.


"La obra sólo es obra cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y el poder de oír". Maurice Blanchot

6.1.12

a mí me interesó

"tanto para un narrador como para un crítico, el presente es su más importante capital simbólico". Juan Terranova, en esta nota.

yo reye
te dejo las zapas
pero conmigo atroden
tirate unos paso, reye
dame una alegría.

5.1.12

a veces parece que sé

a C Castagna

el aliento largo
para que dure
porque estoy caminando un maraton
no apuro el tranco
voy hasta bastantelejos
no sé a dónde
pero falta mucho
como el pueblo allá adelante
el horizonte se va
corriendo como yo
paso a paso cansino
se adelanta si lo alcanzo
por eso voy
dibujando una filosofía sin dioses.

no importa llegar
                  la meta es la muerte
                              mi camino va a ninguna parte.


4.1.12

algunas noches dejo
la ventana abierta
no para que entre una bengala
para que esté la ventana
abierta
llegue el aire que respiro.
una vez mi papá
me compró un helado de frutilla
en la primera chupada se me cayó
el vendedor de helados vio la escena
se agachó y de atrás del mostrador
sacó un cartelito
una madera tallada
no le devolvemos su dinero
decía
jódase y no pregunte.

esto sí es Victoria



la señora Ocampo
con sus secuaces del Grupo Sur
sin blog
sin tuiter
con una mano sobre el hombro
del más grande.



3.1.12

regodeome
en mis propias
cursilerías.
a veces quiero
nacer de nuevo y
tener la voz del flaco Spinetta
en ese tema.

2.1.12

verónik

mi hermanita toca la guitarra
en el conservatorio de Morón
manda estos links
y se enamora de los chicos
que viven lejos.
mi hermanita cumplió 25
y me regaló una caja de té
con la cara de Fridda Kahlo
y adentro un saquito de tilo.
es más buena que mi mamá
se va de vacaciones a Chaco
le canta a los chicos y reparte
ropa y papeles de colores.
mi hermanita es una estrella
una primavera de lápices
la luz toda de golpe
en la cara.

mi paré

apuntalo el edificio de haber
construido diferente
fratachado la paré con acrílicos
pegado los ladrillos con mermelada
cavado los cimientos en arena
majestuosa y blanca
del paraíso de una playa a la que nunca fui
cavado en granitos de letras
millones
infinitas
infinidades
de posibles
movedizas
conjugaciones
de las arenas tibias del deseo.

31.12.11

Eso en la cabeza

Alejo había pensando en eso durante semanas. Desde que se levantaba, con el pito tenso entre las piernas hasta la noche cuando su hermano mayor hablaba por teléfono con la novia.

—Hablan bajito— me contó— esconden algo— y, zarpado como era, no se quedó con la duda. Empezó a concentrarse en escuchar. Probó con el vaso apoyado en la pared del baño, y como no funcionaba pasó varias noches en el cuartito, con una oreja pegada a la puerta y los pies fríos sobre el piso.  

Al final sabía todo, y de a poco me lo fue contado. Jugaba con eso y se hacía rogar porque sabía que el relato me dejaba como loco, temblando hasta la noche.
Alejo era el más fachero del grado. Ojos celestes, pelo rubio peinado raya al medio y un aire lejano a Patrick Swayze. Todas las chicas gustaban de él. No conocía ni la sombra de mi timidez y las cosas parecían salirle siempre perfectas.
—Tenés levante— le decíamos nosotros, y casi todos queríamos estar en su grupo.
Éramos mayoría varones, rodeados de solamente siete chicas. Digo siete, porque la octava era su prima, que para novia de él no contaba. Ella era la única del grado que no hablaba nunca con los varones. Era bajita, simpática, y sabía aprovechar la popularidad de Alejo, que de puro canchero se hacía llamar Maximiliano.
Yo estaba resignado. Sabía que él iba a ganarme siempre, a todo. Me llamo igual y mido lo mismo, pero tengo pelo marrón, piel marrón, y ojos marrones. Además si quisiera cambiarme el nombre o hablar con una chica de séptimo, nadie me haría la pata.
El día del estudiante fuimos a la quinta de los padres de Alejo. Todos. Varones y mujeres. Dijimos mucho la palabra “alucinante” y escuchamos todo el viaje de ida “Virus locura”.
Durante la mañana jugamos al fútbol y terminamos tirándonos de bomba en la pileta. Después nos divertimos empujando a las chicas, que no se metían por no sacarse la ropa. No hacía mucho calor, era septiembre, pero la humedad lo hacía parecer un día de verano. Las chicas salieron del agua al toque, y colgaron lar remeras y los shorts en un asientos de plaza que había al borde de la pileta. Se la pasaron hablando con una prima de Alejo, que iba y venía de el casa, con vasos de jugo y bandejas con galletitas. No entiendo mucho qué divierte a las mujeres, pero parecía que la estaban pasando joya, como nosotros, que podíamos verlas en malla desde el agua fría de la pileta, sintiendo que no existía nada mejor en el mundo que ese pequeño espectáculo.
Le pregunté a Alejo por qué iba a la escuela con su prima y me contó que había muerto su mamá. No supe qué contestar, y me quedé callado. Él cambió de tema en seguida. Ahora veía a María más hermosa, indefensa en su malla azul, entera, cruzada atrás.
A la tarde, después de los choripanes que hicieron los padres de Alejo nos tiramos todos debajo de los rayos ultravioleta. Pusimos unas lonas en el pasto y nos untamos en Rayito de sol. Las chicas, además, se agregaron una capa de Coca Cola. Decían que así se tostaban más rápido.
Cuando encontró el momento Alejo me contó que había besado a Fernanda, la hija de la portera y después me pidió que no se lo diga a nadie. No le había ido mal, pero tampoco había podido meterle la mano por el escote de la remera. Lo intentó dos veces, me dijo, pero ella se corrió. También me explicó lo de los besos de lengua, que confieso me pareció bastante desagradable. Alejo siempre sabía más que yo, sobre todo en esos temas, porque en las pruebas sacábamos nota pareja.
Cuando cayó el sol los padres fueron al pueblo a comprar algo para la cena. Nosotros jugamos a las cartas. Hicimos varios equipos y nos fuimos eliminando mutuamente. Los finalistas eran cuatro de nuestros compañeros Damián, Juan Manuel, Martín Torretta y Leibuscheff, así le decíamos el otro Martín, por el apellido. Alejo y yo estábamos descalificados desde la primera ronda. Él grito real envido con veintinueve y nos ganaron los otros de mano. Vi ir a Alejo hacia la casa. Todos estaban afuera, las chicas alentaban a una dupla que llevaba más ventaja en el último bueno, se reían, comían facturas. Alguien pidió Coca y yo vi la botella vacía.
—Traigo— dije, y fui para la casa, atrás de Alejo. María no estaba entre las chicas, hacía un rato que la había perdido de vista. Caminé apurado, no quise correr, pero igual Alejo me sacó distancia. Cuando entré a la cocina ya no estaba. Creí con seguridad que iba a encontrarlo en el comedor, frente a la tele. Pero tampoco. Entonces escuché un ruido que venía de más adentro. Caminé. No pensaba lo que estaba haciendo. Caminé despacio para no hacer ruido y me paré frente la puerta del baño, simulando entrar, pero buscando otra cosa, con los ojos enfocando hacia la pieza. Alejo estaba ahí, lo supe por el naranja fluorescente de su short de pileta. Abandoné el simulacro de ir al baño y me acerqué a la hendija de la puerta, porque él estaba de espaldas a mí.
La prima, María, un poco más adelante, se ponía una remera sobre la malla, también de espaldas a la puerta. Él se adelantó. La remera blanca terminó de deslizarse por la cintura de mi compañera. Estaba oscuro en pleno día, sólo entraban unos rayos de sol del atardecer por la persiana casi toda baja. Alejo llevó las manos hacia adelante, muy despacio, y le dijo algo al oído. No supe qué, sólo escuché un murmullo. Luego se adelantó un paso más y apoyó las manos sobre la cola redonda de la prima, que giró agitada y se puso de frente a mí, que seguía detrás de la hendija de la puerta, pero ahora desencajado. Quise decir algo pero estaba mudo. Ella estaba igual. Extendió los brazos y le dio un empujón. Respiraba agitada y se largó a llorar. La puerta se abrió y ella salió  temblando. Miraba al piso y se tapaba la cara con las manos.
Cuando me vio me empujó también a mí y se metió en el baño, cerrando la puerta. La escuché desahogarse, lavarse la cara y esperar. Quería quedarme a consolarla, pero me di cuenta que tenía que irme. Salí al pasto de nuevo, donde estaban los otros. Tenía los ojos acostumbrados a la oscuridad. Cuando el sol me pegó en la cara no vi nada. Después tampoco, Alejo era mi amigo. Yo no vi nada.

30.12.11

#hijoDe8 2.0

hoy
Leticia Martin
hola hermosoooo
Octavio Soria Martín
hola

Leticia Martin
hola
te amooooo
Octavio Soria Martín
yo no

Leticia Martin
no????

Octavio Soria Martín
eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee
si no
Leticia Martin
no entendí
sí o no?
Octavio Soria Martín
nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo

29.12.11

poesía del brócoli

voy a leer poesía vestida de hombre
con pelos en las piernas y en las axilas
me voy a chupar un dedo
para medir la temperatura del aire
lo voy a levantar para saber que me escuchan
porque están capas las palabras
así, como están, tiradas
sin mucha pretensión más que decir
cosas banales, cotidianas
que elegí para que les guste
porque si pongo "nobles vinos" no les va
hay que poner brócoli, por ejemplo
broli
taburete
trotil
hay que poner huevo
navegar
las palabras que están "bien"
de moda
bien esperables
bienescritas
hay que poner palabras cancheras
andar buscando temas de los que hay que hablar
como las palabras aceptadas, los tópicos
dellos, de los cacos de pelos en las patas,
en el pecho, en las axilas, en la espalda
en el año dosmilonce todavía
escribimos para agradar a
los que nos leen si les calienta.


una lastimadura
tarda en curar
pero cura

26.12.11

no hay que

no hay que ser la madre
no importa cómo sea la que te tocó
la mía es una santa, por ejemplo
              como sacada de un libro
              es
              como la biblia
una vez estuvo enferma
yo la vi
se elevaba en el aire y decía frases
no hay que ser la madre
hay que mentir algunas veces
hacer las cosas mal
o desprolijas
usar forro aunque sea pecado
hay que equivocarse cuando sea posible
cada vez
la falla es el placer incompartido de los Dioses
hay que montarse realidades paralelas 
putear esperando la condena divina
Dios es una idea individual
el mío perdió el látigo en el camino
sabe que no odio
pero igual va a cerrarme la puerta en la cara
no hay que ser la madre
repetir caminos que lleguen a los mismo puertos
desvivirse por los demás hasta gastarse una
no hay que querer 
ni tanto
ni un poco
ni privarse de lo que se desea
la cabeza organiza coartadas y las mezcla
yo lo vi
no hay que ser abnegada
ni poner de más
hay que guardarse una parte siempre
hay que tomar todo el vino que se pueda
bailar hasta descoserse
no ilusionar a nadie
dejarse llevar por el pasito de moda
dar la mano
que te rocen en la vueltita
hay que, en última instancia, compartir un taxi
escribir libros
comer hasta vomitar
andar en sintonía con el ritmo de uno
saber qué se desea
e ir tras deso cual mandato divino.


pese a todo, igual, algunos domingos pueden ser tristes.

veinticinco de diciembre en La Tablada



Ana Clara, Vero, papá, Cecilia
el chancho adelante para que no se espante, y yo.
del otro lado de la cámara los varones
lastrando lo que falta del animal.
Tato, Juli, Dieguito
y mamá también, sirviendo las ensaladas.
qué lindo estar juntos
todos a salvo, dosmilonce.



http://www.youtube.com/watch?v=txt0tp3mpsE&feature=BFa&list=AVGxdCwVVULXdJBD0h0eRHL7vhwvOJbGSC&lf=list_related

23.12.11

yo nunca tuve moto



La primera bici que tuve había sido de mi prima Marielena; así le decíamos. Marielenatodojunto. Era una bici chiquita, amarilla, y bastante vieja. Resulta que antes de llegar a su departamento en Lugano ya había sido de otros cuántos chicos. Con esa bici yo perseguía a mi hermana que andaba en patines por el patio de la casa donde crecimos, en Lomas del Mirador. Después ella se escapaba a la vereda y yo me ponía nerviosa, porque me daba miedo desobedecer. Entonces cambiábamos. Yo le daba la bici y me ponía los patines para que ella me persiguiera. Así era más seguro. A veces las dos escapábamos de "La pibi"; un personaje imaginario con razgos bastante parecidos a los de Nelly Olsons. Nos poníamos de acuerdo y la otra pobre se estrolaba contra la parrilla, o se caía en charcos de barro inventados.


—Acá es la trampa— me decía Cecilia, y enseguida había acuerdo, porque el enemigo estaba afuera.

Cuando los pies me llegaron al piso y las rodillas se me clavaban en el pecho mi papá vino con una llave inglesa, hizo unos pases mágicos, y nos enseñó a andar sin rueditas.

A eso de los once tuve por fin la una bici nueva. Gomas con olor a goma, completamente negras y sin pinchaduras. Me la trajeron los reyes a cambio de no contar lo que me había enterado en el colegio sobre algo de los padres y los regalos.

Yo había pedido un bebote que hacía pis y decía “mamá”, pero ellos nos dejaron una Lia marrón de paseo. Era rodado veintiséis y había que compartirla entre cuatro.

Por suerte los hermanos más chicos todavía estaban en la etapa del triciclo y recibieron otros regalos. 

Me acuerdo de haber visto los cuatro pares de zapatos vacíos, de levantar los ojos a la vez -con mis hermanos- y de que estuviera ahí, paradita en el patio, entre un balde azul lleno de pasto y el limonero reventando de azahares. 

Pero esa bici, que no era sólo mía, dejó de ser de todos en menos de un mes. 


La apoyé en la puerta de Miriam Bruno, a la vuelta de mi casa, y cuando salí con la tarea en la mano ya no estaba. 


Mis hermanos me odiaron.

A eso de los quince me compré el cuadro de una bici Peugeot. Después, mes a mes, me fui comprando  los pedales, el asiento, las llantas y las ruedas. Cada vez que juntaba algo de plata iba a ver al bicicletero de San Martín y Hornos y él me ofrecía las partes qué le irían bien. Cuando tuve casi todo me la armó. Era verde. Hermosa. Y lo último que me importaba era que tuviera un canastito para hacer las compras.
En esa bici, que sólo tenía de Peugeot una etiqueta autoadhesiva, fui de Tablada a Luján, de Tablada a la Reserva ecológica y de Tablada hasta la calle Caminito. Buenos Aires se me hacía más chica en esa bici. Las casas de mis amigos empezaban a estar al alcance de las piernas.

A los veintitrés me casé.

La mañana del 2 de enero de 1999 fui a probarme el vestido de novia. Lo estaba terminando de coser la mamá de una amiga, cerca de Brandsen y Olleros. Me subí a la bici y agarré Gascón derecho hasta la placita San Pantaleón. La señora me había pedido que ese día lleve los tacos altos para medirme el ruedo; así que antes de llegar a su casa pasé por lo de otra amiga, que me prestaba sus tacos. Salió todo bien. El vestido me gustaba y me quedaba lindo. Ella me cosió unas pinzas en la parte de atrás, porque los nervios me estaban haciendo adelgazar y después cortó la tela que sobraba. Dejó el ruedo paralelo al piso. Sólo faltaba coser el dobladillo. Me despidió y me dijo que me quedara tranquila. Cuando llegué a mi casa y estacioné la bici en el pasillo me di cuenta de que la caja de zapatos estaba abierta y faltaba uno. No me importaba tener que casarme en zapatillas, o con las chatitas rojas. El tema era el precio del zapato, y que no era mío. Desandé las veinte cuadras que me separaban de la modista y entré de nuevo a su casa. El zapato no estaba. Desanimada decidí volver a pie, arrastrando la bici, para mirar de cerca cada metro cuadrado de asfalto y de vereda. Estaba abatida. Iba a tener que comprar un par de zapatos nuevos, y no tenía plata, ni tiempo. En eso la bici se frenó. Hice fuerza pero no avanzaba. Apreté y solté varias veces los frenos. Probé de nuevo. Nada. Miré la horquilla de la rueda de atrás y la de adelante. Nada. Una señora que baldeaba la vereda me preguntó qué me pasaba, si necesitaba un inflador. Cuando la miré no podía creer lo que estaba viendo. Sobre el pilar de la luz, construido a la italiana en una casita baja, de cemento a la vista, a la altura de la cara de la señora, estaba el zapato blanco, muy campante.

La miré y me reí. –No señora, gracias. Sólo necesito ese zapato que está ahí, le dije, y saqué la tapa de la caja blanca que traía en el canastito, al mejor estilo Cenicienta. La mujer se rió. Las dos nos reímos. La bici se destrabó, y esa noche me casé de tacos altos, blancos, como el vestido.

Le dejé a mi mamá esa bici de regalo. Ella sigue usándola, todavía hoy, para hacer las compras y movilizarse por el barrio.

Yo me vine a vivir a Almagro, y unos años después me compré una bici con cambios. Una Vairo plateada mountain bike con frenos Shimano. Tenía ruedas anchas y pesadas. La guardaba en la baulera del departamento donde vivía, cerca del Parque Centenario. Al tiempo empecé a salir con un grupo de fanáticos del ciclo turismo. Arrancábamos en Parque Centenario los sábados a la mañana, y nunca se sabía donde terminábamos. Fui por todo Buenos Aires con esa bici y hasta me compré un casco azul. Le puse luces, bocina, balizas. Nos subíamos al furgón del tren y bajábamos en zona norte. Agarrábamos la ruta tres, la Nueve de Julio, Avenida Libertador. Me hice tan fanática como el resto. Tengo una foto a la orilla del Riachuelo con una banda completamente heterogénea de delirantes del pedal. Ellos con anteojos espejados especiales, guantes de ciclistas, zapatillas y mochilas para ciclistas, calzas y remeras ajustadas. Éramos como diez y andar en bici dejó de ser una actividad solitaria. Pero esa bici también fue. Me la robaron en mi propia casa. 


Un sábado a la mañana fui a la baulera y sólo encontré la cadena en el piso y los escobillones del portero.

Nunca más me compré una bici. La que tengo ahora me la regaló Alejandra. En verdad se la cambié por un par de libros de arte que no llegaron a pagar ni el valor del aire que traía la bici adentro de las ruedas. La fui a buscar a su departamento en Barracas un sábado a la mañana. Era un día increíble. Uno de esos días peronistas, peronistas. Como dice mi viejo, “todo lo que va, vuelve”. Y a mí me estaba volviendo una bici coqueta, inglesa, de paseo, como la primera bici que tuve en el patio de mi casa, la que me trajeron los reyes y alguien se llevó. Pero ésta bici era amarilla. Pequeño detalle. Un amarillo clarito, desteñido. Entonces, para que nadie tenga dudas, le vacié un tubo entero de aerosol plateado encima. Ahora, aunque no brilla, se parece un poco a la Vairo y otro poco a mí. Obvio, no tiene cambios, ni ruedas anchas, ni frenos Shimano, pero es la bici más mía que podría tener. Porque es ágil, antigua y, sobre todo, porque me la regaló una compañera.



libros & libros

están los que te gustan
los que recomendás
los que podés terminar de leer
y
los que no podés parar de leer

también hay los que te recuerdan una época
los que te dejaron una marca
los que se leen solos
y los que lee toda una generación

pero después están
                           por ahí
los libros que te empujan a escribir
no están siempre
están cada tanto
pero están
al precipicio que te empujan
los que te abren
                       la heladera
                       la caja de pandora
                       la cartera
son los que te despiertan el bichito
la cabeza
             a la madrugada
que te pican
hasta que escuchás
y descapuchás
la lapicera

libros como el que leí estos días.

antes