía que era un afortunado al encontrarse con una persona que le proponía un desafío que no podía cumplir y que no le hacía alguna de esas preguntas estúpidas. En ese momento se abría la puerta de un vagón del subte, amarillo como mis cajitas, y se veía la cabeza de una mujer asomando por la ventanilla. Coetzee ya no hablaba sino que extendía su mano alcanzándome el frasco cerrado con el auricular perfectamente acomodado adentro. Mientras lo hacía, le decía a su mujer que ya iba; pero no se despedía de mí.
Yo, en mi intento por retomar el sueño, hacía fuerza para volver atrás, al momento en que entendía que ese hombre a caballo era Coetzee o al momento en que se acercaba y lo saludaba y le mostraba mi cable y mi frasquito. Pero estaba en mi cama y sonaba una alarma y el tren se iba tras ese ruido y al lado mío estaba mi esposo. Lo intenté una vez más. Nada es imposible. Si hacía fuerza el sueño podría reanudarse. Sin embargo ya era tarde. Tenía ganas de hacer pis y el estómago me pedía café con leche y algo de comer. No alcanzó con que evitara el momento en que los pensamientos aterrizan en las necesidades fisiológicas.









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